La casa de las bugambilias Capítulo 24
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Capítulo 24

Del cuaderno de Rosario Ríos: «Café de olla para los entierros. El de siempre: grano, canela, piloncillo y paciencia. En los entierros se sirve sin preguntar, vaso tras vaso, porque las manos que acaban de cargar a un muerto necesitan algo caliente y verdadero que agarrar.»

A Aurelio Fuentes lo enterramos un jueves, con banda de música y cielo despejado, cincuenta y ocho años y seis días después de su muerte.

El féretro —de madera clara, sencilla, como la habría querido un hombre que firmaba sus cuadros en una esquina y sin marco— lo cargaron los cargadores de la cofradía de Todos los Santos, los mismos que cada año llevan a la Virgen de los Dolores, porque la cofradía había acordado en la misma asamblea de la rehabilitación que quien un día llevó sus cuentas con la letra más limpia del pueblo sería llevado por ellos hasta su tierra.

Detrás íbamos Adrián y yo; después mi madre, del brazo de doña Carmen; después el padre Ignacio, que ya no oficiaba entierros desde hacía años y que esa mañana se puso la estola con las manos firmes y dijo «este me lo debían»; y después el pueblo.

El pueblo entero: Villa Esperanza cerró sus tiendas una mañana de jueves por un pintor al que llamó ladrón durante medio siglo, y eso también es una forma de pedir perdón.

En la puerta de la iglesia, antes de entrar, el presidente de la cofradía —el nieto del tío Bernardo— se adelantó con el libro de cuentas de mil novecientos sesenta y ocho bajo el brazo, el de las pastas verdes, el que yo había encontrado llorando de rabia entre los cirios, y lo abrió sobre el féretro, a la vista de todos, por la última página.

—Que conste —dijo, y la voz le tembló solo al principio—: en este libro falta una línea desde hace cincuenta y ocho años, y hoy la escribimos los que quedamos.

Y con una pluma que le pasó el padre Ignacio, escribió con letra de hombre moderno sobre el papel de los antiguos: «Dos de noviembre de dos mil veintiséis.

Se cierra el caso de la cofradía contra Aurelio Fuentes: las cuentas siempre estuvieron completas.

El error fue nuestro. El silencio también. Descansa, tesorero.»

Después de la misa lo llevamos al camposanto por la calle de la casa, porque Adrián lo pidió así, con una sola explicación: «Que pase por su casa.

Por la de ella. Que la calle entera lo vea volver.

» La procesión se detuvo frente a la bugambilia, que estaba imposible de flores, y el féretro descansó un minuto a su sombra, y yo puse la mano sobre la madera clara y dije en voz baja la frase que Rosario Ríos no pudo decir nunca delante de nadie: «Te esperaron, Aurelio.

Te cocinaron, te soñaron y te guardaron el lugar. Descansa ya.»

Lo enterramos en el lote que mi madre compró con su propio dinero, al lado del lote de los Ríos, porque Lucía —mi madre, la de la huida, la del silencio de treinta y dos años— dijo la frase que cerró tres generaciones de guerra: «Cerca de ella, pero en su propia tierra.

Como debió ser. Que la pared que les queda ahora sea solo la de dos tumbas vecinas, y que esta sí la cruce quien quiera, cuando quiera, con flores. »

Adrián leyó junto a la fosa un fragmento de la carta de su abuela Elena, la de la maleta, la de los cuarenta años de espera: «…

y si algún día lo encuentran, no lo lloren como a un ladrón ni como a una vergüenza.

Llórenlo como a un novio, que es lo que era, con su anillo en papel de seda y su camisa buena, y díganle que su hermana no faltó a la esquina: la esquina es la que faltó a él.

» Y Adrián dejó caer sobre el féretro, junto con la primera palada de tierra, su libreta de dibujos, una copia —el original se queda en la casa, ya les contaré por qué—.

El anillo no lo enterramos. El anillo está en el altar de la casa, junto a la foto de Rosario, en su lugar, que era el único sitio de este mundo donde esa semilla de papel de seda siempre estuvo esperando germinar: en la mesa de ella.

Cuando el pueblo se fue yendo, entre abrazos y café de olla servido sin preguntar, mi madre y yo nos quedamos un rato más entre las dos tumbas nuevas de la familia: la de Aurelio, fresca, y la de Rosario, que está a unos pasos, con Ernesto a su lado.

Mi madre se agachó y puso flores en las dos. En las dos.

—A ti te faltó valor, papá —le dijo a la piedra de Ernesto, sin rencor y sin ternura, como se le habla a un clima—.

Y a ti te sobró silencio, mamá. —Se levantó, se sacudió la tierra de la falda y me agarró la mano—.

Yo me quedo hasta Navidad, Valeria. Quiero volver a aprender el sazón de esta casa.

Y quiero que me enseñes la última página del cuaderno, porque esa receta, a partir de ahora, la cocinamos nosotras. Para los vivos.

El camposanto olía a tierra recién movida y a cera.

Y la bugambilia —me lo juró doña Carmen a la salida, y yo le creo porque en ese pueblo esas cosas se verifican— había empezado a soltar flores también sobre la tumba de Aurelio, aunque su raíz queda en mi patio, a dos calles de distancia, y ese día no corría viento ninguno.