La Cabaña Familiar Capítulo 19
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Capítulo 19

L a comida para perros esparcida por el suelo había sido recogida y los cuencos, retirados. Incluso el cubo había desaparecido.

Los golpes en la puerta principal me distrajeron. —¡Eh! —gritó Mike—. La puerta está cerrada con llave. ¡Déjame entrar! —Su voz llegaba amortiguada, pero podía oírlo perfectamente—. ¡Dawn, la puerta está cerrada! ¡Hace frío aquí fuera! ¡Date prisa en el baño, venga!

Siguió aporreando cada vez más fuerte, pero yo era incapaz de reaccionar. Lo único que podía hacer era quedarme mirando la habitación vacía donde había estado Amber. Me fui despacio y cerré la puerta tras de mí.

—Déjame entrar —gritó Mike desde fuera.

El teléfono que sostenía en la mano vibró. Era Mike. Sí que lleva el móvil encima, pensé. Rechacé la llamada.

Subí las escaleras despacio, intentando entender qué estaba pasando. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Me había imaginado todo? Era como si estuviera empezando a perder el juicio igual que Lady Macbeth en mi obra.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Mike—. ¡Déjame! ¡Entrar! —Aporreó la puerta recalcando cada palabra.

Cuando llegué al rellano de las escaleras, los golpes y los gritos cesaron. En lugar de la rabia de Mike, oí risas.

—¡Vic, Sarah! —gritó él.

Respiré hondo. Nuestros invitados habían llegado. Los amigos a los que se suponía que debía llamar para cancelar.

Seguí oyéndoles hablar fuera. Abrí la puerta despacio y Sarah me sonrió. Vic estaba abrazando a Mike. A mis pies estaban las bolsas de la compra que Mike había dejado en la entrada. La sonrisa de Sarah se fue apagando mientras esperaba mi alegre respuesta de siempre al verla.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

Esta vez no encontré las palabras. No podía fingir alegría. No podía salir de esta actuando. —Hola, Sarah —dije con un tono sombrío.

—¿Va todo bien?

Mike parecía más contento que nunca. Vic le pasó el brazo por el hombro y le susurró algo al oído. Mi marido se rió a carcajadas de lo que fuera que le había dicho.

—Claro —mentí—. Os estábamos esperando. —Me fijé en que había dos coches más junto al nuestro—. ¿Habéis venido en dos coches?

—Vic pensaba que se iba a quedar en el trabajo aún más tiempo, así que le dije que nos veíamos aquí.

—Y —dijo Victor levantando un dedo—, ¡aun así he llegado treinta minutos antes que ella! —Le miró a Mike—. Se le da muy bien respetar los límites de velocidad.

Sarah puso los ojos en blanco. —Bueno, los dos estamos aquí ya, y tenemos muchas ganas de este fin de semana.

—Este va a ser memorable. —Vic se rió—. Atrapados por la nieve con los Nelson.

—Sí, eso parece —dijo Mike, mirando la nieve que caía a nuestro alrededor—. Venga, entrad, chicos.

Mike subió los escalones y me dio una palmadita en el hombro. —Me has asustado. Estaba esperando fuera. Pensé que me iba a quedar congelado antes de que volvieras.

Me reí, a regañadientes. —Yo… debí de cerrar la puerta con llave sin darme cuenta cuando entré corriendo, lo siento.

Mike sonrió. Seguía con el teléfono en la mano con el 112 marcado, pero no había pulsado el botón de llamada. No entendía qué estaba pasando.

Caía una nevada intensa y furiosa. El paisaje se iba cubriendo rápidamente con una capa blanca, y los árboles a nuestro alrededor desaparecían bajo el velo de nieve.

—Bueno, pongámonos al día dentro —dijo Vic con su tono enérgico de siempre—. Se me han helado los cojones.

Los cuatro entramos. Mike cogió las bolsas de la compra y Vic cerró la puerta de un portazo. Mike vio el teléfono en mi mano y me lo quitó enseguida.

—Ya sabéis las normas. —Mike se volvió hacia Vic y Sarah—. En la cabaña tenemos una regla: nada de móviles. Distraen demasiado. Venimos aquí para alejarnos del mundo de las redes sociales, los titulares de noticias y todo lo demás.

—Buena idea —dijo Sarah—. Toma, coge el mío. —Sacó el móvil del bolsillo y se lo dio.

Victor la miró. —¿En serio, Sarah? ¿Vas a poder estar todo el fin de semana sin tu móvil?

Sarah negó con la cabeza con gesto juguetón. —Yo no soy quien no puede ir al baño sin el móvil.

—Bueno, bueno. Ya estás dando demasiados detalles a nuestros amigos.

—Es algo que hacemos Dawn y yo —le dijo Mike a Vic—. Tú puedes quedarte con el tuyo.

Victor suspiró. —Acepto vuestras normas. —Metió la mano en el bolsillo y le tendió el móvil a Mike, quien los puso todos encima de la nevera. Luego se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó el suyo y me miró un momento antes de añadirlo encima de la nevera.

—Espera… —Se volvió hacia mí—. Querías hablar con Junior otra vez, ¿verdad? —Cogió su teléfono y me lo puso delante.

Antes de que pudiera responder o salir de mi aturdimiento, Vic hizo un gesto con la mano.

—No te preocupes por el chico. Está bien.

Solo tienes el sentimiento de culpa típico de una madre por querer divertirte.

Venga, bebamos y… divirtámonos. Feliz cumpleaños, tío —dijo Vic de nuevo, abrazando a Mike con fuerza.

Aunque Victor daba en un principio la impresión de ser astuto y arrogante, había momentos en que su verdadera personalidad afloraba.

A pesar de su apariencia dura, también tenía una faceta más tierna.

Tenía un ingenio rápido y un agudo sentido del humor, y siempre era el alma de la fiesta cuando estaba con sus amigos.

Sarah me había contado que se conocieron en una fiesta universitaria.

Vic, cómo no, era uno de los chicos de fraternidad que la organizaban.

—Los temidos cuarenta —dijo.

Mike puso su teléfono encima de la nevera. —Deja de recordármelo. Dawn ha hecho un buen trabajo recordándome todo el día lo viejo que soy. Pero tengo una pregunta mejor para todos los que estamos aquí —dijo Mike con una sonrisa—. ¿Quién se apunta a una noche de diversión?