La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) El señor T
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El señor T

El señor T

La luz de la luna confería a la maciza y oscura mansión donde vivía Luca Astruc un aire de castillo gótico.

A pesar de que ya era muy tarde, los ventanales de la planta baja derramaban sobre el jardín una luz anaranjada, lo cual significaba que Abel Astruc seguía despierto.

Lo último que quería Luca esa noche era un encuentro con su padre, de modo que se descalzó, rodeó la casa sin hacer ruido y se coló por la puerta trasera de la cocina.

Ya estaba al pie de la escalera para subir a su cuarto cuando la voz de Abel Astruc llegó desde el salón, tranquila y cortante.

—¿Quién anda ahí?

Luca volvió sobre sus pasos y entró en el salón. Era inútil fingir que no lo había oído.

Abel estaba sentado en su horrible sillón Chesterfield, tal como había imaginado. A sus pies, reclinada contra uno de los brazos del sofá, había una mujer que a duras penas pasaba de los veinte.

Estiró una mano para acariciar la nuca de la joven y le habló al oído.

—Vete, déjanos solos —le dijo.

La joven se puso de pie con la dignidad y la elegancia de un gato, se abotonó la camisa blanca que llevaba puesta y dejó el salón sin decir ni una sola palabra.

Cuando pasó delante de Luca, él apartó la vista y se obligó a no seguirla con los ojos.

No quería saber nada de ella, como no quería saber nada de los bienes de su padre.

Por un momento se preguntó qué habría dicho su amigo el señor T si hubiera estado allí. No tardó en imaginarlo: «Nada de lo que tenga tu padre tiene valor. Tú estás destinado a otra cosa».

Abel lo miró de arriba abajo con lentitud, como un comerciante que evalúa la posibilidad de deshacerse de un objeto defectuoso.

—¿De dónde vienes, si puede saberse? —preguntó.

—De... De por ahí —dijo Luca.

—De por ahí —repitió su padre girando la copa entre los dedos—. Qué sitio tan frecuentado últimamente: por ahí.

—He estado tomando algo en el pueblo —añadió Luca sin ganas.

La mirada de Abel descendió hasta el libro que Luca llevaba bajo el brazo.

Sin decir una palabra, alzó una mano y le hizo un gesto seco para que se acercara.

Luca cruzó la estancia y se lo tendió. Era una edición antigua de La llave menor de Salomón encuadernada en piel de becerro.

Abel abrió el libro y pasó las páginas. Después lo cerró de golpe y lo arrojó al suelo.

—Espero que cuando empieces la universidad entres en razón —dijo al fin— y dejes de perder el tiempo con esta basura.

La vulgaridad de Abel era inagotable. ¿Qué se podía hacer con alguien que llamaba basura a uno de los grimorios más importantes jamás escritos?

—Dime, hijo —comenzó a decir Abel cruzando las piernas con una lentitud estudiada—, ¿qué esperas encontrar en esos libros?

—Me..., me gusta saber cosas —dijo Luca.

—¿Saber cosas? —repitió Abel con una media sonrisa, y se inclinó un poco hacia delante—. ¿Por qué no pasas el verano como un chico normal? ¿Por qué no sales, haces amigos, te comportas como alguien de tu edad?

Hizo una pausa casi imperceptible y luego lanzó el dardo.

—Dices que has estado tomando algo en el pueblo. ¿Has quedado con alguien? ¿Con alguna chica?

Luca no respondió. Abel sostuvo la mirada un segundo y resopló.

—Claro que no. Seguro que has estado con la cabeza metida en este libro mugroso todo el día.

Se puso en pie y se acercó. Era un hombre bajo y compacto. Luca, en cambio, era un chico espigado que rozaba el metro ochenta y nueve, y la delgadez lo hacía parecer aún más alto; aun así, pese a la diferencia de estatura, Abel sabía imponerse.

—¿Qué te pasa? —dijo Abel—, ¿me tienes miedo? ¿Tienes miedo de tu padre?

—No te tengo miedo —respondió Luca con la mandíbula tensa.

—Ya eres más alto que yo —dijo Abel dando otro paso con aire distraído—. ¿Crees que ya no puedo contigo?

Alzó los puños en posición de boxeo.

—Papá...

—Vamos, Luca. Pelea como un hombre.

—No, papá —dijo Luca sin moverse—. Esta noche no.

La expresión de Abel se endureció. Sin bajar los puños, se movió como un boxeador y le asestó un golpe seco en el estómago. Luca se dobló en dos, sin aire.

—¡Guardia alta! —dijo Abel—. Lo básico, joder. No aprendes nada.

Luca no se había recuperado aún cuando otro golpe le dio de lleno en el hombro. El dolor le estalló bajo la clavícula rápido y punzante, pero no era nada comparado con la humillación que sentía en ese momento.

—Protégete —insistió Abel—. O al menos finge que quieres defenderte.

Luca alzó los brazos y trató de adoptar una postura defensiva.

Abel dio un paso en círculo, como tanteando el ángulo, y lanzó de pronto un golpe rápido, directo a la cara, que Luca desvió con el antebrazo.

Sin embargo, en el mismo instante en que abrió la defensa, la zurda de Abel se hundió en su costado.

Luca giró el torso para amortiguar el impacto, pero lo encajó casi de lleno y el aire se le escapó en un jadeo áspero que le dejó el pecho vacío.

Se obligó a mantenerse erguido mientras el dolor se expandía bajo las costillas y las lágrimas le subían de golpe, calientes e involuntarias, empañándole la vista.

Tenía que hacer algo, reaccionar, demostrar que no era lo que su padre insistía en ver, que no era débil.

Dio un paso torpe hacia delante y lanzó un puñetazo precipitado, mal medido y sin convicción, que Abel esquivó con un leve ladeo del cuerpo, dejándolo pasar con una facilidad humillante, como si no fuera más que una ráfaga de aire.

—¡Así no! —exclamó—. Estás cruzando los pies, pierdes el centro. Ni siquiera sabes colocar el cuerpo. Das vergüenza.

Aprovechó el desequilibrio, avanzó un paso corto y le clavó el hombro en el pecho. No fue un golpe limpio, sino un empujón preciso, suficiente para romperle la postura. Luca trastabilló hacia atrás y chocó contra una mesa baja. El borde le golpeó la cadera.

—¿Ves? —dijo Abel—. Así es como te tiran al suelo. Eres un blando, Luca. Igual que tu madre.

Luca no soportaba que Abel hablara de su madre; le hervía la sangre cada vez que lo hacía. Quería golpearlo y, esta vez sí, acertar de lleno, causarle daño de verdad: romperle algo. Pero el cuerpo no le daba, estaba demasiado dolorido para moverse. No quería seguir, solo que aquello acabara.

—Basta, papá, en serio.

—¡Mírame cuando te hablo! —bramó Abel—. En cuanto agachas la cabeza ya has perdido.

Entonces Luca hizo algo que Abel no esperaba. Dejó caer los brazos a los lados y adelantó el pecho, dispuesto a encajar el golpe. Sabía que al señor T no le gustaría y que tal vez se lo reprocharía después. Pero no tenía alternativa.

Abel no dudó: le clavó un directo seco en el pecho. El impacto le arrancó el aire y Luca cayó de rodillas jadeando, con la cabeza gacha.

—Eso —dijo Abel—, ahí lo tienes. ¿Quieres aprender? Aprende del dolor.

Se dio la vuelta y volvió al sillón con toda la calma del mundo.

Luca intentó coger algo de aire, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se puso en pie. Sentía náuseas, y mucha vergüenza, pero no iba a concederle a su padre el gusto de verlo derrotado. Recogió el libro del suelo, le sacudió el polvo y salió del salón.

En lugar de coger la escalera que llevaba a los dormitorios, se desvió por el corredor lateral que llevaba a la zona de servicio.

El pasillo, estrecho y sombrío, doblaba a la derecha.

Allí apartó una cortina y abrió la puerta que ocultaba.

Entró y la cerró con cuidado, procurando que el gozne no chirriara.

Al otro lado había una escalera que bajaba a la bodega.

Tanteó la pared hasta encontrar el interruptor. Una bombilla desnuda se encendió sobre los peldaños; un segundo después, otras luces parpadearon y la sala inferior fue emergiendo poco a poco de la penumbra.

Al final de la escalera se abría una sala amplia, de paredes de ladrillo y techo abovedado.

El aire olía a vino viejo. Las botellas estaban colocadas en botelleros de hierro y madera, ordenadas en filas meticulosas y cubiertas de una fina capa de polvo.

Abel solía jactarse de que el dinero alineado en aquellas filas era el verdadero Brillo de la familia —una fortuna líquida—, pero a Luca el alcohol le importaba un cuerno. No estaba allí por eso.

Avanzó entre los estantes hasta el extremo de la bodega, donde lo esperaba una segunda puerta.

La empujó y se adentró sin vacilar. Al otro lado se extendía un túnel largo y estrecho.

La luz de la bodega iluminaba los primeros metros, pero pronto se desvanecía en la oscuridad.

Él continuó sin dudar. Conocía aquel camino mejor que cualquier habitación de la casa, lo había recorrido decenas, cientos de veces.

Hubo un tiempo, cuando era niño, en que siempre llevaba una linterna. Entonces la oscuridad le provocaba un pánico irracional. Con los años, sin embargo, había aprendido a moverse a tientas.

A medida que se internaba, el pasaje se estrechaba y el techo descendía hasta obligarlo a inclinar la cabeza.

De las paredes sobresalían raíces gruesas, retorcidas, que invadían el túnel.

Más de una vez se había golpeado contra ellas o se había raspado los brazos al rozarlas.

Una raíz cruzaba el suelo de lado a lado; levantó el pie y la sorteó.

Siguió avanzando hasta que el pasaje dobló bruscamente.

Al girar, el aire cambió. El olor denso a tierra húmeda se disipó y el techo volvió a elevarse.

El túnel se abría en una estancia más amplia.

Sacó una caja de cerillas del bolsillo y encendió una contra la piedra.

Se acercó al muro y sostuvo la cerilla bajo la primera mecha.

La cera empezó a sudar antes de prender.

Luego pasó a la siguiente, y a otra más, avanzando pegado a la pared mientras las velas iban encendiéndose en los candelabros de hierro clavados en la roca.

Poco a poco, la luz fue empujando la oscuridad hacia el techo abovedado hasta revelar la forma completa de la sala circular.