El señor T #2
A primera vista parecía una cueva natural, y en parte lo era.
La roca conservaba la irregularidad propia de la montaña, pero alguien la había trabajado.
Los muros, aunque toscos, mostraban zonas alisadas; la bóveda mantenía su forma original, pero estaba reforzada en ciertos tramos con vigas de madera.
No habían excavado la gruta desde cero: la habían ensanchado, pulido y adaptado hasta convertirla en una sala habitable.
Según la historia familiar —y hasta donde Luca había logrado averiguar—, era allí donde se encontraba la Fisura del Velo. Aurora entera era una zona frágil, pero en aquel punto concreto la separación entre mundos era aún más débil. La grieta se afinaba justo bajo esa sala.
Luca se arrodilló. En el suelo, grabado directamente en la piedra, se extendía un gran círculo.
Las incisiones, profundas y limpias, retenían la luz de las velas y la hacían brillar en los surcos.
Dentro del perímetro, desde el centro exacto, partía una línea curva que comenzaba a girar sobre sí misma.
Luego otra. Y otra más. Las espirales se entrelazaban, se cruzaban y regresaban siempre al núcleo, formando un laberinto.
El dibujo representaba el Stróphalos de Hécate.
A pesar de estar tallado en piedra, el diseño poseía una delicadeza inquietante; cada curva parecía fruto de una paciencia minuciosa, rozando la obsesión.
Luca sentía un gran respeto por aquel trazado, no solo por el poder que latía bajo sus dedos cuando lo tocaba, sino por la armonía de su geometría.
Sin duda, Valentín Astruc había dedicado años enteros a esculpirlo.
No le costaba imaginarlo allí mismo, arrodillado sobre la roca, cincel en mano, trabajando con devoción.
—¿Señor T? —murmuró.
La sola mención del nombre pareció mitigar el dolor que aún le ardía donde Abel lo había golpeado. No borraba la humillación, pero la hacía más soportable. ¿No había sido siempre así? ¿No era por eso por lo que regresaba una y otra vez a aquella sala circular que había descubierto casi por azar?
Bueno, decir que la había descubierto «por azar» era una forma de hablar.
Como todos los Astruc, Luca sabía que el Stróphalos estaba allí, en los cimientos de la casa de su padre: el lugar exacto donde Valentín había invocado a las diosas y atado su destino al de ellas para siempre.
Pero ya a nadie le importaba aquella reliquia de piedra, sino únicamente el beneficio que el pacto les había procurado.
La diferencia era que a él sí le importaba: allí vivía su amigo.
No siempre había sido esa la razón. De niño buscaba cualquier rincón apartado donde esconderse de su padre.
Al principio se refugiaba en la bodega, entre las hileras de botellas, porque sabía que Abel nunca bajaba hasta allí.
Cuando quería un vino, enviaba a algún miembro del servicio, gente buena que, al encontrarlo encogido entre los estantes, con el rostro marcado, fingía no verlo.
Y cuando su padre preguntaba si sabían dónde demonios se había metido su hijo, respondían que no, que no lo sabían.
Conocían demasiado bien lo que ocurría en aquella casa, y su silencio era la única forma de piedad que Luca había recibido nunca.
Hasta que un día Abel bajó él mismo a buscarlo.
Luca no supo si alguien lo había delatado o si, sencillamente, su padre había acabado por deducir dónde se escondía.
Solo recordaba el crujido de la puerta y el eco lento de los pasos descendiendo la escalera, y cómo el pánico lo obligó a retroceder, arrastrándose por el suelo hasta alcanzar el fondo y dar con aquella puerta oculta, cómo se deslizó al interior del pasadizo, raspándose las manos contra las raíces mientras avanzaba a tientas, cada vez más hondo en aquella garganta sin luz.
Qué grande tenía que ser el miedo a su padre para imponerse al terror que le provocaba la oscuridad.
Llegó a la sala tembloroso y sucio, con los pantalones rasgados y las rodillas en carne viva por haber reptado por el túnel.
Se hizo un ovillo sobre el Stróphalos y permaneció allí, encogido en la negrura, atento a su propia respiración, hasta que su amigo rompió el silencio y le susurró aquellas palabras.
Unas palabras que, por primera vez en mucho tiempo, lo hicieron sentirse a salvo.
El recuerdo se disipó como el humo de una vela. El murmullo de las llamas en los candelabros lo devolvió al presente.
—¿Señor T? —insistió.
La respuesta tardó unos instantes en llegar.
—Aquí estoy —respondió el señor T desde la piedra.
Luca cerró los ojos y apoyó la frente sobre el Stróphalos hasta sentir el contacto de la piedra fría contra la piel.
—Me diste tu palabra... Me aseguraste que cuando lograra traerte a Aurora, este infierno acabaría —dijo casi en un gemido.
Allí estaba de nuevo, suplicando. Pero el señor T nunca se enfadaba por aquellas muestras de fragilidad; comprendía sus flaquezas, como siempre. Permanecía al otro lado de la piedra, en silencio, esperando a que Luca reuniera la fuerza y el conocimiento necesarios para ayudarlo.
—Te di mi palabra, y no la olvido —respondió el señor T—. No traiciono mis promesas. Tú lo sabes mejor que nadie.
Luca deslizó las manos sobre la superficie del Stróphalos, palpando la piedra como si buscara una fisura. Apoyó las palmas y las mantuvo allí, atento a cualquier respuesta al otro lado.
—Entonces estoy listo —dijo.
Hubo una pausa. Luego la voz volvió, más próxima esta vez.
—¿De verdad estás preparado, Luca?
Lo estaba. O eso quería creer. Había estudiado. Había seguido cada una de las indicaciones del señor T, leído los libros, memorizado las invocaciones y ensayado la modulación precisa de cada palabra hasta dominarla. Y, aun así, podía fallar. Solo lo sabría cuando lo intentara.
—Sí —dijo—. Aprovecharemos la Noche del Brillo. Es el momento ideal. Las Tías estarán distraídas.
Era una idea audaz. Jodidamente audaz. La sentía vibrar por dentro; una energía tensa que le subía por los brazos y le crispaba los dedos.
Siempre había odiado la Noche del Brillo, incluso más que el Brillo en sí.
Detestaba aquella celebración hipócrita, aquella exhibición de poder que a su padre le fascinaba.
La idea de arruinarla, de estropearle la velada a Abel delante de todos, le producía una satisfacción tan intensa que se hubiera echado a bailar allí mismo.
—Necesitaremos algo de las Tías —dijo el señor T—. Un objeto suyo. Un vínculo.
—No es difícil. Lo conseguiré.
—Así me gusta —contestó el señor T—. Tráeme a Aurora, Luca, y yo acabaré con el Brillo, tal como te prometí.