La Cabaña Familiar Capítulo 31
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Capítulo 31

E sta vez estaba atrapada con Amber en el sótano.

Éramos las dos únicas supervivientes de la retorcida racha de crímenes de los hermanos.

Las dos guardábamos silencio, conscientes de la gravedad de nuestra situación.

Al cabo de un rato, Amber se sentó en la silla de acero del rincón mientras yo me subía a la mesa de carnicero al otro lado.

Pensé en Mike. Rick había dicho que Amber iba a ser su regalo de cumpleaños. Insinuó que Amber no era la única mujer a la que habían hecho aquello. ¿Cuántas veces? ¿Cuántas mujeres? ¿Qué les hacía después de secuestrarlas?

La respuesta la conocía, por supuesto. Había escuchado historias de crímenes reales y leído artículos periodísticos sobre mujeres desaparecidas en todo el país. ¿Cuántas de ellas habían encontrado su fin a manos de un hombre como Rick, o como mi marido?

Rick dijo que Mike lo había dejado, sin embargo.

¿Por qué? Mi mente seguía disparada. ¿Qué dirían los artículos de prensa sobre Amber y sobre mí cuando sus planes se hubieran cumplido?

¿Qué sabría Junior? ¿Desaparecería yo, como tantas otras mujeres?

¿Pensaría mi hijo que lo había abandonado?

¿En qué clase de hombre se convertiría mi pequeño si lo criaba un asesino como Mike?

Mike había mencionado a su padre. Albert Nelson era un hombre duro, eso lo sabía. Criar a sus hijos solo no habría sido fácil. ¿Qué les enseñó? ¿Era todo lo que le había ocurrido a Amber consecuencia de la crianza que Albert Nelson les dio?

Mike había dicho que le comunicó a Rick y a su padre que había terminado. ¿Terminado con qué?

¿Con los secuestros? ¿Con los asesinatos?

¿Qué clase de familia asesina mujeres junta?

Pensé en Junior de nuevo. ¿Cómo criaría Mike a nuestro hijo sin mí?

¿Le enseñaría a Junior las mismas cosas que su padre le había enseñado a él?

¿Lo llevarían él y Rick algún día a la cabaña familiar y continuarían la tradición que tenía la familia Nelson, con otra mujer encerrada en la sala de despiece?

Me tapé la cabeza con las manos para intentar calmar mis pensamientos.

Podía ver que Amber también estaba sumida en sus propios pensamientos. Era una mujer joven y hermosa con toda la vida por delante. Sin un milagro, esa vida tan larga tomaría un atajo hacia una fosa común. La mía también.

No podía dejar de mirar el jersey blanco de Amber, con el logo de la University of Calgary estampado en el pecho. En un intento de apartar mi mente de nuestra situación, le pregunté qué estaba estudiando.

Amber levantó la cabeza hacia mí. Sus ojos eran intensos y estaban cargados de rabia. Tomó aire profundamente.

—Estoy en primero de Derecho.

—Vaya, debes de ser muy lista. Yo apenas conseguí acabar mi carrera de Humanidades. ¿Qué rama del Derecho quieres ejercer?

De alguna manera, hacerle preguntas me hacía sentir mejor. Era capaz de olvidar que estaba atrapada con ella en el sótano.

—Solo es el primer año —dijo—. Pero quería dedicarme al derecho penal y ser fiscal de la Corona.

Asentí. Era admirable. Quería encerrar a los malos. Darles la justicia que se merecían. También era irónico, dado que ahora podían ser precisamente los malos quienes acabaran con ella.

Me quedé sin aliento al pensarlo e intenté dar con otra pregunta. Inspiré profundamente. —¿Por qué querrías…?

—¿Puedes parar ya? —me interrumpió—. ¿Puedes dejar de hacerme preguntas? ¿Puedes dejar de fingir que tu marido y su hermano no nos van a matar? No voy a volver nunca a la universidad. No voy a terminar. —Clavó la mirada en el techo—. Nunca me darán esa oportunidad, como sí te la darán a ti.

—¿Qué quieres decir con «como a mí»?

Soltó un resoplido burlón. —Y aquí estoy, hablando con la mujer de uno de ellos… ¿Por qué no me ayudaste?

—Lo intenté —dije—. Intenté llamar a la policía… Tienes que entender que esto tampoco tiene ningún sentido para mí. Yo no sabía nada.

—¿No sabías que tu marido mataba mujeres? ¿Hasta qué punto puedes ser tan ciega? ¿Cómo es posible que no te dieras cuenta de lo que estaba pasando?

—¡No lo sabía! —grité—. Mike era un buen marido.

Siempre me trató bien. Nunca me pegó. Nunca me insultó, nunca me levantó la voz.

Tenemos un hijo. Se llama Junior. Ahora tiene seis años…

Y Mike era un buen padre para él. Nunca le pegó.

Odiaba tener que disciplinarle. Hasta que te encontré en el sótano, era el marido perfecto. Ya sé que no lo es.

—Eso es lo único acertado que has dicho en todo el día.

No es un buen marido ni un buen padre… ¡y tú eres la persona más estúpida que he conocido en mi vida!

Si hubieras ido a buscar ayuda para mí, no estaríamos atrapadas aquí.

Pero eso solo le importa a una de las dos, ¿verdad?

¡Estabas demasiado ocupada mirando por ti misma para venir a ayudarme!

—¡Yo también estoy atrapada aquí! —le grité.

Amber se levantó de la silla y se acercó a mí. —¡Sabes de sobra que a la que van a matar es a mí, no a ti!

—Estoy en el sótano. Encerrada aquí, igual que tú. No estoy arriba con ellos.

—¡Ja! ¿De verdad crees que tú y yo estamos en pie de igualdad? Yo soy la que lleva las esposas puestas. Y es porque yo soy la que está en peligro, no tú.

Bajé la cabeza. Por mucho que me gustara creer lo que decía, era difícil ver otra cosa que la conclusión evidente que Rick tenía en mente para las dos.

Amber sacudió la cabeza y volvió a resoplar. —Tú vas a salir de esta, yo no. Veo cómo te mira tu marido. ¿Crees que me mira a mí igual? Para ellos, no soy más que un animal. Algo que Rick quiere… liquidar. Tú eres la mujer de Mike. ¿No crees que eso lo cambia todo?

El sonido de unos pasos bajando las escaleras interrumpió nuestra tensa conversación y me provocó una oleada de terror. Sentí cómo se me aceleraba el pulso y cómo me empezaban a sudar las palmas de las manos.

Los pasos eran firmes y pausados, ni apresurados ni nerviosos. Quien bajaba las escaleras sabía exactamente adónde iba y lo que hacía. No podía quitarme de encima la sensación de que nuestros captores venían a rematarnos.

Amber cruzó la sala y volvió a sentarse en la silla de acero, con los ojos muy abiertos de miedo. Pareció notar mi mirada y se giró hacia mí.

Los pasos llegaron al pie de las escaleras y empezaron a acercarse a la puerta de nuestra prisión. El corazón me latía tan fuerte en el pecho que parecía que iba a estallar. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, preparándose para lo peor.

Con un golpe repentino, la puerta se abrió de par en par y Mike apareció en el umbral, con la pistola en la mano. Nos miró con unos ojos fríos y vacíos, y supe que nuestro tiempo se había acabado.

Su mirada se suavizó al posarse en mí. —Tenemos que hablar.