La cacería de las bestias salvajes
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Capítulo 1.
Algo amenazante y gris se aproximaba por encima de las copas de los árboles.
La tormenta aceleraba su avance desde el oeste y engullía todo a su paso.
Una repentina ráfaga de aire levantó una hoja de arce hasta golpear la mejilla de Erin y dejarle una húmeda huella de tierra.
Las ramas más débiles de los árboles al borde del claro se rompieron en ese instante, rastrillando la grava del aparcamiento con sus garras leñosas hasta estrellarse en los desafortunados vehículos en su trayectoria o invadir la carretera.
Erin agachó la cabeza y subió la cremallera de la sudadera, guardó las manos en los bolsillos y se apresuró hacia el coche.
Las nubes negras adelantaron la caída de la noche como un vórtice de oscuridad y las gotas de lluvia que salpicaban el parabrisas se transformaron en diluvio justo al cerrar la puerta del deportivo.
Un ladrido de protesta la recibió mientras se secaba la cara con la manga y lanzaba la gorra hacia el asiento de atrás para airearse el pelo.
—Ya lo sé, Nick. Yo también estoy cansada, pero no ha habido suerte. No tienen habitación libre para nosotros, tendremos que hacer el resto del camino —le contó acariciándole la cabeza a su mascota—. Sé bueno, a lo mejor Maddie nos deja quedarnos en la cabaña esta noche.
Sacó el móvil del bolsillo del pantalón y repasó sus notificaciones inútilmente.
Se percató de la bajada de líneas en el marcador de cobertura y, con un suspiro de cansancio, metió la llave en el contacto.
El motor del vehículo rugió por encima de la tormenta y al instante siguiente la radio sonó a todo volumen.
«…dado de Lester, espero que estéis a cubierto porque se avecina una buena.
Los servicios meteorológicos anuncian vientos huracanados y lluvias torrenciales para las próximas horas.
Las autoridades aconsejan que no salgáis de casa, eso incluye dejar el café y los donuts hasta que termine la tormenta, amigos.
Recordad que también debéis mantener un nivel extra de precaución por el avistamiento de un oso en las zonas de… »
Erin cambió el dial hasta dar con música ininterrumpida por locutores locales y aceleró hasta la carretera con cautela, dejando atrás el motel bajo una cortina de agua. Nick volvió a protestar removiéndose en el asiento delantero.
—A mí tampoco me gusta esta lluvia, pero ya deberíamos de estar cerca.
El chirriar del limpiaparabrisas quedaba amortiguado por la balada country de turno.
Al llegar a la intersección con la autovía principal, la señal de la radio se perdió y solo quedó el ruido de las interferencias.
Erin divisó con desagrado las lápidas en el otro lado de la carretera.
Pensó en santiguarse cuando un ladrido corto devolvió su atención hacia el frente y vio el bulto en medio del camino.
Con un volantazo esquivó al animal y volvió a su carril.
—No le he dado, ¿verdad? No se mueve. Ya estaba así —decía sobresaltada mientras miraba por el espejo retrovisor. El perro siguió mirando la masa ensangrentada con nerviosismo—. Era solo una zarigüeya, Nick.
* * *
El vehículo se detuvo en el arcén, flanqueado por hileras de árboles que impedían vislumbrar más allá de los bordes de la carretera.
Los faros apuntaban hacia un letrero a medio caer que anunciaba con letras desvanecidas el inicio de un sendero hacia el bosque.
Erin estudió el camino y comprobó la dirección en su teléfono.
—Es aquí, pero no vamos a poder llegar en coche.
Es demasiado estrecho y podríamos quedarnos atascados en el barro si intento entrar.
Parece que toca dormir en el coche —el animal la miró con ojos alicaídos y se reposicionó para tumbarse en el asiento desanimado—.
Lo siento, chico. Tenemos que esperar a que pase la noche.
Mañana seguro que Maddie nos recoge con un buen desayuno.
Erin repasó por enésima vez sus mensajes entrantes sin éxito. La barra de cobertura vacilaba entre las dos últimas posiciones. Envió dos nuevos mensajes de texto, apagó el motor y, reclinando el asiento del conductor, se echó a dormir.
* * *
El sonido de unos nudillos contra el cristal la despertaron alarmada y Nick respondió ladrando con agitación.
Un hombre asomado por la ventanilla del copiloto dio un paso atrás.
Al girar la cabeza, Erin comprobó que otro extraño esperaba en su puerta.
La escasa luminosidad de esa fría mañana y el vaho del interior apenas permitían ver.
Instintivamente, se llevó la mano a la navaja en su tobillo.
—Señorita, ¿está usted bien? Hemos visto su coche y pensábamos que necesitaba ayuda —el hombre de avanzada edad explicaba con naturalidad.
Erin miró por unos instantes hacia el otro extraño, probablemente de la misma generación, pero más alto y estilizado, que rodeaba el coche hasta llegar a su acompañante. Nick seguía sus movimientos con recelo. Erin le pasó la mano por encima para calmarlo.
—Estoy bien, gracias. No podía avanzar por la tormenta y preferí hacer una parada —ofreció escuetamente.
—¿Quiere que la llevemos a algún sitio? Me temo que al pararse aquí pisó algún trozo de metal y se le ha pinchado una rueda —señaló hacia la parte trasera.
Erin observó la incómoda sonrisa del segundo hombre, que seguía sin hablar, y cómo sutilmente escondía el rifle tras el interlocutor.
Intentó ver el efecto del pinchazo en el retrovisor lateral.
No obstante, solo logró apreciar el charco que se había formado en la grava durante la noche.
Algo en la excesiva cordialidad de ese hombre le producía desconfianza y la postura en tensión de Nick corroboraba sus sospechas.
—Es muy amable, pero no es necesario, gracias. Sé cómo cambiar una rueda.
—Si lo prefiere podemos ayudarla a cambiarla. Mi sobrina sería incapaz de usar un gato a pesar de que le he enseñado mil veces. Con tanto camión de la mina por estas carreteras es normal que uno termine con un neumático pinchado por alguna pieza suelta.
—No es necesario, de verdad —insistió manteniendo una sonrisa a pesar de su nerviosismo.
—No es una molestia. Para eso estamos los vecinos. Aunque supongo que viene de la gran ciudad, si no me sonaría su cara. Hay mucho tráfico desde la Transcanadiense que termina aquí. ¿A dónde se dirigía?
—A… Beaumont.
—¡Ya decía yo! El pueblo no está muy lejos. Si arreglamos esa rueda puede ponerse en marcha en un periquete y disfrutar de los mejores gofres del condado. ¿No es así? —preguntó a su acompañante con un leve codazo.
—¡Sin duda! El sabor de los gofres de Marla compensa su poca candidez como persona. Si abres el maletero yo mismo puedo sacar el neumático —dijo acercándose hasta probar el botón de apertura.
Erin miró de reojo a su móvil, aún sin notificaciones y fingió recibir un mensaje.
—¡Oh, es mi amiga! —Agitó el teléfono hacia la ventanilla— Va a venir a recogerme. No pasa nada, se lo agradezco —avisó efusivamente.
El hombre rechoncho junto a su puerta lanzó una mirada a su acompañante y este volvió hasta su lado.
—¡Qué suerte! Espero que no tarde mucho, aunque haya llovido esta noche hoy se espera un día muy bueno en el lago.
Sería una pena perdérselo por estar aquí atascada.
¡Vámonos! La señorita no necesita de la ayuda de dos vejestorios como nosotros —ordenó al otro hombre con una mueca por sonrisa y se despidió con una leve inclinación de cabeza.
Hasta que pasaron varios minutos desde que su camioneta desapareció por la carretera Erin no soltó el aire y relajó los hombros. Nick lanzó un ladrido de alivio a su vez.
—Lo sé. No daban buena espina, ¿eh?
Le acarició hasta que recuperó su tono amistoso habitual y salió a comprobar el estado de su rueda.
Pisó el inmenso charco en el lateral justo bajo su puerta y, confirmando lo que los extraños le habían dicho, la rueda trasera estaba completamente desinflada.
Sin embargo, no había rastro de ninguna lasca de metal.
Erin barajó sus opciones y repasó las coordenadas que tenía anotadas. El mapa del móvil indicaba este saliente de la carretera como comienzo del sendero hasta la cabaña de Maddie. Recogiendo su mochila y, atando la correa al collar de Nick, avanzó hacia la densa y lóbrega vegetación del bosque.
—Vamos, Nick, ¡no te distraigas! —exclamó al tirar de nuevo para evitar que el animal olisquease una nueva planta— Si sigues así no llegaremos de día —miró hacia arriba, la frondosidad de las copas de los árboles apenas dejaba atravesar la luz del sol.
Los rayos que conseguían traspasar esa maraña verdosa desprendían un halo hipnótico que Erin contemplaba distraída.
El can tiró de la correa nuevamente para perseguir a un pájaro y la muchacha devolvió su atención al trayecto—. Nick, por fa…
Las palabras se ahogaron en su garganta al escuchar el crujir de unas ramas. El perro se dio la vuelta hacia el origen del ruido con un gruñido seco. Un nuevo crujir los alertó. Erin observó a su alrededor con nerviosismo, inmovilizada por un temor repentino, batiendo la cabeza de lado a lado.
Pasó varios minutos aguardando algún movimiento entre los arbustos. Todo permaneció en una extraña quietud, el canto de las charas azules se había desvanecido y ninguna ardilla trepaba hacia los árboles. Soltó el aire y se giró para continuar el sendero.
Nick se resistía, volviendo la cabeza para averiguar cuál había sido la fuente del sonido.
Erin tiraba de él en silencio, agudizando el oído y aligerando el paso.
Unos veinte metros más adelante, las ramas del suelo crujieron una vez más bajo un peso desconocido.
Erin siguió avanzando con celeridad, girando levemente la cabeza para intentar localizar la causa.
Nuevos crujidos se escucharon cerca de ella entre los matorrales, mantenían el ritmo de su marcha y se aproximaban por su izquierda.
Más atrás, los crujidos se multiplicaron a su vez.
Erin comenzó a correr inconscientemente, salió del sendero, sorteando arbustos, raíces y troncos caídos.
Nick tiraba hacia atrás, ladrando con insistencia.
La correa terminó por escurrirse de la mano de Erin y, al girarse para recuperarla, se golpeó con una rama saliente que divisó demasiado tarde.
Cayó de espaldas al suelo y el perro se perdió entre la maleza.
Rápidamente, extrajo la navaja de la bota y abrió la hoja, estudiando con la mirada el zarandeo de los arbustos cercanos.
Respirando agitada, se secó brevemente la sangre que empezaba a brotar del arañazo en la sien con la manga.
Los pasos se acercaban cada vez más y, con ellos, el ritmo de los latidos de Erin.
Gateó con sigilo hasta ocultarse tras el árbol caído con el que había chocado.
Varias ramas gruesas ofrecían suficiente cobertura.
Apoyó la espalda contra el tronco y, soltando el aire de forma entrecortada, apretó la empuñadura de la navaja.
Lo que la perseguía entre la espesura del bosque estaba a punto de alcanzarla.