Capítulo #2
Elise se sentó frente al hogar frío y se envolvió en un chal, pero de poco le sirvió para entrar en calor.
Cerró los ojos e intentó imaginarse de pie junto a Edward Asher en la iglesia mientras un vicario los unía para la eternidad, otorgando a su nuevo esposo control absoluto sobre su vida.
Edward Asher era sin duda un hombre imponente, pero lo bastante mayor como para ser su padre.
«Debe de tener al menos cuarenta y cinco años» , pensó Elise con tristeza.
Se estremeció y abrió los ojos. La única manera de aceptar esta nueva realidad era centrarse en lo positivo de su futuro esposo.
A Elise le costaba encontrar algo, pero tenía que hacerlo, así que empezó por su aspecto.
Lord Asher era de estatura superior a la media y, a pesar de su edad, todavía conservaba buena forma física.
No había echado barriga ni perdido el cabello.
Supuso que usaría peluca en la corte, pero cuando había venido a visitar a su padre, llevaba su propio pelo, de un rico color castaño con apenas unas hebras grises en las sienes.
Sus ojos grises no carecían de amabilidad, y sonreía con facilidad, lo que denotaba buen temperamento.
Por lo que Elise sabía, no tenía hijos, al menos no con vida.
Elise supuso que cualquier muchacha de su posición se sentiría honrada de casarse con un hombre como lord Asher, que la sacaría de la más completa oscuridad y la elevaría prácticamente de la noche a la mañana a convertirse en una de las damas de la corte real.
Ser rica, tener título y ser recibida por Su Majestad Carlos II era el sueño de toda joven doncella, pero esa nunca había sido la aspiración de Elise.
Nunca había estado dentro del palacio, pero había visto cortesanos por ahí, de juerga por el Strand y disfrutando de paseos en barca por el río.
Eran como pavos reales, envueltos en metros de exquisita tela y encaje, pintarrajeados como rameras y adornados con lazos, cintas y ridículas pelucas rizadas que hacían que incluso los hombres más viriles parecieran caniches gigantes.
La mayoría de la gente aceptó con entusiasmo las nuevas modas cuando Carlos II subió al trono, hartos como estaban del negro y gris del gobierno puritano que había estado a la orden del día durante tanto tiempo.
Los teatros habían reabierto, la música y el color irrumpieron en la vida de la gente con una alegría que la mayoría había olvidado, y de repente, la vida volvía a ser buena.
Todos, desde el noble más rico hasta el más pobre desgraciado, se alegraban de estar vivos.
Pero ahora, tras media década de excesos y frivolidad, el insoportable brillo del glamour real había comenzado a desvanecerse, y el pueblo llano empezaba a cansarse del derroche de su nuevo rey, pues su suerte no había mejorado mucho respecto al reinado de su padre y la tiranía de Oliver Cromwell.
Elise no tenía ningún deseo de convertirse en una de aquellas damas casquivanas y pintarrajeadas de la corte, que se entregaban a juegos pecaminosos, insinuaciones sexuales apenas disimuladas y mascaradas provocativas cuyo único propósito era exhibir sus encantos y captar el interés de un nuevo amante.
Elise era una buena mujer cristiana, y no deseaba otra cosa que ser como su propia madre: una esposa fiel y madre amorosa, con un marido leal y devoto incluso después de décadas de matrimonio.
Y había estado tan cerca de lograr ese sueño.
Elise llevaba dos años albergando un tierno afecto por Gavin Talbot, el empleado de su padre.
Gavin era amable, considerado y trabajador.
Nunca sería rico, pero con trabajo duro y buena planificación, seguramente podría ofrecer a su familia una vida cómoda.
Y era guapo. Gavin tenía el cabello rubio pajizo y unos grandes ojos azules que brillaban con buen humor.
Siempre había tenido una palabra amable y una sonrisa para Elise, incluso cuando ella era todavía una niña en la que él ni reparaba.
Ahora que era una mujer de diecisiete años, Gavin rondaba los veinticinco y estaba listo para formar su propia familia.
No se había formalizado ningún compromiso, pero existía un entendimiento entre ellos de que, con el permiso de su padre, se casarían una vez que terminara el año de luto por su madre.
Elise nunca había hablado con su padre de sus sentimientos por Gavin, pero estaba segura de que él lo sabía.
Hugh de Lesseps era un hombre observador, un padre devoto de sus hijas que, creía ella, deseaba sinceramente su felicidad.
Habría dado su consentimiento si esta catástrofe no hubiera golpeado a su familia; Elise estaba segura de ello.
Y ahora Gavin estaba tan lejos de ella como la luna.
Su padre tenía una deuda que pagar, y ella era la moneda de cambio.
No había nadie más. Elise se mordió el labio para no llorar.
No tenía elección. Si se negaba, su padre y sus hermanos quedarían arruinados, y sus hermanas no tendrían ninguna posibilidad de contraer un matrimonio respetable.
Era su deber honrar los deseos de su padre y hacer un buen casamiento que beneficiara a toda la familia.
Pocas muchachas tenían el lujo de elegir a sus propios maridos, y aún menos albergaban esperanzas de un matrimonio feliz.
Lord Asher sería bueno con ella, y no le faltaría de nada.
Quizá incluso podría ayudar a Amy y Anne a conseguir un enlace ventajoso cuando llegara el momento.
Elise se levantó de un salto al oír pasos fuera de su puerta y las voces emocionadas de sus hermanas. Esbozó una sonrisa forzada justo cuando las dos niñas irrumpieron en la habitación.
—Padre dice que va a haber una boda —exclamó Amy—. ¡Qué emocionante! Ojalá llegue pronto el día en que yo sea novia. —Suspiró con dramatismo e hizo una pequeña pirueta.
—Padre dice que habrá baile y un gran banquete. Di que podemos ir, Elise —suplicó Amy.
—Tendrás que preguntarle a padre. Sois demasiado jóvenes para asistir, pero quizá podáis ver la ceremonia desde la galería, si la boda se celebra aquí.
Amy siguió ensayando pasos de baile mientras se contemplaba en el espejo de cuerpo entero, pero Anne permaneció en silencio junto a la puerta, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
Era la más sensible de las dos y había encajado muy mal la muerte de su madre.
Su dolor seguía siendo tan intenso como el día en que su madre exhaló el último suspiro, y Elise temía cómo se las arreglaría una vez que su hermana mayor se marchara.
Amy era demasiado joven y frívola para darle a su hermana el apoyo que tanto necesitaba.
—Vas a dejarnos —susurró Anne mientras corría hacia Elise y le rodeaba la cintura con los brazos—. Oh, ¿qué vamos a hacer sin ti? —dijo, y rompió a sollozar.
—Vamos, Annie. No será tan malo. Seré una gran dama, y quizá podáis venir a visitarme a mi casa, al otro lado del río. Imagínatelo.
Los ojos de Anne se abrieron como platos.
Nunca había cruzado el río. Las chicas no tenían motivo para salir de su casa en Southwark; todo lo que necesitaban estaba allí mismo.
Pero lord Asher vivía en el Strand, donde estaría el nuevo hogar de Elise.
Nunca había visto la casa de lord Asher, pero había oído hablar de ella a su padre.
Era magnífica, decía, y estaba muy bien equipada, con tapices en las paredes, alfombras en los suelos y muebles refinados.
Había muchos sirvientes: doncellas, cocineros, mozos de cuadra y jardineros.
Quizá Hugh de Lesseps consideraba afortunado aquel giro de los acontecimientos.
Elise solo deseaba poder sentir lo mismo.