Capítulo
Surrey, Inglaterra
Quinn echó otro leño al fuego y fue a servirse una taza de té.
Llevaba lloviendo sin parar desde la noche anterior, y con la lluvia habían llegado un viento aullador y una humedad que calaba hasta los huesos y parecía filtrarse entre las piedras.
La habitación estaba sumida en sombras; el cielo encapotado y la lluvia torrencial habían absorbido toda la luz de aquella tarde de octubre.
Pero el fuego resplandecía en el hogar, proyectando sombras cambiantes sobre las paredes de piedra y llenando la estancia de un calor acogedor, mientras el crepitar de los leños ahogaba momentáneamente el gemido del viento.
Quinn se sentó en el sofá y rodeó la taza caliente con las manos.
El calor le sentaba bien, así que la sostuvo unos minutos sin beber, dejando que la agradable tibieza le proporcionara una reconfortante sensación de bienestar.
A pesar del frío y la lluvia, era agradable estar en casa, aunque aquella casa no estaba exactamente como la había dejado.
Había regresado a Inglaterra hacía solo unos días; aterrizó en Heathrow una dorada mañana de otoño.
Recogió las maletas del carrusel y se dirigió hacia la salida, hacia la cola de taxis que esperaban en la acera.
Llenó los pulmones de aire fresco y sonrió ante el follaje brillante, que destacaba en marcado contraste con el azul cobalto del cielo despejado.
Después de meses de calor implacable y sol despiadado en Oriente Medio, era una delicia sentir una brisa fresca en la cara y percibir ya en el aire el mordisco del invierno que se avecinaba.
Quinn parecía recién llegada de unas vacaciones tropicales, con el rostro y los brazos bronceados, relucientes de un tono dorado.
Aun así, los seis meses que había pasado en una excavación en Jerusalén habían dejado huella, tanto física como emocional, y se sentía aliviada de estar por fin en casa.
Nadie le prestó atención mientras esperaba pacientemente en la cola su turno para coger un taxi.
Para cualquiera que se molestara en fijarse en ella, era solo una joven del montón, vestida de manera informal con vaqueros, camiseta y una chaqueta de cuero gastada.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño descuidado en lo alto de la cabeza, y no se había maquillado, salvo por un poco de bálsamo labial que se había puesto antes de bajar del avión.
Parecía una turista más, pero en los círculos arqueológicos era una estrella, al menos hasta el próximo gran hallazgo.
Desenterrar la espada romana que databa de la Gran Revuelta del 66 d.
C. había sido un logro extraordinario. La espada se había encontrado alojada en el sistema de drenaje que discurría entre la Ciudad de David y el Jardín Arqueológico, a solo unos metros de una antigua piedra con una menorá grabada.
La menorá había sido tallada en la piedra con algo tosco y afilado, como un clavo viejo o un cincel, pero su proximidad al Monte del Templo la convertía en un hallazgo de enorme interés y permitía confirmar cómo podría haber sido la menorá original.
Investigadores de la Autoridad de Antigüedades de Israel presentaron varias teorías sobre la importancia del descubrimiento.
Quinn tenía que admitir que a ella le había interesado más la espada.
Aún conservaba su vaina de cuero, milagrosamente en buen estado.
La vaina había evitado que el tiempo y los elementos borraran algunas de las decoraciones, lo que permitía vislumbrar la artesanía romana de la época.
La espada probablemente había pertenecido a un simple soldado de infantería, pero era mucho más que un trozo afilado de metal.
No era solo una herramienta, sino también una obra de arte, un arma forjada con esmero que su portador habría atesorado y cuidado con mimo.
La espada permanecería en Jerusalén, pero Quinn había publicado sus hallazgos y había aceptado entrevistas con CNN, British Archeology Magazine y Archeological Journal , programadas una tras otra para el día siguiente a su llegada.
La espada podía tener miles de años de antigüedad, pero la noticia de su descubrimiento se desvanecería rápidamente, y las entrevistas debían publicarse mientras el interés público siguiera en su punto álgido.
Y ahora por fin estaba en casa, tras haber cumplido con sus obligaciones, y libre hasta que comenzara el semestre de primavera justo después de Año Nuevo.
Tenía previsto impartir algunas clases en el instituto, dedicar tiempo a la investigación, solicitar nuevas subvenciones que financiarían la próxima excavación cuando se aprobaran, y pasar tiempo con Luke.
Al menos ese había sido el plan mientras estaba en Jerusalén, pero las cosas habían cambiado.
Resultaba extraño entrar en la casa y enfrentarse a todos los espacios vacíos.
La miraban fijamente como cuencas de ojos huecos, inquietantes y vacíos.
Luke se había marchado antes de que ella regresara, en parte para evitar la incomodidad y en parte porque tenía prisa por irse.
Ni siquiera había tenido la decencia de romper con ella en persona.
La había dejado por mensaje de texto, diciéndole que había aceptado un puesto de profesor en Boston y que ya no estaría cuando ella volviera.
Aquella ya no era su casa, su pequeño nido de amor, pero seguía siendo su hogar, y a pesar de la tristeza que llenaba las habitaciones silenciosas, lo amaba.
Quinn se acurrucó aún más en el sofá y contempló con afecto la estancia que tan bien conocía.
La casa había sido en otro tiempo una capilla privada, construida por un esposo devoto para su devota esposa católica, pero la Corona la había confiscado durante la Disolución de los Monasterios y la había dejado caer en la ruina una vez que despojaron, vendieron o fundieron todo lo que tenía valor.
Permaneció vacía durante siglos, olvidada y desolada, hasta que la ofrecieron al capitán Lewis Granger, un primo lejano de la familia que aún poseía la finca a principios del siglo XIX.
El joven capitán se había visto envuelto en un escándalo con la joven esposa de un general muy respetado; lo habían expulsado deshonrosamente del ejército justo antes de Waterloo y lo habían enviado de vuelta a Inglaterra.
Se había cubierto de tal deshonra que ya no podía dejarse ver por Londres, al menos por un tiempo, así que recurrió a su primo para suplicarle refugio, que el hacendado Granger le ofreció a regañadientes.
Lewis Granger podía ser un libertino y un jugador, pero sentía verdadera pasión por la arquitectura y la historia.
Convirtió la ruina en un hogar: reconstruyó la estructura derruida con sus propias manos y la ayuda de algunos muchachos del pueblo, que estaban encantados de ganar unas cuantas libras en una época en que los trabajos bien pagados escaseaban y los soldados que regresaban trataban de rehacer sus vidas y encontrar cualquier empleo que surgiera.
El hacendado Granger había quedado tan impresionado con los esfuerzos de Lewis que le legó la capilla en su testamento, y esta había permanecido en la familia hasta que el último descendiente vendió la casa a Quinn hacía tres años.
Niles Granger era un joven que no podía estar más reñido con el legado de Lewis.
Llevaba el pelo de punta teñido de rubio platino, pantalones insoportablemente estrechos y gafas de pasta, y se proclamaba hipster y artista.
Niles no tenía ningún interés en la historia ni en la arquitectura, y lo único que quería era alejarse de toda aquella «mierda vieja», como la describía tan elocuentemente.
Se deshizo de la casa con alegría y no volvió la vista atrás; con las ganancias se compró un loft destartalado con espacio para un estudio, donde creaba obras de modernidad insondable a base de salpicaduras de colores brillantes, trozos de basura y símbolos fálicos colocados estratégicamente para causar el máximo impacto.
El resto de la finca lo había comprado años antes un millonario excéntrico que convirtió la enorme casa señorial en el Lingfield Park Resort.
A pesar de su proximidad al complejo, la casa de Quinn resultaba completamente privada.
La capilla estaba enclavada en el bosque, en el límite de la propiedad; ninguno de los huéspedes se aventuraba nunca en aquella dirección, disuadidos por el letrero de «Propiedad Privada» clavado en un árbol y por la ausencia de un camino transitable.
Al otro lado de la casa había un sendero estrecho, apenas lo bastante ancho para que pasara un coche, que conducía al pueblo, pero por él circulaban tan pocos vehículos que Quinn tenía la sensación de vivir sola en el bosque.
Ahora, tres años después, Quinn seguía encantada con las vidrieras colocadas en lo alto de las paredes de piedra y los techos abovedados pintados con una imagen del firmamento.
No quedaba mucho de la capilla original, pero había algo en ella que siempre hacía que se sintiera bienvenida, como en casa.
Suponía que eran todas las esperanzas, los sueños y las oraciones que las piedras habían absorbido a lo largo de los años.
Las oraciones no se disipaban sin más en el aire: calaban en las paredes, apuntalando la estructura con su fuerza y su energía sanadora.
Como arqueóloga, le resultaba inmensamente atractivo vivir en un lugar imbuido de tanto carácter y empapado de historia.