Capítulo 81
Rosina
Durante los primeros días después de la visita de Winslow, Rosina vivió en un estado constante de pánico, pero nadie puede mantener semejante tensión indefinidamente, y poco a poco empezó a relajarse.
Winslow no había vuelto, y ella había empezado a preguntarse si tenía sentido seguir adelante con el asunto.
Todo en ella se rebelaba contra la idea de dejar que el vicario quedara impune, pero ¿a quién podía contárselo?
¿Quién le creería? Sir Roderick era primo de Winslow y no tendría ninguna prisa por admitir que había traído a un asesino entre ellos.
Preferiría desterrar a Rosina antes que a su pariente.
Si acudía al obispo con sus quejas, este primero investigaría sus antecedentes, y lo que descubriera no jugaría a su favor.
Podría recurrir al forense, pero dado que Mina ya había sido enterrada, este necesitaría una orden de exhumación firmada por un juez para poder examinar sus restos.
Si Rosina había aprendido algo, era que los hombres harían lo que fuera necesario para protegerse y limitar su responsabilidad. Ninguna de las personas a las que podría recurrir arriesgaría su posición o reputación para demostrar algo que solo podría perjudicarlos. Se volverían contra ella.
El domingo, Rosina sentía los pies como si fueran de plomo mientras se arrastraba hacia Santa Ana.
No quería estar en presencia de Winslow, ni podía reprimir su aprensión.
No era de los que simplemente pasaban página.
Era de los que no dejaban flecos sueltos.
Antes de que el servicio siquiera comenzara, el vicario recorrió la congregación con la mirada, deteniéndose a observar fijamente a varias personas una tras otra.
Luego, en lugar de comenzar con una oración, exigió con voz acusadora que retumbó en el espacio cerrado:
—¿Quién puso la cruz para la suicida?
Nadie respondió, pero algunas personas se volvieron para mirar a George Sands, el carpintero cuya familia llevaba generaciones suministrando ataúdes y cruces al pueblo.
—¿Hiciste esa cruz? —preguntó Winslow, clavando en el carpintero su mirada furiosa.
—La hice —respondió George—. No tengo por costumbre rechazar encargos.
—¿Quién pagó por ella? —ladró Winslow.
—No lo sé. Dejaron el encargo por escrito, junto con el pago, en mi taller —respondió George con calma.
—¿Quién la recogió?
—Me pidieron que la dejara fuera después de la hora de cierre.
Por la expresión de Winslow era evidente que no le creía, pero no veía motivo para seguir interrogándolo. El carpintero había dado una explicación lo bastante plausible, y no iba a cambiar de versión. Ni a delatar a su cliente delante de toda la congregación.
—Quítala —ordenó Winslow.
—Déjala en paz —gritó sir Roderick desde su asiento.
Winslow lo miró fijamente, sin comprender, pero sir Roderick no ofreció explicación alguna.
—Déjala —repitió, y Winslow hizo una leve inclinación de cabeza en señal de aceptación.
—Como desee, sir Roderick.
Frustrado, prosiguió con el servicio y pareció aliviado cuando por fin terminó y todos salieron de la iglesia.
Esa semana, el monumento en el cruce de caminos fue la comidilla del pueblo.
No era una simple cruz de madera, de las que se usan para marcar una tumba.
Medía al menos metro y medio de altura y podía verse desde más de un kilómetro de distancia por cualquiera que se acercara al pueblo.
Algunos decían que sir Roderick la había pagado porque Mina era su hija natural.
Otros pensaban que simplemente había sentido lástima por la muchacha y creía que merecía una tumba digna a pesar de haber caído en pecado.
Y Rosina esperaba que quizás sir Roderick sospechara que Mina no había muerto por su propia mano.
Su teoría demostró tener fundamento cuando Dulcie, que había venido a recoger la leche en polvo, le contó en confianza lo que había oído de la Sra.
Vane. Esta había entrado el miércoles a comprar jabón de lavanda y le había dicho que sir Roderick se lo había pensado mejor respecto al compromiso entre Godfrey y Constance.
No había rechazado a su primo directamente, pero le había comunicado que primero presentaría a Constance en sociedad.
La Sra. Vane pensaba que quizás su empleador esperaba un matrimonio más ventajoso para su hija menor, y que siempre podría casarse con un humilde vicario más adelante si no aparecía nadie mejor.
—¿Sir Roderick le dio a Winslow alguna razón para su cambio de parecer? —preguntó Rosina, secretamente encantada de que el hombre hubiera sufrido semejante revés.
—Seguro que sí, pero sir Roderick habló con Winslow en privado, en su estudio —dijo Dulcie—. Y por cotilla que sea la Sra. Vane, no es tan tonta como para pegar la oreja a las puertas.
—Winslow debe de estar furioso. ¿Crees que sir Roderick podría reemplazarlo como vicario?
Dulcie se encogió de hombros, pero Rosina tuvo la sensación de que no le estaba contando todo.
Al ser lo más parecido a una administradora de correos que tenía el pueblo, además de la única tendera, Dulcie sabía bastante más que nadie.
El pub era donde se reunían los hombres, pero la tienda era el centro social de las mujeres del pueblo, y lo único que salía gratis en aquellos tiempos era un rato de cotilleo.
—Eso sí, sir Roderick le ha proporcionado al vicario una nueva sirvienta —reveló Dulcie—. Joan Cates. Supongo que pretende reducir su servidumbre, con la escasez de suministros que hay.
—Una boca menos que alimentar —comentó Rosina.
—O quizá una espía que le informará sobre las idas y venidas del vicario —susurró Dulcie.
—Solo espero que Joan esté a salvo de los avances de Winslow.
—Creo que lo estará —la tranquilizó Dulcie—. Es bastante poco agraciada. Y viendo lo guapa que era Mina y la lozanía juvenil de la Srta. Constance, sabemos que Winslow tiene sus criterios.
Dulcie miró a Rosina por encima del mostrador y bajó la voz, aunque estaban solas.
—¿Has pensado más en denunciarlo?
—Sí, pero no sé en quién puedo confiar.
—Déjalo estar, Rosina —dijo Dulcie—. Piensa en ti misma. Y en Holly. Winslow tiene otras batallas que librar en este momento, y si sir Roderick tiene sus dudas sobre la valía de su primo, quizás decida recomendar un nuevo vicario al obispado.
—No me atrevo a tener esperanzas —dijo Rosina.
Pero por aliviada que se sintiera de perder de vista a Godfrey Winslow, él simplemente se iría a otra parroquia, donde tendría a su disposición un nuevo surtido de mujeres casaderas.
—La vida no es justa, Rosina —dijo Dulcie, y había algo roto en su mirada—. A veces tenemos que conformarnos con lo que podemos conseguir. Y si puedes quedarte en el pueblo y seguir con tu oficio de partera, eso vale más que derribar a Winslow. Porque sabes que no se irá sin más. Ni se irá solo.
Rosina asintió, reconociendo la sensatez del consejo de Dulcie. Quizás tenía razón, y todo se reducía a elegir al diablo conocido.