La Casa de Campo de Willow Creek Capítulo once El martes por la noche #2
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Capítulo once El martes por la noche #2

Estaba aprendiendo que la fortaleza no siempre se siente fuerte. A veces se siente como náuseas y manos temblorosas después de que la persona a quien amaste durante casi toda tu vida adulta se va herida por una verdad que ya no puedes tragarte.

Llamó a Luke. La llamada pasó al buzón de voz.

El miedo antiguo se levantó enseguida. Rachel. El trabajo. La distancia. Vio a su mente reunir ingredientes para una catástrofe con eficiencia profesional.

Claire respiró hondo una vez. Y otra. Luke le había dicho dónde estaba. Tenía una obra llena de maquinaria y personas que necesitaban su atención. Una llamada perdida era información, no abandono.

Le dejó un mensaje. —David vino a la tienda. Estoy a salvo. Estoy alterada y quiero contarte lo que pasó cuando puedas escucharme. Llámame, por favor.

Luego abrió la puerta y volvió al trabajo.

Luke llamó veintitrés minutos después.

—¿Estás sola? —Su voz estaba tensa.

—Sí. Ya se fue.

—¿Te tocó? ¿Te amenazó?

—No. Criticó mis decisiones de negocios y mi gusto por los hombres. Al parecer, ambos son imprudentes.

—Tu gusto por los hombres es excelente. Tu gusto por el papel tapiz sigue siendo cuestionable.

Una risa rompió la presión en el pecho de Claire. —Gracias.

—Cuéntame qué pasó.

Ella se lo contó. Luke escuchó sin interrumpir, salvo una vez para murmurar algo sobre la frase inconclusa de David que probablemente no era apropiado para una reunión de preservación.

Cuando Claire terminó, dijo: —Estoy orgulloso de ti.

—Me siento fatal.

—Las dos cosas pueden pasar al mismo tiempo.

—Lo lastimé.

—Le dijiste la verdad. No lo humillaste. No usaste su soledad para arrastrarlo de vuelta a un matrimonio que terminó. Que alguien sienta dolor no prueba que hayas hecho algo malo.

Claire se sentó en el mostrador. —¿Cuándo te volviste tan sabio?

—Hace unos quince minutos. Antes le estaba gritando al operador de una grúa.

—¿Todavía sales a las cuatro?

Hubo una pausa. Pequeña, pero no lo suficiente.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

—Se retrasó la entrega de los soportes de acero. Llegaron hace una hora y el equipo tiene que instalarlos antes de que yo pueda dar el visto bueno. Quizá no pueda salir hasta las seis.

La decepción la atravesó, rápida y aguda. Cerró los ojos.

—¿Claire?

Su viejo instinto le susurró: Dile que no importa. Haz que las ganas desaparezcan.

—Estoy decepcionada —dijo—. Entiendo por qué. Pero te quería aquí. Especialmente después de lo de David.

—Quería estar ahí antes de que oscureciera. Lo siento.

—Gracias por decir eso en vez de explicarme otra vez lo de los soportes.

—Estaba a punto de explicarte la capacidad de carga.

—Lo sé.

—Saldré en cuanto el ingeniero me dé el visto bueno. Te escribiré antes de empezar a manejar y no voy a exceder el límite de velocidad.

—Bien. No pienso tener nuestro gran reencuentro en una sala de emergencias.

—Sería memorable.

—Luke.

—Cinturón puesto. Límite de velocidad. Nada de rebasar heroicamente.

Se despidieron. Claire se quedó quieta un momento, sorprendida por el orgullo sereno que empezaba a crecer debajo de su decepción. La conversación no había borrado el sentimiento. Le había hecho espacio sin convertirlo en un castigo.

A las cinco y media cerró la tienda y condujo a casa.

Se duchó, se puso un vestido crema suave, se lo quitó porque parecía que fuera a organizar un bautizo y eligió jeans con una blusa de seda.

Cocinó pollo al romero, quemó la primera tanda de papas mientras revisaba el teléfono y se comió tres de las nuevas de pie junto a la encimera.

A las seis y doce, Luke le escribió: Ya firmé. Salgo ahora. El GPS dice 9:08.

Claire contestó: Maneja con cuidado. La cena puede esperar.

A las siete y media, empezó a tronar más allá de los campos del oeste.

A las ocho, la lluvia golpeaba las ventanas formando líneas plateadas y firmes.

Claire encendió velas cuando las luces de la cocina parpadearon y luego se rio de sí misma, porque la mesa se veía indecentemente romántica para un hombre que quizá llegara empapado y con tanta hambre que comiera directamente de la sartén.

A las ocho y cuarenta y siete, unos faros recorrieron la sala del frente.

Claire llegó al porche antes de que Luke apagara la camioneta.

Él bajó con botas de trabajo, jeans oscuros y una camisa gris húmeda en los hombros. El cansancio le ensombrecía el rostro. A ella le pareció más guapo de lo que ningún desconocido impecable tenía derecho a ser.

Durante un latido, simplemente se miraron.

Luego Luke cruzó el patio.

Claire lo recibió en el primer escalón. La rodeó con los brazos y la levantó contra su cuerpo mientras su boca encontraba la de ella.

La lluvia le enfrió la piel; el beso le ardió a través de cada hora de espera.

Ella le aferró la camisa mojada y lo besó con el hambre de cuatro días, una confrontación y cada frase sincera que la había asustado.

Luke la cargó por los escalones sin romper el beso. En la puerta la bajó el tiempo suficiente para mirarla.

—¿Estás bien? —preguntó.

—¿Ahora?

—Toda tú. No solo la parte que me está besando.

La pregunta llegó más hondo que el deseo. Claire le tocó el cabello mojado por la lluvia. —Estoy lastimada. No rota. Y me alegra muchísimo que hayas vuelto a casa.

Él cerró los ojos un segundo al oír la palabra casa.

—Te extrañé —dijo.

—Me lo dijiste. Con detalles alarmantes.

—Me guardé algunos puntos importantes.

—Entra y acláramelos.

El pollo quedó intacto. Luke bebió medio vaso de agua mientras Claire estaba apoyada contra la encimera, mirando cómo se movía su garganta. Él dejó el vaso despacio.

—Si sigues mirándome así —dijo—, ni siquiera voy a preguntar por la cena.

—La cena ha mostrado una paciencia admirable.

Se acercó a ella, apoyando las manos en la encimera a ambos lados de sus caderas. —¿Y tú?

Claire enganchó un dedo en la trabilla del cinturón de Luke. —Yo, no tanto.

La besó de nuevo, más despacio que bajo la lluvia. Sabía a café y a carretera larga. Claire le deslizó las manos bajo la camisa húmeda, sobre la piel tibia y los músculos cansados. Él se estremeció cuando ella le recorrió la espalda suavemente con las uñas.

—Al dormitorio —dijo contra su boca—, antes de que olvide todas mis promesas de ir despacio.

—No recuerdo haber pedido paciencia.

—Ya te acordarás.

La certeza tranquila en su voz le recorrió el cuerpo con calor.

Arriba, la habitación brillaba bajo una lámpara que ella había fingido no acomodar. Luke se detuvo apenas cruzó la puerta. Miró las sábanas limpias, las flores sobre la cómoda y a Claire, de pie ante él, con la lluvia secándose en la piel.

—Me esperaste —dijo.

Ella oyó el sentido que escondían esas palabras. No solo esa noche. También durante la demora. En medio del miedo. Sin borrarse.

—Yo elegí hacerlo —respondió.

Luke la desvistió con un cuidado más íntimo que la prisa.

Le sacó la blusa por la cabeza y luego se arrodilló para quitarle los zapatos.

Le recorrió las pantorrillas con las manos, pasó detrás de las rodillas y siguió por la parte exterior de los muslos.

Claire tembló antes de que él tocara ninguno de los lugares que ella ansiaba que tocara.

—¿Sigues impaciente? —preguntó.

—Muchísimo.

Sonrió y le besó el suave espacio debajo del ombligo.

A Claire se le cortó la respiración. Luke le bajó los jeans y la ropa interior juntos, y siguió con la boca el camino que sus manos iban descubriendo. Ella se sostuvo de sus hombros. Él le besó la cadera, el pliegue del muslo y luego alzó la mirada.

La pregunta en sus ojos siempre le permitía a ella responder.

—Sí —susurró.

Luke le levantó una pierna sobre el hombro y la besó entre los muslos.

El placer la golpeó tan rápido que se le cerraron los dedos en el pelo.

Él la sujetó con firmeza por las caderas y movió la lengua con presión lenta y segura.

Cuatro días de deseo se condensaron en cada caricia.

Claire intentó permanecer callada por costumbre; luego recordó que la casa estaba vacía y dejó que el nombre de él llenara la habitación.

Luke le respondió con un sonido ronco contra el cuerpo. La vibración le hizo doblarse las rodillas. Él la sostuvo sin esfuerzo y la guio de nuevo a la cama sin apartar la boca más que para respirar.

Claire se abrió ante él, más allá de la vergüenza, más allá de la vieja creencia de que el deseo a su edad debía suavizarse hasta convertirse en algo recatado.

Luke la tocaba como si su placer valiera lo suficiente para estudiarlo.

Cuando le deslizó dos dedos dentro, curvándolos mientras su lengua dibujaba círculos en el punto que le hacía perder todo pensamiento sensato, ella llegó al clímax con fuerza y se arqueó sobre el colchón con un grito.

Luke se quedó con ella durante cada pulso, y solo se volvió más delicado cuando su cuerpo se aflojó debajo del suyo.

Por varios segundos, Claire no oyó nada salvo la lluvia y su propia respiración.

Luke la fue besando hacia arriba, por el vientre. —¿Estás bien?

—Quizá no vuelva a formar una oración completa.

—¿Así de grave?

—Diles a mis hijos que morí respetada. No des detalles.

La risa de él le calentó la piel. Claire lo atrajo y lo besó, probando su propio sabor en la boca de Luke. La intimidad ya no la asustaba. La hacía sentir reclamada de una forma que no tenía nada que ver con poseerla y todo que ver con conocerla plenamente.

Se giró hasta dejarlo debajo de ella. La sorpresa de Luke duró apenas un segundo antes de que el placer le oscureciera los ojos.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Le quitó la camisa y luego le abrió el cinturón con manos más firmes de lo que se sentía.

Luke levantó las caderas para que ella pudiera quitarle el resto.

Su erección se alzó, dura contra el abdomen, lo bastante gruesa como para despertar la deliciosa incertidumbre que ella había sentido la primera vez.

Claire lo rodeó con una mano. La cabeza de Luke se inclinó hacia atrás.

—Manejaste tres horas —murmuró ella—. Pareces agotado.

—Lo estaba.