La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Aisthēsis
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Aisthēsis

Aisthēsis

Luca encendió la vela con forma de cabeza de dragón en el centro del Stróphalos y esperó a que la llama dejara de vacilar. Cuando el fuego se estabilizó, se incorporó despacio, cerró los ojos y dejó que el aire le llenara los pulmones.

— Vincit qui patitur .

«Vence quien resiste.»

Pero ¿era un hombre resistente? ¿Resultaría victorioso? Ya lo vería, y muy pronto.

Le gustaba cómo sonaban las palabras en latín.

Le ayudaban a coger el tono, como una nota de afinación antes de cantar.

Nadie en Aurora lo habría adivinado jamás, pero dentro de ese cuerpo flaco se escondía un instrumento inesperado: una voz excepcional para las invocaciones.

Grave. Densa. Una voz hecha para doblegar almas y torcer voluntades.

Hasta ahora no le había servido de nada, pero eso estaba a punto de cambiar.

— Unicuique locus suus —siguió.

«A cada cual, su lugar.» Él creía saber cuál era el suyo.

— Fiat iustitia, et mundus ardeat .

«Que se haga justicia, y que el mundo arda.» Una frase capaz de envalentonar a cualquiera.

Fue hasta una repisa de piedra excavada en la pared y tomó el cuaderno de Valentí Astruc.

Lo abrió y lo hojeó con calma hasta detenerse en una página concreta.

Se humedeció los labios y apoyó dos dedos sobre el trazo, como para sentir la tinta en la piel.

Después se inclinó hacia el Stróphalos grabado en la piedra, extendió la mano sobre el símbolo y pronunció la fórmula en voz alta.

Había introducido leves variaciones respecto al texto original de Valentín Astruc: no alteraban la estructura ni el ritmo, pero sí el destinatario de la invocación. Donde su antepasado había llamado a las diosas, él iba a llamar a otro.

— Domine Obscure, alfilus Luciferi, non sanctus, audi sub verbo fracto ...

Sintió en la palma de la mano la vibración sutil que salía de la piedra.

Ya la había notado en otros ensayos: un temblor mínimo, siempre igual, que aparecía y desaparecía enseguida.

Un amago. Una promesa que se apagaba en el último instante.

Esta vez duró un segundo más. Fue suficiente para que la emoción le cerrara la garganta y una sacudida le recorriera el cuerpo, de la cabeza a los pies.

Pero se obligó a calmarse, a centrarse solo en el conjuro.

— Non lumen, non ordo, sed lapsus, sed fames. Per ossa, per sputum, per memorem mortem, intra...

La vibración no cesó. Se sostuvo un segundo más. Y otro. Y otro, como un latido atrapado bajo la piedra. Luca no dejó de recitar.

— Per ossa, per sputum, per memor mortem, intra. Non appareas. Manere intra me.

A medida que recitaba, el aire de la bodega se volvía más denso, casi oleoso.

Las llamas de los candelabros, incluida la de la vela del dragón, titilaron al unísono, inclinándose levemente hacia el centro del Stróphalos.

Entonces, muy a lo lejos, retumbó un trueno.

Su estallido llegó amortiguado por las gruesas paredes de la casa.

Se acuclilló, dejó el libro a un lado y acercó ambas manos al borde del Stróphalos. Sabía que no debía tocarlo. Rozar las líneas, especialmente después de la invocación, podía ser letal, así que mantuvo los dedos suspendidos a unos centímetros del grabado.

—¿Señor T? —murmuró al fin.

La sala no respondió, pero tampoco quedó en silencio. Algo seguía allí, contenido, expectante.

Luca tragó saliva y se puso de pie. Las piernas le temblaban un poco, aunque no de miedo, sino de emoción. Una emoción tan intensa que por un momento pensó que no podría seguir.

Tomó aire y pronunció el nombre verdadero.

El único que podía traerlo a Aurora.

El que jamás había dicho en voz alta.

El que no figuraba en ninguna oración familiar ni en ningún brindis del banquete.

—Tércot.

El nombre le provocó una leve quemazón en la garganta. Durante un instante, la vibración que sentía bajo la palma de la mano se volvió más intensa...

Y luego se apagó.

Luca, harto, le dio una patada al libro abierto que yacía en el suelo.

El volumen salió despedido y resbaló sobre la piedra hasta detenerse en el centro del Stróphalos.

El arrebato le duró apenas unos segundos, los que tardó en recordar que aquel libro era valioso y que no podía tratarlo así.

Lo cogió del suelo con culpa. No se habría sentido peor si hubiera golpeado a un perro o a un niño pequeño.

Fue entonces cuando lo vio. Justo al lado del libro, en el centro del dibujo, había algo que no estaba allí antes: una mancha pequeña, densa, demasiado oscura y definida para ser una sombra o una irregularidad de la piedra.

Parecía, más bien, una huella dactilar cubierta de hollín, como si alguien hubiera apoyado el dedo allí y lo hubiera retirado con cuidado.

Se arrodilló y, tras una vacilación mínima, apoyó la yema de los dedos sobre la superficie negra.

Estaba tibia. La mancha reaccionó bajo su contacto.

Se ensanchó primero unos milímetros y luego varios centímetros, como tinta que se derrama en el agua.

Avanzó sobre la piedra, desbordó las líneas del dibujo y siguió creciendo.

Después dejó de ser plana: el negro empezó a levantarse del suelo, a espesarse, a adquirir volumen.

Luca retiró la mano y se incorporó de golpe, retrocediendo hasta chocar con la pared del fondo.

La mancha siguió creciendo hacia arriba, espesándose y volviéndose cada vez más compacta mientras empezaba a insinuar una forma: una silueta vaga, casi humana, que parecía ir organizándose en torso y extremidades.

Frente a Luca se alzaba ya una figura alta e inmóvil, hecha de oscuridad.

Debía de medir más de dos metros. Pero más que la altura, lo que imponía respeto era la cabeza que descansaba sobre los hombros: no humana, sino de rasgos animales que recordaban a los de un jabalí.

De su mandíbula brotaban protuberancias retorcidas que se curvaban hacia atrás, y sus ojos eran dos agujeros negros que no reflejaban nada y lo absorbían todo.

Vestía una sotana negra, de brillo aceitoso, ceñida a sus extremidades poderosas, y el cuello alto terminaba en una banda blanca parecida a un alzacuello.

—Hola, Luca.

El señor T se deslizó fuera del Stróphalos. Podría haberse dicho que levitaba, pues sus pasos apenas rozaban la piedra.

—Me alegra verte por fin —dijo.

—Señor, señor T... —balbuceó Luca cayendo de rodillas al suelo.

El señor T levantó la mano y la posó sobre la cabeza de Luca.

—No hace falta que balbucees, no soy tu padre. Soy algo mejor que tu padre. Levántate.

Luca obedeció. Se puso en pie sin atreverse a sostenerle la mirada. Durante años aquella presencia había sido solo una voz a través de la piedra, un susurro al otro lado del Stróphalos; ahora la tenía delante y tomaba conciencia de su escala, de su peso, de su realidad.

Claro que Luca, como el resto de los Astruc, estaba más que acostumbrado a tratar con la divinidad.

Para ellos, las diosas eran parte del paisaje cotidiano.

Pero las Tías nunca le habían parecido deidades de verdad, con sus partidas de Scrabble, sus tés de olor rancio y su decadencia, no eran para él más que mujeres corrientes que se marchitaban poco a poco en Aurora.

El señor T, en cambio, no tenía nada de doméstico ni de común.

La impresión le cortó la respiración y, mezclado con el temor, le cruzó un pensamiento súbito, casi incrédulo: «Esto lo he logrado yo. Yo lo he traído».

—Ahora, Luca, debemos...

Sus ojos se desviaron hacia un costado. Luca siguió la dirección de esa mirada. Velia estaba en la entrada de la gruta. No la habían oído llegar. Tenía el rostro congelado en una expresión a medio camino entre el asombro y el más absoluto espanto.

—Luca Astruc, querido..., ¿qué has hecho?

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó él.

—La vela, cariño. La vela que le pediste a Alex. La que robó de mi habitación. ¿De verdad pensaste que no lo sabría? ¿Que no lo sentiría? A veces se os olvida quién soy. Quién fui.

En su voz había tristeza, pero también algo más. Tal vez una sombra de reproche.

—Qué idiota eres, Aisthēsis —dijo Tércot—. Y qué inoportuna tu aparición.

Por un momento pareció que ninguno de los tres se movería y el tiempo se estancó. Entonces, con una fluidez depredadora que recordaba a la de una pantera, Tércot rompió el equilibrio. Abrió el morro de par en par y se lanzó hacia Velia.

De pronto, un trueno estalló en el cielo y una ráfaga de aire frío cruzó el jardín, sacudiendo las guirnaldas entre los árboles y levantando el mantel de lino de la mesa. La noche pintaba mal. Velia había acertado.

—Esto no me gusta —dijo Eca poniéndose en pie.

Abel barrió el jardín con la mirada, soltó una maldición y, dando grandes zancadas, se dirigió hacia la casa despotricando contra Luca. Celina y Frederic fueron tras él.

El resto de los asistentes se quedó en su sitio. Con dos ausentes, la Noche del Brillo no iba a ninguna parte.

—Alex, ven conmigo —dijo Eca—, ayúdame a buscar a Velia.

«Ayúdame.»

Alex pensó que había oído mal. En boca de Eca, la palabra ayuda sonaba extraña, casi alienígena. No recordaba habérsela escuchado decir jamás. De hecho, costaba imaginar a la gran Hécate pidiendo auxilio.

—¿Me hablas a mí? —preguntó.

Eca rodeó la mesa, la cogió del brazo y la puso de pie sin miramientos.

—Sí, a ti —dijo—. No hay tiempo.

Cora se levantó para seguirlas, pero Eca la cortó con un gesto.

—No, quedaos aquí. Volvemos ahora.

Eca tiró de ella. Alex clavó los talones en el suelo húmedo y se resistió. Su tía se detuvo en seco.

—Eh, para, me estás haciendo daño —dijo Alex.

—Entonces camina —contestó Eca—. Y rápido.

Cuando entraron en el salón, Abel estaba ordenando a un grupo de camareros que regresaran a la cocina con los entrantes.

—¡Aún no empieza el banquete!, ¡ni empezará hasta que todo el mundo esté en la mesa!

Los camareros asintieron y se retiraron deprisa, bandejas en alto.

—Vamos —dijo Eca.