Capítulo 26
Del cuaderno de Rosario Ríos, en la primera página, donde nadie se había fijado en años porque las primeras páginas se leen una sola vez y deprisa: «Este cuaderno es de la que cocine después de mí.
Las recetas no son mías: son de la casa, y la casa no muere si la siguen oliendo.
La que venga: no me crea nada. Cocine, sueñe y pregunte.
Y ponga siempre un lugar de más: una nunca sabe quién va a volver con hambre de años. »
La inauguración de La Casa de las Bugambilias fue un sábado de diciembre, con la calle oliendo a mole desde las once de la mañana y medio Villa Esperanza haciendo fila con la ropa buena.
El padre Ignacio bendijo la casa con agua bendita y con hambre bendita también, porque se quedó a comer dos platos del mole negro y declaró, a la hora del café, que había pecados que no constaban en ningún catecismo y que el primero era cocinar así a dos calles de una parroquia en ayunas.
Doña Carmen ejerció de anfitriona sin que nadie la nombrara, acomodando mesas, presentando comensales como quien presenta familias, y a la hora de más gente me llevó un momento a la cocina para decirme, secándose las manos en el mandil, lo que en su idioma era una bendición y una abdicación:
—Ya no necesito contarte nada, mijita. Ahora la que cuenta es la casa. Y cuenta bonito.
Vinieron los vecinos y vinieron forasteros: dos parejas de la capital que habían leído la historia en el periódico y bajaron «a ver el cuarto del pintor», un autobús entero de la escuela de oficios futura que comió a precio de fundador, y niños —muchos niños—, porque alguien había corrido la voz de que en esa casa la calabaza en tacha sabía a cuentos.
Una niña de unos nueve años, con dos trenzas y la seriedad de los jueces, se quedó un rato largo en la galería mirando el retrato de Rosario, el del vestido amarillo, y al salir me preguntó, señalando al muchacho de los dibujos de la libreta:
—¿Él quién es?
—Se llama Aurelio —dije—. Era pintor. Pintó todos esos cuadros y el grande también. Es el novio de la señora del retrato.
—¿Y por qué no está en ninguna foto con ella?
Me agaché a su altura, entre el olor a comida y las voces de la fiesta, y le di la versión que esta casa le da ahora a los que preguntan, completa en su tamaño para niños y en su verdad para todos:
—Porque se escondió mucho tiempo. Pero ya salió. Ahora está en los cuadros, en el altar y en el camposanto, con su nombre puesto. Nadie se esconde ya en esta casa, mi amor. Por eso huele así.
La niña asintió con la gravedad de quien registra un dato importante y se fue corriendo a por su calabaza.
A las cuatro en punto —las cocinas y los relojes de este pueblo llevan la misma hora del corazón—, Adrián apareció en la puerta de la cocina con dos cafés de olla.
Sin anunciarse. Sin pétalos. Sin llaves maestras.
Solo un hombre con café, cumpliendo un horario que él mismo me había pedido permiso para cumplir.
—¿Se vale la pausa de las cuatro, dueña?
—Se vale —dije—. Está en el contrato del jardín.
Nos lo tomamos en el patio, sentados en el borde de la fuente, con la fiesta comiendo a nuestro alrededor y la bugambilia, escandalosa, metiendo sus flores en todas las conversaciones.
No me dijo nada grande. Yo tampoco. Hay una edad de los amores —la nuestra, la buena— en que «te paso el café como te gusta» es una declaración completa, con sus papeles en regla.
Esa noche, cuando la casa quedó por fin vacía, lavé los últimos platos con mi madre cantando bajito en el comedor mientras recogía, y subí a acostarme con el cansancio feliz de los días inaugurales. Y dormí. Y soñé la última vez.
Soñé la cocina de mil novecientos sesenta y ocho, pero en paz: sin invitados, sin anuncio de compromiso, sin hombre en la puerta con las manos manchadas.
Solo Rosario, joven, con su trenza oscura y su vestido claro, terminando de guardar el cuaderno en el cajón de siempre.
Me vio —en el sueño me vio a mí, a Valeria, plantada en la puerta de su cocina con sesenta años de futuro en los ojos— y no se asustó.
Las abuelas nunca se asustan de las nietas: nos estaban esperando.
—Ya cocinas tú —me dijo, cerrando el cajón con cariño, como se cierra la puerta de un cuarto donde por fin no hay nadie encerrado—.
No me guardes luto en la cocina, mi amor.
Guárdame el lugar en el altar, que para eso sí es.
Lo demás es tuyo: la casa, el jardín y el hombre de las manos de carpintero, al que vas a tener que tenerle paciencia, porque los Fuentes son de cocción lenta.
Me desperté riendo, con la luz de la mañana entrando a raudales y el olor a café subiendo ya desde la cocina, porque mi madre había madrugado y Adrián —lo oí por la ventana, podando y silbando— había llegado a las siete, como todos los días, a su segunda oportunidad.
Los sueños no volvieron. No hicieron falta nunca más: la casa, despierta, contaba mucho mejor.