La Casa de Campo de Willow Creek Capítulo Veintidós La puerta que abrimos #3
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Capítulo Veintidós La puerta que abrimos #3

Luke apoyó las manos en sus caderas.

—Gracias.

—No sé hacer esto a la perfección.

—Por suerte, las mujeres perfectas me ponen nervioso.

—¿Y las imperfectas te hacen sentir otra cosa?

Su mirada cambió.

—Muchísimo.

El beso empezó con una sonrisa y se profundizó lentamente.

Las manos de Luke le recorrieron la espalda y la acercaron hasta que ella sintió contra sí la firmeza de su cuerpo.

Claire respondió con rapidez y un calor brillante, a pesar del cansancio.

Le enredó los dedos en el cabello y lo besó con todas las palabras que antes había tenido demasiado cuidado de decir.

Él la cargó escaleras arriba y se detuvo en el tercer escalón cuando le protestó la rodilla.

—Muy romántico —murmuró Claire.

—Cállate. Estoy preservando el ambiente.

—Se te está poniendo roja la cara.

—Pasión.

—Esfuerzo.

Le besó la comisura de la boca.

—Las dos cosas.

En su dormitorio, la desvistió sin prisa. En la mirada de él había deseo, pero también atención: esa atención que hacía que cada cicatriz, cada curva y cada año de su cuerpo se sintieran incluidos, no pasados por alto.

Claire le tocó el rostro.

—Te extrañé.

—Yo también.

Al principio se unieron con suavidad, y la urgencia del callejón se transformó en algo más profundo.

Luke le besó el cuello y los hombros, y volvió a descubrirla con las manos, como si la distancia hubiera convertido el recuerdo en un privilegio.

Cuando bajó la boca sobre su pecho, Claire arqueó el cuerpo y se rio del puro alivio de poder desear sin pedir perdón.

Él alzó la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. Todo. Sigue.

—Instrucción excelente. Muy clara.

Ella volvió a atraerlo hacia sí.

Más tarde, con la lluvia constante sobre ellos y el cuerpo de Luke tibio junto al suyo, Claire entendió que dejarse abrazar no significaba ser indefensa. Apoyarse en alguien para encontrar consuelo no borraba las decisiones que había tomado sola. El amor no era una puerta que se cerraba tras ella.

Era una puerta que se abría en ambos sentidos.

A las nueve y cincuenta y ocho de la mañana siguiente, el señor Pierce llegó con su portapapeles.

Habían prohibido a toda la familia entrar en la tienda, así que esperaban al otro lado de la calle, fingiendo examinar la vitrina de la señora Finch. Evelyn ni siquiera fingía. Miraba con binoculares.

El señor Pierce probó la barra antipánico. Midió el descanso. Revisó el pasamanos, el letrero iluminado y la luz de emergencia. Después recorrió todo el trayecto desde la mesa del taller hasta la salida trasera mientras Claire intentaba no respirar.

Luke esperaba junto al mostrador. No se acercó al inspector. No explicó la obra. Solo sostuvo la mirada de Claire.

El señor Pierce anotó algo en el formulario.

—Señora Morgan.

—Sí.

—Tiene que pintar esta puerta.

A Claire se le cayó el corazón.

Entonces él sonrió y despegó el aviso rojo de la ventana principal.

—Pero puede hacerlo después de abrir. Autorización aprobada.

Claire soltó un sonido que fue mitad risa, mitad sollozo.

Del otro lado de la calle, Evelyn gritó. Los binoculares salieron volando. Sus cuatro hijos corrieron hacia la tienda, seguidos por la señora Finch, June, Marlene y tres personas que Claire no conocía, pero que al parecer entendían que la alegría de Willow Creek era un acontecimiento público.

Luke llegó primero.

—Diecisiete días —dijo.

—Diecisiete días —repitió ella.

Él le besó la frente mientras la tienda se llenaba de voces.

Una hora más tarde, cuando todos se habían ido y habían pagado la factura de Alicia, Claire se quedó frente a la puerta oscura con una brocha en la mano.

Luke abrió una lata de pintura verde salvia.

—Sabes —dijo—, la mayoría de las parejas empieza con una cena. Quizá con un cepillo de dientes en casa del otro. Nosotros reconstruimos salidas de emergencia.

—Somos muy maduros.

—Dolorosamente maduros.

Claire mojó la brocha y pintó la primera pincelada brillante sobre la chapa oscura.

Luke le entregó una pequeña llave de latón.

—¿Qué es?

—La llave de mi casa. No es una exigencia ni un horario. Solo una llave, para cuando quieras estar ahí y yo no.

Ella se quedó mirándola en la palma salpicada de pintura.

Una vez, una llave había significado obligación. Comestibles esperando. Ropa sucia que se acumulaba. Una vida a la que se entraba por costumbre, hasta dejar de recordar que alguna vez una la había elegido.

Esta llave se sentía distinta.

No era una invitación a abandonar su propia casa ni a hacerse más pequeña dentro de la casa de otra persona.

Era una invitación.

Claire cerró los dedos alrededor de ella.

—Yo también tengo algo para ti.

Del cajón debajo del mostrador sacó la llave de repuesto de la casa de campo.

La expresión de Luke se suavizó.

—¿Estás segura?

—No —dijo con sinceridad—. Pero estoy dispuesta.

Él la aceptó con el mismo cuidado con que ella había recibido la suya.

Luego se quedaron juntos en la tienda sin terminar, cada uno con la llave de la puerta del otro, mientras la pintura verde fresca brillaba entre ambos y el futuro luminoso esperaba que lo abrieran.