La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 1. Lera
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1. Lera

LERA

—¡ C oal! —Le agarro el codo al macho, apoyándome en él sin pudor alguno mientras una repentina oleada de energía me recorre el cuerpo.

Los grilletes mortales que atan mi magia se abren con violencia y los hilos de poder se escapan con tal fuerza que a duras penas consigo evitar que el bosque que nos rodea arda en un incendio voraz.

El cielo estrellado parece dar vueltas sobre mi cabeza, los intensos aromas de helecho, pino y savia pegajosa me explotan en la boca.

La fuerza vibra en mis músculos, y oleadas de vida me recorren con cada latido.

Con los dedos aún clavados en el antebrazo de Coal, duro como una roca, tomo una bocanada de aire rebosante de vida…

Y casi me atraganto con la siguiente cuando los grilletes fantasmales ahogan mi magia una vez más.

La bilis me sube por la garganta y todo en mi interior se revuelve contra la contención, sin importar lo que me diga el sentido común.

Ahora mismo me da igual lo que está bien y lo que está mal.

No me importa nada salvo esa parte de mí que acabo de entrever y he vuelto a perder.

Buscando la espiral de magia en mi interior, lanzo mi voluntad a ciegas contra los grilletes. Una y otra vez. Y otra. Y otra.

—Tranquila, mortal. —Un brazo fuerte me rodea la espalda y Coal me coloca frente a él, con sus rasgos bellamente tallados a solo unos centímetros de los míos y su aroma metálico ahogando el susurro de la noche.

Cogiéndome el rostro entre sus manos callosas, el guerrero me echa la cabeza hacia atrás y me estudia intensamente con sus penetrantes ojos azules—.

Yo también lo he sentido, la repentina liberación de magia.

Pero ya no. Todo ha vuelto a la normalidad.

Normal. Me obligo a llenar de aire mis pulmones oprimidos mientras la seguridad del agarre de Coal en mi cara me devuelve la cordura.

Eso no debería haber pasado. Por muy bien que siente la magia, no tiene cabida en el mundo humano.

Por las estrellas, si hemos venido aquí precisamente para evitar este desastre.

—¿Significa esto que hemos fracasado? —susurro—. ¿Han caído las barreras por completo?

—Todavía no. —Coal me recorre los brazos con las manos, luego me pone la palma en la zona lumbar y nos vuelve a encaminar hacia la Academia—. Aunque supongo que se puede decir que no somos los únicos en el mundo mortal que quieren juguetear con las malditas cosas.

Desde la cresta de la colina a la que Coal y yo hemos subido para inspeccionar el pequeño ejército de campamentos que crece en lo que hasta hace poco eran campos de ovejas, niego con la cabeza al ver las hileras de tiendas.

Las antorchas y los farolillos parpadean en todas direcciones, y los gritos lejanos y las carcajadas resuenan por todo el valle.

A menos de una semana de las Pruebas de Proeza, todo el lugar ha pasado de ser un pueblo aislado y soñoliento a la capital improvisada de un nuevo mundo, con la bandera de la Academia ondeando en lo alto de la torre del homenaje como un corazón palpitante.

Todos están de muy buen humor, impacientes por los juegos venideros... y completamente ajenos al peligro potencial que acecha.

—Sabes… —Aparto una rama espinosa antes de que me golpee en la cara—. Llevamos casi dos meses sin un solo sclice suelto en los bosques de Great Falls, así que llegué a pensar que las cosas podrían estar cambiando a nuestro favor.

—Yo no.

—Ya, pero es que a ti te gusta matar.

Coal me lanza una mirada amenazadora y acelera el paso, de modo que casi tengo que trotar para seguirle el ritmo.

Su cuerpo alto y esculpido se abre paso en la noche con tal facilidad que es como si el aire se apartara para él; cada músculo de sus poderosos muslos y trasero se perfila bajo sus ajustados pantalones negros.

Si va a hacerme correr de vuelta, al menos puedo disfrutar de las vistas.

Privado de matar sclices y otras cosas desagradables, el macho ha estado canalizando su frustración acumulada en corregir lo que él declaró una deficiencia en mi entrenamiento.

«Ahora que recuerdo lo que eres, no hay razón para tratarte con guantes de seda en el ring», me había informado hace dos meses antes de iniciar una nueva rutina de tormento matutino que hace que los demás cadetes mantengan las distancias conmigo, no vaya a ser que algo de la inventiva de Coal les salpique.

«Además, cuanto más tiempo pases en compañía de Shade, mejor.

Así que nos estoy haciendo un favor a todos».

Incluso estas patrullas nocturnas —con poco más que hacer— se han convertido en oportunidades de entrenamiento, con Coal parándonos en claros aleatorios iluminados por la luna para tener sesiones de combate casi silenciosas.

Normalmente, empiezan conmigo inmovilizada en el suelo sin previo aviso, intentando liberarme furiosamente.

.. y a veces acaban con mi espalda en el suelo o contra un árbol, con la misma falta de aliento mientras me apresuro a rodear con mis piernas la cintura desnuda de Coal y a meterlo dentro de mí.

La magia del vínculo puede estar apagada aquí en el mundo mortal, pero el instinto de apareamiento se siente igual de fuerte... a veces abrumador, ahora que Coal ha recuperado sus recuerdos. Al diablo con la corteza del árbol, la lámpara del escritorio o el armazón de la cama.

Cuando Coal y yo volvemos a la biblioteca, Arisha y Gavriel tienen el lugar plagado de libros, mapas y notas.

Por ahora, hemos marcado todos los cientos de campamentos temporales del personal en un mapa, junto con los horarios de los miembros de la realeza que están a punto de llegar.

El tintero de tinta roja que hemos preparado para marcar los lugares de actividad reciente de la plaga permanece intacto, y así ha sido durante meses.

—Decidme que habéis matado algo hoy —dice Arisha, de espaldas a la puerta mientras hace malabares con un diario en una mano y con Esbirro —el gatito de un kilo que encontró la semana pasada en el andamio del recién construido estadio— en la otra.

Niego con la cabeza.—No.

Asomando su peluda cabecita naranja por encima del hombro de Arisha, Esbirro nos bufa a Coal y a mí, mostrando una diminuta boca llena de dientes afilados como agujas.

—La noche es joven —le dice Coal al gato con tono sombrío.

Arisha se da la vuelta, acurrucando al pequeño y feroz felino mientras fulmina a Coal con la mirada.

Las gafas de montura de alambre, torcidas sobre sus ojos azules entornados.

Sus pecas destacan ahora más en su pálido rostro tras demasiadas horas de investigación en interiores, siendo el entrenamiento matutino la única excepción.

Puede que Arisha esperara que Coal, al saber la verdad, hiciera la vista gorda cada vez que ella decidiera que el entrenamiento físico no era el mejor uso de su tiempo, pero él le quitó esa idea de la cabeza con una ceja arqueada y una buena dosis de carreras.

El guerrero se cruza de brazos sobre el pecho y el puro poder que emana de él llena la habitación. Incluso con mi amuleto atenuando mis sentidos, su almizcle metálico hace que se me erice la piel, mi cuerpo anhelando el contacto del suyo... como parece ocurrir aproximadamente cada pocas horas.

—Me caía mejor cuando no sabía que era un legendario guerrero fae —me dice Arisha—. Y eso que ya me caía poco bien.

—Bien. Hay poco que te deba gustar de mí. —Cogiéndola de una de sus trenzas, Coal la aparta para sentarse en una silla frente a Gavriel—. Cuando las barreras se erosionan de forma natural, ¿se manifiesta como un declive constante o como ráfagas de actividad intermitente?

Gavriel se quita las gafas y las limpia con la solapa de su túnica.

—Constante. Que las barreras se activen y desactiven es una actividad intencionada.

—A pesar de la absoluta falta de progreso en la búsqueda de una forma de reparar las barreras que se están resquebrajando, el hombre sigue sabiendo más sobre su funcionamiento que cualquiera de nosotros—.

¿Podría esperar que pregunta por curiosidad académica?

—Ese tiene la misma curiosidad académica que yo coordinación —murmura Arisha.

—Hubo un momento hoy en el que tuvimos pleno acceso a nuestra magia —digo, uniéndome a los demás en la mesa mientras relato el suceso. Los rostros de los miembros del Gremio se oscurecen progresivamente con cada palabra—. ¿Podría haber sido un fallo técnico o algo así como lo contrario de Ostera?

Soltando a Esbirro, Arisha se acerca al libro de consulta celestial y mueve la boca mientras hace complejos cálculos antes de negar con la cabeza.—No. E incluso si hubiera una influencia lunar, no sería nada tan drástico.

—¿Así que alguien —supongamos que fue la Guardia Nocturna— ha abierto las barreras a propósito? —digo—. Pero ¿por qué ahora y por qué solo por un momento?

—Esto apesta a una maldita ratonera —dice Coal—.

Las Pruebas de Proeza en la Academia para reunir a la realeza, una repentina falta de alimañas Mors para que la presa no se asuste, y ahora las fauces mágicas a punto de cerrarse de golpe.

—El macho gruñe de frustración y da un manotazo en una mesa auxiliar.

Esbirro, agazapado en el hombro de Arisha, bufa.

—La realeza serán blancos fáciles y la maldita realidad es que, hagamos lo que hagamos, no podemos vigilarlos a todos a la vez —dice Coal—. Será una masacre sangrienta antes de que lleguemos al campo de batalla.

Me froto los ojos con la palma de las manos.

Coal tiene razón. Sin saber cómo ni cuándo se producirá el ataque, no podemos posicionarnos para detenerlo…

y decirle esto a Sage es más probable que nos expulse de la Academia que otra cosa, con lo que nuestra capacidad para hacer algo se reducirá a un heroico cero.

El preciado equipo de Proezas del director y sus padres no van a ir a ninguna parte.

Me quedo helada.

Preciado equipo de Proezas . El ojo de toda esta maldita tormenta.

Los fragmentos de una idea empiezan a formarse en mi mente.—Quizá Coal y yo solo seamos dos personas —digo lentamente, mientras los fragmentos se unen con más fuerza, enviando una espiral de pavor a mi estómago—. Pero creo que sé cómo colocarnos en una mejor posición defensiva.