La cacería de Halloween Epílogo extra
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Epílogo extra

Dave Sorensen me quitó las pinzas en cuanto entró en el jardín de atrás, y desde entonces no ha dejado de quemar perritos calientes en mi barbacoa.

Es Halloween y hace tanto frío que nadie se quita el abrigo.

En el hoyo junto al césped crepita una hoguera.

Los niños, disfrazados, corren entre el fuego y los árboles.

Jenna y yo nos mudamos a esta casa cuando nos casamos.

Es la última de un camino de grava, con el bosque justo detrás. Todas las puertas las colgué yo mismo.

Mi hijo lleva una copia barata de mi máscara a una barbacoa, y un detective del condado lo está mirando.

En la farmacia las venden en un cajón junto a la caja: capuchas de tela negra, sin boca y con los agujeros de los ojos torcidos.

Muchos chicos del pueblo llevan una en Halloween.

Sam, el mayor, eligió la suya él mismo. Me quedé junto a mi mujer mientras ella la sostenía en la mano y la miraba un buen rato. Aun así, la pagó.

Lucy, la pequeña, lleva una cámara de plástico colgada del cuello con un cordón. Dice que es fotógrafa, como su madre. Cada vez que aprieta el botón se oye un clic y destella una lucecita. Ya ha fotografiado a todos los del jardín.

Jenna va recorriendo el jardín con su cámara de verdad.

Fotografía a los niños junto al fuego, a Steph con los pies apoyados en una nevera portátil y a Dave, que frunce el ceño por el humo.

Las paredes de su antiguo piso estaban desnudas.

Ahora todas las paredes de esta casa están cubiertas de sus fotos, y todas las personas que salen en ellas están vivas.

Tom, el marido de Steph, conduce una ambulancia.

Está junto a la hoguera con sus hijas y una bolsa de nubes que no había que abrir antes de la cena.

Carol, la mujer de Dave, está sentada al lado de Tom con una manta sobre las piernas y un plato de la ensalada de patata de Jenna.

Los chicos de Dave ya son más altos que su padre.

Están ahí fuera, junto a los árboles, enseñándole a Sam a lanzar un balón de fútbol americano.

Sam llega corriendo a la barbacoa con la capucha torcida y alarga el plato.

—Soy el hombre sin boca —le dice a Dave—. Salvó a una chica en el río.

Dave le pone un perrito en el plato. Se agacha y le coloca bien la capucha hasta que los agujeros quedan sobre los ojos del niño.

—Ya está —dice Dave—. Ahora puedes ver quién viene.

Sam vuelve corriendo hacia los árboles. Dave se endereza despacio, con una mano apoyada en la rodilla. Desde el otro lado de la barbacoa, me mira a los ojos. Yo le sostengo la mirada. Le da la vuelta al siguiente perrito. Por ese lado también está negro.

—Ahora van tus hamburguesas —dice—. Salvo que quieras recuperar las pinzas.

—Las pinzas ya son tuyas.

Gruñe y da un trago a la cerveza. No se le escapa ni un coche de los que entran en mi camino. Ni una sombra bajo los árboles. Conozco la costumbre. Yo también la tengo.

—Pasé por tu solar de la carretera del río —dice—. Las malas hierbas van ganando.

—A Jenna le gustan las malas hierbas.

Steph se acerca con un plato de papel e inspecciona la barbacoa.

—Dave, los has matado.

—Ya estaban muertos cuando llegaron a mis manos.

Resopla y se vuelve hacia mí. Levanta el mentón hacia la capucha de Sam, al otro lado del jardín.

—¿Y tú le dejas llevar eso?

—Se la compró su madre.

—Le voy a decir que le has echado la culpa a ella.

Steph me da unas palmaditas en la cara al pasar.

Lucy se planta delante de Dave y lo apunta con la cámara.

—Tío Dave, sonríe.

Dave le enseña los dientes. La cámara hace clic y destella la lucecita. Lucy chilla y sale corriendo hacia el fuego.

—¡Tía Steph! —grita—. ¡Ahora te toca a ti!

Al otro lado del jardín, Jenna baja la cámara y se acerca a la barbacoa. Tiene las mejillas rosadas por el frío y lleva otra vez mi bufanda. Mientras Dave raspa las hamburguesas, ella se acurruca bajo mi brazo y se apoya en mi costado.

—Esta noche estaré en el fregadero —me dice contra el hombro.

—Ya sé dónde ponerme.

Me dedica una sonrisa lenta que nadie más en este jardín llega a ver. Se separa de mí y entra en la casa.

Al atardecer, Steph mete a los niños en su furgoneta con las fundas de almohada y los sacos de dormir. Van a pedir caramelos por el pueblo y a dormir en su casa, como todos los Halloween. Lucy me echa los brazos al cuello y me planta un beso en la mejilla. Huele a humo de leña y a azúcar.

—Adiós, papá.

Le doy un beso en la coronilla. Sam abraza a Jenna con fuerza. Cuando se separa, le estiro la capucha una vez más. A través de los agujeros torcidos, se le arrugan los ojos al sonreírme.

Steph cierra la puerta corredera. Nos mira a Jenna y a mí por encima del techo de la furgoneta.

—No hagáis nada que luego tenga que coser.

Dave es el último en marcharse. Carol y los chicos ya están en el coche. Se queda junto a la puerta abierta, con las llaves en la mano, y observa el bosque oscuro que hay detrás de mi casa.

—Hace mucho que por aquí no desaparece nadie —dice.

—Es un buen sitio para criar hijos.

Resopla y sube al coche. Sus luces traseras se alejan dando botes por el camino de grava.

La máscara se queda en la casa del desguace, sobre la forma de madera del viejo taller de mi padre, donde los niños no pueden encontrarla.

Esta mañana la he traído a casa y la he dejado bajo llave en la camioneta.

Cuando la saco, el cuero está frío de pasarse ahí todo el día.

Está suave por el aceite que le froto cada otoño.

Me pongo los guantes negros. Me calo la máscara por la cabeza. La visión se me reduce a los dos agujeros de los ojos.

En el bolsillo del abrigo llevo un tarro de pintura roja de disfraz, de la que se va con jabón. Desenrosco la tapa. Arrastro el guante derecho por la pintura hasta que la palma y los dedos quedan resbaladizos de rojo.

Me adentro en el bosque y me doy la vuelta.

Toda la parte trasera de mi casa queda delante de mí.

Casi todas las ventanas están a oscuras.

La luz se derrama desde la cocina. Jenna está de pie ante el fregadero, con una de mis camisas blancas, las mangas subidas.

Lleva el pelo suelto y las piernas desnudas. Sigue de espaldas a la ventana.

La luz de la cocina se apaga con un clic.

Cruzo el jardín andando. La hierba está mojada y el frío se me cuela por los vaqueros.

La puerta de atrás está cerrada con llave.

La abro con la mía, despacio y sin ruido, con la mano izquierda.

Una vez dentro, vuelvo a cerrar. El cerrojo necesita llave por los dos lados. Lo puse yo mismo.

Dentro, la cocina está a oscuras. Huele a perritos calientes quemados y a su jabón.

Me quedo quieto, escuchando. La primera vez que la toqué también estaba en una cocina a oscuras, y no tenía ni idea de quién era yo.

Al fondo del pasillo cruje una tabla del suelo.

Conozco esa tabla. Es la de al lado de la escalera, la que siempre digo que voy a clavar.

Camino hacia allí. Ella sale disparada. Sus pies descalzos golpean el suelo y desaparece en el salón antes de que yo llegue al pasillo.

Si la atrapo rápido, se acaba. Voy tras ella sin correr.

En el salón, la cámara de plástico de Lucy está tirada sobre la alfombra. Paso por encima. Detrás del sofá, una mancha blanca se mueve en la oscuridad. Jenna respira rápido y fuerte.

Amaga hacia la izquierda. Yo me muevo a la derecha. Ella lo ve y se lanza hacia el otro lado, hacia la cocina.

Le dejo la cocina. Cuando llego al umbral, ella está en la puerta de atrás, forcejeando con el pomo. El pomo gira, pero la puerta no se abre. Se aparta de un giro y la mesa queda entre los dos.

Ella rodea la mesa por un lado y yo la rodeo con ella.

—La llave está en mi bolsillo —digo.

Suelta una risa aguda, salvaje. La camisa le brilla blanca con la luz del jardín que entra por la ventana.

Aparto una silla de un empujón. Ella arranca hacia el pasillo y yo le agarro un puñado de camisa. La arrastro de un tirón contra mi pecho. El corazón le late a toda velocidad contra mi brazo, que la cruza por delante.

La giro hacia mí y le estampo el guante rojo en la camisa, encima del pecho izquierdo. El algodón se vuelve rojo debajo.

—Me has pillado —dice, sin aliento.

La hago retroceder hasta que los muslos le chocan con la mesa, y la empujo hasta tumbarla encima.

Tiene los ojos muy abiertos. Agarro la camisa por delante con los dos puños y se la abro de un tirón.

Los botones repiquetean sobre las baldosas y se pierden rodando en la oscuridad.

Está desnuda debajo. Verla ahí, en mi mesa, me aprieta los vaqueros.

Me arranco el guante rojo y lo dejo caer. Le recorro el centro del pecho con los nudillos desnudos, hasta el ombligo. Tiene la piel caliente y húmeda.

Ella alarga la mano hacia la máscara. Le quito la mano de ahí y se la atrapo contra la mesa con la mía.

—Déjala.

Los dedos se le crispan bajo mi guante.

La mano desnuda le baja por el vientre y se le cuela entre las piernas. Está mojada y mis dedos resbalan dentro de ella sin esfuerzo.

—Sigues mojándote con la máscara.

—Te necesito dentro de mí —dice, jadeando.

—No te vas a bajar de esta mesa —le digo. Me abro los vaqueros de un tirón y le deslizo las caderas hasta el borde. Me hundo en ella. Gimo al sentir su calor, y la máscara me atrapa el sonido contra la cara. Sus rodillas me aprietan los costados.

Me la follo duro. Ella contiene los gemidos. Los niños suelen estar dormidos arriba.

—La casa está vacía —le digo—. Grita todo lo que te dé la puta gana.

Y lo hace. La madera se me clava en los muslos.

Estoy a punto. Aprieto la mandíbula y aflojo el ritmo. Ella se atraganta al tomar aire. La mano atrapada se le retuerce bajo la mía.

Me mantengo hundido en ella y me muevo con embestidas cortas. Se corre, y su grito rebota en las paredes de la cocina. Su coño palpita a mi alrededor. El cuero se me pega a la cara.

Le libero la mano. Ella me arranca la máscara de la cabeza y esta cae al suelo con un golpe sordo. El aire frío me da en la cara sudada. Me recorre la boca con las puntas de los dedos. Me baja la cara hasta la suya y me besa.

Le acaricio el clítoris con el pulgar. Ahí está resbaladiza y da una sacudida.

—Quiero que te corras otra vez —le digo.

Empiezo a moverme de nuevo y mi pulgar no para. Cuando se corre la segunda vez, me clava las uñas en el abrigo. Espero a que los dedos se le aflojen y entonces me corro yo. Se me bloquean las rodillas contra la mesa y me tiembla todo el cuerpo.

Cuando termina, me derrumbo sobre ella. La marca húmeda de la camisa me mancha de rojo el abrigo.

Sus labios me rozan la oreja.

—Todavía me das miedo —susurra.

Levanto la cabeza. Está tendida en la mesa de nuestra cocina con mi camisa destrozada, los botones repartidos por todo el suelo, y me sonríe de oreja a oreja.

—El año que viene, a la misma hora —dice.

—Todos los años —respondo.

Arriba, al fondo de nuestro armario, hay una caja con camisas blancas rotas. Por la mañana doblará esta y la dejará encima de las demás. Todas llevan la marca de mi mano roja.