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Son las once menos cuarto de la noche de un jueves y en la cocina de mi madre hay siete personas y cuatro focos.
En el corral, donde mi madre tenía el limonero y dos tiestos de esparto, hay una unidad móvil.
La mesa camilla está donde ha estado siempre, debajo de la ventana, con las faldas puestas. Debajo, el brasero eléctrico, que no funciona y que tiene dentro un foco pequeño de luz cálida, porque Marta dice que el brasero encendido «da hogar» y que si se ve el cable no pasa nada.
Encima de la mesa, a mi derecha, el costurero de mimbre. Cerrado.
Dentro del costurero, debajo del forro de tela de flores que se levanta por una esquina, está el folio doblado en cuatro que escribió Rosario Salcedo Vela con bolígrafo azul y las q sin u, dirigido a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Delegación de Cuenca.
Eso no lo sabe nadie más que yo.
En el plano sale el costurero. Sale en el plano dos, que es el que abre el programa: una panorámica lenta de la cocina que termina en mi cara.
En la habitación de delante, la del taller, que ahora es el control, está la máquina de coser con la falda gris marengo y los ocho alfileres. La productora la ha iluminado con una luz lateral que a mí me parece una barbaridad y que a Marta le parece «el mejor plano de la casa».
La peluquera se llama Vane y viene de Cuenca todos los jueves.
Me peina hacia atrás, con raya al lado y el moño bajo, y me pone la mantilla con dos horquillas de las de verdad, de las que hacen daño.
—Así —dice—. Que quede como una señora del pueblo.
Y me mira en el espejo con las manos en mis hombros, satisfecha del trabajo.
En el espejo, con la mantilla puesta y la raya al lado, está mi madre.
Yo eso ya lo he explicado en el capítulo veintitrés y no lo voy a explicar otra vez: a partir de los cincuenta y cinco, todas las mujeres de una familia se parecen. No es nada. No lo corrijo.
Poli entra cinco minutos después con dos cafés y un papel.
—Cuatro llamadas en cola —dice—. Y hoy hay una buena, Macarena. Una de Albacete que tiene un hijo. Esa la dejamos para el minuto veinte, ¿me explico?
—Que no digas eso.
—¿El qué?
—Nada.
Jandro está en el pasillo con dos móviles y una lista. Tiene dieciocho años, un contrato de responsable de redes con nómina y catorce mil seguidores en la cuenta del pueblo, que ya no es la cuenta del pueblo: es una cuenta del programa que se llama igual.
—Alcaldesa —me dice, que me llama así desde junio y le hace mucha gracia—. Hoy hay ciento veinte personas en la plaza.
—¿Ciento veinte?
—Es que ha venido un autobús de Albacete.
Fuera hay ciento veinte personas de pie en la plaza de doscientos sesenta habitantes, un jueves, casi a medianoche, viendo un directo en una pantalla que el ayuntamiento ha instalado en la fachada del frontón.
De esas ciento veinte, unas cuarenta son de aquí.
Y cobran.
Los vecinos que salen en plano cobran quince euros por jornada como figuración, y los que ponen su casa cobran aparte, y en el Bar Avenida se sirven ciento y pico consumiciones los jueves por la noche, que es más que un sábado de fiestas.
Rufo ha contratado a una chica. Está empadronada desde enero.
El micro es el Elvis.
Lo pedí yo y me lo discutieron dos semanas, porque un Shure del noventa y uno no tiene la respuesta que quieren para un directo, y al final se llegó a un acuerdo que es una mentira: el Elvis está en el plano, encima de la mesa camilla, con su pie, y a mí me llevan el sonido por un micro de solapa que no se ve.
Yo hablo hacia el Elvis igual.
Cinco minutos antes entra el técnico a comprobar el auricular. Dos después, Marta cuenta hacia atrás desde el pasillo con la mano levantada.
Y a las once y cuarto en punto, la careta.
— En directo desde Valdestrella, Cuenca. En tránsito, con Maca de España.
Y empiezo.
—Buenas noches. Bienvenidos a esta casa, que es la casa de mi madre.
Eso es lo primero que digo todos los jueves. Lo escribí yo y no lo cambia nadie.
—Yo estuve mucho tiempo fuera. Once años sin venir por aquí, para que ustedes lo sepan. Y a mí, hace unos meses, me tocó volver y enterarme de una cosa con muchísimo retraso.
Pausa.
—Aquí, cuando falta alguien, se dice una cosa. Se dice: está en Cuenca, en el especialista. —Pausa—. Y yo he estado. Y he vuelto.
En la plaza, según me cuenta Jandro después, cuando digo esa frase, los cuarenta que son de aquí hacen un ruido bajo, de risa, y los otros ochenta no se enteran de nada.
Es un chiste local emitido en abierto para toda la comunidad autónoma. Y es, aunque no lo parezca, lo único verdadero que digo en todo el programa.
Y hay una cosa que hago en el arranque y que no está en ningún guion, y que Marta no entiende y me deja hacer porque funciona.
Digo el nombre de mi madre.
—Esta casa es la casa de Rosario Salcedo Vela, que fue modista en este pueblo cincuenta y un años.
Todos los jueves. Nombre y dos apellidos, como en una esquela.
Lo hago por un motivo que no tiene nada de bonita, y prefiero escribirla yo antes de que la escriba otro: porque a esa mujer la enterraron sin nombre, y a mí la única manera que se me ha ocurrido de ponérselo ha sido esta, que consiste en decirlo en una televisión autonómica los jueves de madrugada, entre una cuña de seguros agrarios y un contador de un número de tarificación adicional.
Yo no digo que sea decente. Digo que es lo que sé hacer.
El primer bloque es de veinte minutos.
Se habla de la semana en el pueblo. Sale un vecino. Hoy sale Casimiro, que ya ha salido tres veces y que se ha convertido, sin proponérselo, en el personaje que más gusta.
Habla del agua, del frontón y del linde de la Vega del Chorro, que se resolvió en el pleno de septiembre a favor de Anastasio, con informe técnico y todo, después de treinta y ocho años.
Casimiro lo cuenta y se emociona en directo. Marta, desde el pasillo, hace el gesto de alargar.
A mí, mientras Casimiro habla, se me va la cabeza a lo de siempre, como se me va todos los jueves en el primer bloque.
Que a este pueblo le está yendo bien.
Hay doscientos sesenta empadronados, y de esos, por primera vez desde el año dos mil doce, hay más vivos que el año pasado.
Hay una chica contratada en el bar, otra en el Centro del Azafrán y ocho personas de la productora empadronadas en casas que llevaban doce años cerradas.
El autobús sube dos veces al día. El consultorio tiene tres días de médico desde enero, y no es por el programa: es porque hay más gente.
Y hay cinco muertos menos en el padrón, con su certificado, su inscripción y su cruz de piedra pagada por el ayuntamiento.
Se están muriendo por fin, uno a uno, en el orden que decidimos en una mesa camilla en agosto.
Los que tenían pensión, los últimos.
En el corte de publicidad, que es de tres minutos, me quito el auricular y me voy a la ventana de la cocina, que es la que da a la calle.
Y hago lo que hago todos los jueves en el corte.
Aparto un poco el visillo y miro hacia la izquierda, hacia el fondo de la calle de la Tercia, por donde se ve el arranque de la plaza y la esquina del ayuntamiento.
Y ahí está la vela.
Dentro de su vaso de cristal, en el escalón de la puerta del ayuntamiento, encendida, aguantando el aire.
La pone Sagrario Utiel Peral todas las tardes a las siete, desde el 7 de junio.
Cuando le preguntaron por qué —se lo preguntó Marta, en septiembre, con una cámara detrás y sin mala intención—, contestó cuatro palabras y se metió en la iglesia:
—Por el alma del que mande.
No sale en el programa. Marta quiso ponerlo, dijo que era «una imagen brutal», y yo dije que no, y es la única vez que me he impuesto a la productora en once meses.
Sagrario no me habla desde junio. No me ha insultado, no ha ido a la Guardia Civil, no ha escrito a nadie. Simplemente no me habla.
Pone las flores del altar los sábados, las novenas de los ausentes los viernes y una vela en el escalón todas las tardes.
Aquella noche de junio, en el atrio, cuando le pregunté por qué no denunciaba, ya me contestó lo que iba a contestar siempre: que el pecado es de Dios y el delito es de fuera.
Esta noche, en el corte de publicidad, con el visillo apartado, la vela está encendida y en el escalón hay alguien sentado.
Es ella.
Desde el fondo de la calle, a ciento cincuenta metros, con la luz de la fachada del frontón dándole por detrás y ciento veinte personas de espaldas a ella mirando una pantalla donde salgo yo, Sagrario levanta la cabeza y mira hacia esta ventana.
Y me sostiene la mirada.
No sé cuánto. Lo suficiente.
—¡Macarena! —dice Marta desde el pasillo—. Treinta segundos.
Suelto el visillo.
Vuelvo a la mesa camilla, me siento en la silla de mi madre, me colocan el auricular, Vane me estira la mantilla por detrás y Poli me pone delante el papel con las cuatro llamadas.
En ese momento, todos los jueves, pasa lo mismo: pongo la mano izquierda encima de la tapa del costurero.
No es un gesto de nada. No es un homenaje, ni una promesa, ni un remordimiento. Es lo que hace una en un plató con las manos cuando faltan treinta segundos.
Debajo de esa tapa, debajo de la bandeja de mimbre, debajo de una caja de zapatos con veintiséis recortes de mi carrera y un anuncio con dos palabras escritas a boli, debajo del forro de tela de flores, hay una denuncia sin entregar.
Podría entregarla mañana. Sigo teniendo las fotos en el correo, con el asunto vacío.
Llevo once meses sin entregarla, y ya he dejado de decirme que la voy a entregar algún día, que es la única cosa honrada que he hecho en todo este asunto.
Y hay otra cosa que hago, y esta la hago siempre en el mismo minuto, con el auricular ya puesto y el móvil debajo de la mesa camilla, donde no lo ve la cámara.
Le doy al play.
Es un audio de once segundos, del año diecinueve, el único que mandó ella en su vida, y suena así:
«A ver si esto se manda. Macarena. Que era para probar.»
Se oye el corral detrás. Se oye una gallina.
Yo lo tenía puesto para acordarme de la voz, cuando estaba montando la de él. Es decir: lo desenterré para trabajar.
Y ahora lo escucho once segundos antes de cada directo, con la mantilla puesta, en su cocina, sentada en su silla, delante de cuatro focos.
Marta cree que es una técnica de concentración. Se lo dije yo el segundo jueves, porque me preguntó, y le dije que era una grabación de respiración.
Es lo más parecido que hay en el mundo a que alguien te llame.
Y me sale gratis.
Marta cuenta hacia atrás con la mano.
Y estamos en directo.
—Volvemos. Y volvemos, como todos los jueves, con la parte que a mí más me importa, que es la de ustedes.
Miro a cámara.
—Aquí no hay milagros. Yo no resucito a nadie, yo no adivino la lotería y yo no voy a decirle a nadie una cosa que no le pueda decir. Lo que hay aquí es un teléfono, y al otro lado hay alguien despierto a estas horas. Que ya es bastante.
En el rótulo de abajo, en blanco sobre azul, está el número. Y debajo del número, en letra pequeña, la tarifa.
—Tenemos la primera llamada de la noche. Buenas noches, ¿con quién hablo?
Y en la pantalla del control, en el pasillo, se enciende el contador.
Es un número verde que empieza a subir de segundo en segundo, y que yo veo desde aquí porque me lo han puesto en el monitor de retorno, a mi izquierda, aunque no hace ninguna falta.
Lo miro.
Sonrío.
1,45 el minuto.
Ladrona.