La Cabaña Familiar Capítulo 18
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Capítulo 18

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El trayecto de vuelta a la cabaña fue tenso y lleno de miedo, al menos para mí, aunque procuré no demostrarlo. Sostenía la mano de Mike sobre su regazo mientras él conducía por el camino de tierra entre los árboles.

Mike rompió el silencio. —Quiero darte las gracias —dijo, apretándome la mano un instante—. Es muy bonito que hayas querido darme esta sorpresa. No valoro lo increíble que eres, y debería demostrártelo más.

Le apreté la mano a mi vez, intentando disimular el terror que me consumía. —Quería hacer algo especial.

Mike sonrió, completamente ajeno a la pesadilla que yo estaba viviendo. —Pues desde luego ha sido una sorpresa.

Le devolví la sonrisa. Ese fin de semana era sin duda una sorpresa.

Una pesadilla, en realidad. Me esforcé al máximo por seguir comportándome con la mayor normalidad posible.

Lo único que había querido hacer desde que llegamos a la cabaña y la encontré…

a ella, era salir corriendo hacia el bosque. Lejos de Mike. Lejos incluso de Amber.

Mi vida no era perfecta antes de encontrarla, pero tenía… sentido. Encontrarla en el sótano lo cambió todo. Sí, había hecho un buen trabajo engatusando a mi marido, pero tenía miedo. ¿Qué le había hecho a esa chica? ¿Qué pensaba hacerle? ¿Me haría algo a mí también?

¿Qué planeaba hacer con nosotras? Si la había encerrado en el sótano, sabría que tarde o temprano podría intentar gritar y pedir ayuda.

¿Esperaba que la chica se quedara callada el tiempo suficiente para idear un plan y deshacerse de ella?

Se me encogió el alma al pensar que el hombre al que amaba podría hacerle algo así a otra mujer. Ese no era el Mike que yo conocía, o al menos el que creía conocer.

Mike giró a la derecha hacia el sendero que llevaba a nuestra cabaña. No tardaríamos en llegar. ¿Qué debía hacer?

Amber Townsin estaba esposada a una cadena en nuestro sótano, y sentía que no podía hacer nada al respecto.

Arqueé una ceja y giré la cabeza. Una llave. Tenía que haber una llave para las esposas en algún lugar de la casa. Quizá Amber supiera dónde la había puesto Mike.

¿Había visto Amber dónde guardaba la llave su captor? ¿La llevaba encima? Mike solía llevar un manojo de llaves en el llavero. Yo me había burlado de él llamándole conserje por su colección.

Mike tenía costumbre de dejar las llaves en el bolsillo de la chaqueta cuando estaba en casa. Podía buscar la manera de cogérselas y revisarlas. ¿Cómo era siquiera una llave de esposas? Suspiré.

—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Mike.

Me volví hacia él y esbocé una sonrisa forzada. —¿Por qué iba a estarlo?

—Normalmente eres tú la que no para de hablar.

—Ha sido un día malo en el trabajo —mentí.

—¿Tu jefe otra vez? ¿Cómo se llama ese imbécil?

—Ronald —respondí—. No, no es él. Es agotador lidiar todo el día con llamadas de clientes difíciles. Creo que me está empezando a pasar factura.

Asintió con la cabeza. —Déjalo. No tienes por qué aguantar nada que te haga sentir tan mal. Céntrate en tu carrera como actriz.

Aquel día había sido una clase magistral sobre cómo no parecer muerta de miedo. Creía haberlo llevado bien hasta que Mike comentó lo rara que estaba siendo. Amber contaba conmigo para ayudarla. No podía volver a fallarle.

Tenía que encontrar la manera de quitarle las esposas. Después podría hacerme con las llaves del coche y salir de allí con Amber en el asiento trasero. Pensé en cómo podría escabullirme y buscar una llave.

Además, ahora había que preocuparse también por la pistola que había en la casa. Sonreí al caer en la cuenta de que probablemente Mike no tenía munición. Que yo recordara, Rick no le había dado ninguna.

Mike redujo la velocidad al acercarse a la cabaña.

Cuando casi se había detenido del todo, abrí la puerta del coche.

—¡Tengo muchas ganas de ir al baño! —grité, y salí corriendo hacia la cabaña.

Quería bajar a hablar con Amber. Necesitaba información sobre dónde podría estar la llave de las esposas.

Mike sonrió mientras yo corría hacia la puerta principal y tiraba de ella; se me había olvidado que la había cerrado con llave.

Le grité que me lanzara las llaves. Se rió y me las tiró.

Por suerte, las luces del coche iluminaron las llaves volando por el aire.

No sé cómo las cogí al vuelo y abrí la puerta.

—¡Gracias por cerrar la puerta del coche!

—me gritó Mike con retintín mientras yo entraba corriendo.

Cerré la puerta tras de mí. Por la ventana vi que Mike se tomaba su tiempo para rodear el coche hasta el maletero.

A pesar de que se movía despacio, me di cuenta de que no tendría tiempo suficiente para bajar al sótano antes de que él entrara.

Eché el cerrojo de la puerta principal.

No podía dejarle entrar. Era el momento de actuar. Los teléfonos estaban encima de la nevera. Amber Townsin no podía esperar más a que yo la ayudara. La pistola seguía sobre la mesa.

No tenía tiempo de buscar llaves para las esposas mientras Amber hacía sus necesidades en un cubo en mi sótano, aterrorizada. Debería haberme esforzado más en el pueblo para pedir ayuda.

Ahora era mi momento de hacer algo.

Corrí hacia la nevera, salté y cogí los móviles. Para mi sorpresa solo había uno: el mío. Creía que Mike había devuelto el suyo encima de la nevera después de hablar con Junior. ¿Lo había llevado encima todo el tiempo que estuvimos en el pueblo?

No había tiempo que perder pensando en eso. Abrí el móvil y bajé las escaleras corriendo, a punto de tropezar en los estrechos peldaños.

¿Qué haría Mike cuando llamara a la policía?, pensé. ¿Intentaría forzar la entrada? ¿Hacerle daño a Amber, o a mí? Podría tardar un tiempo en llegar la policía a la cabaña. ¿Cómo íbamos a mantenernos a salvo mientras esperábamos?

Descorrí el cerrojo y abrí la puerta de la sala de despiece, marcando el 112 con la otra mano.

Sonreí anticipando la reacción de Amber cuando me viera con el móvil en la mano pidiendo ayuda.

La sonrisa se me borró en cuanto miré hacia dentro. Se me quedó la boca abierta.

Nada. No había nada en la habitación. La cadena había desaparecido. Las esposas también. La silla de metal estaba apoyada contra la pared.

Amber Townsin había desaparecido.