Chapter 37
Es hora de desvelarte qué es real, en esta historia,
y qué fruto de mi imaginación.
Las novelas, por lo menos las mías, tienen como ingrediente principal la imaginación.
Pero a veces necesitas entrelazar esa parte inventada con datos, hechos o lugares reales para hacerla más creíble.
En esta historia, que lleva como componente extra esas pinceladas de historia, esos toques de realidad eran indispensables.
Así que, sí: todas las calles de Salamanca que nombro a lo largo de la novela existen en el momento en que escribo estas líneas.
El pueblo de San Felices de los Gallegos y las ruinas de su castillo medieval, el rollo jurisdiccional de la localidad de Vilvestre, la cueva de Salamanca y la cripta de San Cebrián son lugares que se pueden visitar en la actualidad.
Como lo son los populares Café Erasmus y Las Caballerizas, que gozan de muy buena salud y son muy frecuentados por los estudiantes y por los que ya no lo son tanto.
Todo lo que he contado sobre Dunkeld y la construcción, destrucción y posterior reconstrucción de su catedral son datos verídicos. Al igual que la existencia del río Tay, el emplazamiento de Scone o el legendario bosque de Birnam, que Shakespeare inmortalizó en su obra.
Para anclar los viajes en el tiempo a la realidad, me serví de figuras históricas que marcaron el destino de Escocia: Juan Sin Tierra (Juan I de Inglaterra), Guillermo I y Alejandro II, los aspirantes al trono Robert Bruce y John Balliol o el ambicioso Eduardo I de Inglaterra son personajes reales.
Como también lo fueron la batalla de Largs en 1263, en la que escoceses y noruegos midieron sus fuerzas, la triste pérdida de la pequeña Margarita I, la Doncella de Noruega, en septiembre de 1290 en las Orcadas o el Tratado de Birgham.
Son fragmentos de la historia sobre los que te invito a profundizar si, como a Isabel, te apasiona este periodo.
Todo lo anterior son hechos ciertos y lugares visitables, pero… mis personajes, permíteme la licencia, se merecían un ecosistema único y exclusivo. Un lugar que fuera solo suyo, que nadie pudiera rastrear o visitar.
Y, puestos a imaginar, empecé haciéndolo por el gran motor de toda esta aventura: el clan Callaghan.
No hay constancia de que haya habido nunca ningún clan escocés con ese nombre, o al menos yo no la he encontrado tras investigarlo a fondo.
Tampoco sus odiosos vecinos, los Burg, existieron jamás.
Y la malvada Vadala también es fruto de mi imaginación.
Un clan tan especial necesitaba un lugar especial donde vivir, por eso inventé un valle entero solo para ellos.
Así que no, por mucho que dispongas de un folleto turístico que lo describa, lamento decirte que nunca podrás visitar el Valle de Glenbràith, su priorato de Beannchain o Caol Gleann.
Y pensé que un valle tan hermoso se merecía un impresionante lago que lo embelleciera aún más, lo que significa que Loch Bràith…
lo has adivinado: es inventado. Y lo siento: el romántico y acogedor Fàthach Bràith tampoco existe.
Sin embargo, aunque no aparezcan en ningún mapa geográfico, me alegra saber que todos estos lugares existen ya para siempre en el universo de esta historia y, ojalá, también en tu memoria.
Y termino con mi gran invención para esta novela: algo que no había hecho en ninguno de mis libros anteriores y que me ha supuesto un viaje de aprendizaje increíble (a ratos tan desafiante y complicado como el de Isabel a través del tiempo).
Lo que comenzó como unas breves pinceladas aquí y allá, acabó conquistando toda la trama hasta convertirse en un elemento diferenciador: los códigos QR.
Al crearlos, descubrí que la inteligencia artificial tiene sus propias reglas, casi tan caprichosas como las leyendas del siglo XIII. Intentar que plasmara los rostros de mis personajes tal y como yo los visualizaba fue un desafío constante, una especie de negociación permanente con la tecnología.
Pero ¿sabes? Me di cuenta de que lo importante no era la homogeneidad entre escenas, sino capturar la atmósfera de un instante compartido.
Lo importante no era cómo lo imagináramos la IA o yo, sino cómo lo hicieras tú.
Los QR solo debían ser ese punto de partida desde el que pudieras desplegar tu propia fantasía.
Me encanta la idea de leer con algo más que con los ojos y de jugar a contrastar tu imaginación con la mía.