La campana sumergida 70 Cañada de las Ánimas, 9 de noviembre, 1000
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70 Cañada de las Ánimas, 9 de noviembre, 1000

Volvió a la finca con la excusa de la cera y el propóleo, que era una excusa a medias.

Gaspar estaba echando los cerdos a la mancha nueva. Los ibéricos bajaban entre las encinas como una marea negra y lenta, hocicando la bellota.

—Empezamos la montanera el uno —dijo—. Noventa días. Si llueve, engordan. Si no llueve, me arruino con estilo.

—¿Sol venía por aquí?

—Cada quince días. Tenía dos cámaras en mi finca. —Se limpió las manos en el pantalón—. Y me ayudaba con las colmenas cuando le pillaba de paso. Le gustaba el humo.