Epílogo 2
Fabiola
Dimitri conduce el coche absorto en el tráfico. Fabiola viaja a su lado en silencio. El ramo de flores que descansa en la parte trasera impregna el ambiente de aroma a rosas recién cortadas.
Desde el reencuentro, Dimitri ha pasado a formar parte de la familia.
Alquiló su piso de Atocha y se trasladó a La Moraleja.
Su ayuda ha sido primordial para la recuperación de Fabiola.
Animado por Rodrigo y Alexandro, le confesó el amor profundo que sentía y el deseo de compartir el resto de su vida con ella.
Durante los treinta años que vivió alejada de su hogar, mantuvo relaciones estables con otros hombres, pero nunca se había sentido completa con ninguna de ellas.
Ahora necesita tiempo.
—¿Estás bien? —pregunta Dimitri.
—Sí, tengo que hacerlo.
—Lo entiendo —dice comprensivo—. ¿Qué tal la última sesión con el psicólogo? ¿Pudiste recordar lo que pasó aquella noche?
Fabiola se remueve en el asiento, incómoda, colocándose un rizo detrás de la oreja.
—Sí, hace unos días.
—¿En serio? ¿Por qué no se lo has contado a los chicos?
—Es mejor así, prefiero olvidarlo.
Dimitri no insiste. Mantiene las manos al volante, pero su mirada se desliza hacia Fabiola cada vez que para en un semáforo. El destino está cerca.
—Fabiola, a veces olvidar es una forma de esconderse. Y ya has pasado demasiado tiempo escondida.
Ella aprieta los labios y gira la cabeza hacia la ventanilla, huyendo de las palabras de Dimitri. El reflejo de su rostro en el cristal no miente. Ya no es la joven valiente que arriesgó su vida por recuperar a sus hijos, ahora es una mujer madura, más débil, más vulnerable.
—No quiero que me vean como una víctima.
—No lo harán. Pero si no lo cuentas, ese recuerdo sigue teniendo poder. Y tú mereces quitárselo.
Fabiola cierra los ojos y respira profundamente.
—Nos tenían encerradas en una habitación sin ventanas, atadas de pies y manos, semidesnudas.
Solo disponíamos de un cubo para hacer nuestras necesidades, y cuando alguna de nosotras gritaba o pedía auxilio, nos callaban con el pinchazo de una jeringuilla.
Recuerdo la humedad, el olor a vómitos y orines.
Dormíamos en colchones tirados en el suelo, hacinadas, hasta que un día, alguien nos obligó a levantarnos y colocarnos de espaldas, apoyadas sobre la pared.
Sentí la presión del agua fría recorrer mi cuerpo entumecido, recuerdo el dolor…
—toma aliento—, y también que aquella ducha me despertó del letargo de la droga.
Luego, aflojaron las ataduras de los pies y nos obligaron a caminar por los pasillos de aquel antro hasta que llegamos a una nave. Allí nos esperaba una furgoneta negra.
—La misma que utilizó Lyov Popov para sacarte de la mansión —confirma Dimitri.
—Nuestro destino era el puerto de Málaga.
Durante el trayecto, comprobé que el encargado de aflojar mis ataduras había cometido un error, tenía los pies libres.
En algún momento, la cuerda había cedido, no así la de las manos.
Íbamos sentadas en el suelo, y yo estaba justo en el rincón, dónde había un gancho, supongo que para sujetar la mercancía.
Comencé a mover las muñecas de arriba abajo hasta que la furgoneta frenó en seco.
Los hombres de Lyov nos sacaron de forma violenta, ordenándonos que nos moviéramos con rapidez. Era noche cerrada.
—A Lyov le urgía deshacerse de vosotras, me imagino que su contacto en la policía le dio el soplo de la denuncia que yo interpuse en Madrid. Vació todos sus locales antes de las redadas —aclara Dimitri.
—Esa urgencia fue clave. Una de las chicas, como medida desesperada, se lanzó al agua antes de subir al barco.
Por desgracia para ella, los hombres que nos custodiaban no hicieron nada por salvarla.
Fijaron sus miradas en la superficie del agua, para cerciorarse de que había muerto.
Discutieron entre ellos y juraron ocultarlo.
Así que no lo dudé, la imité, con la diferencia de que había conseguido liberarme por completo.
Buceé hasta una zona alejada, y una vez el barco zarpó, comencé a caminar.
Conocía bien Málaga, pero la dependencia de la droga, que me habían administrado durante mi cautiverio, comenzó a reclamar más sustancia.
Mi cuerpo temblaba, cada cierto tiempo, las náuseas me impedían continuar, sentía frío y las piernas no obedecían.
No recuerdo cuanto tiempo estuve caminando, pero era consciente de que necesitaba llegar a un hospital.
—¿Recorriste a pie casi cinco kilómetros en esas condiciones? ¿Por qué no pediste ayuda? —le reprocha Dimitri.
—Me ocultaba entre las sombras, huía de las calles iluminadas por el temor de que me localizaran. Estaba aterrorizada. El resto, ya lo sabes.
—Sí, señorita no name. Gracias.
—Gracias a ti, Dimitri.
Él sonríe.
—Hemos llegado, te acompaño.
—No, espérame aquí.
Dimitri asiente.
Fabiola sale del vehículo, abre la puerta trasera y coge el ramo de flores.
Camina sin mirar atrás, con paso decidido.
Atraviesa la entrada monumental del Cementerio de la Almudena, flanqueada por arcos de medio punto, sostenidos por columnas de piedra tan solemnes como el lugar.
El rumor de sus pasos se confunde con el ruido lejano del tráfico.
A medida que avanza, el mundo exterior calla, concediéndoles la paz a los que aquí descansan.
Se dirige a la zona más antigua, donde se encuentran los mausoleos de las familias ilustres de Madrid, y cercana a la entrada.
Enseguida encuentra el panteón, custodiado por dos ángeles de mármol.
Solo lee un nombre: «Roberto Sanz Alcázar».
Deposita el ramo con cuidado a los pies de la tumba.
La piedra está fría, incluso bajo el tibio calor de octubre.
—Perdóname, no confié en ti —dice sin levantar la voz—, cuando ambos lo necesitábamos. Te juzgué, pensé que mentías, que tu amor no era sincero, y busqué una venganza que no merecías. La memoria me robó la oportunidad de volver a ti, y tu vacío me ha acompañado durante estos treinta años.
Se acerca a la lápida y, con los dedos, acaricia las letras doradas en relieve. Silencio.
—Siempre te quise, aunque mi corazón se empeñara en negarlo impulsado por el miedo o, quizá, por pecar en la ignorancia. Ahora, ha llegado el momento de seguir adelante. Viviré con el recuerdo de lo que fuimos, nunca te olvidaré.
Da un paso atrás. No hay lágrimas, ni tristeza, solo nostalgia.
Dimitri la espera apoyado en el coche, con las manos en los bolsillos del abrigo. Ella camina hacia él con una sonrisa. La sonrisa de Fabiola, cálida, segura, genuina.
—Sí —dice cuando está frente a él.
—¿Sí?
—Sí, quiero.