La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 59
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Capítulo 59

Rosina había tenido razón. Cuando llegó a la granja de los Dean a la tarde siguiente, tanto Horace como Abigail la recibieron con recelo.

Horace escupió en la tierra del patio y le dijo que no tenía nada que darle, y Abigail, que caminaba despacio, claramente aún dolorida, mantuvo los labios apretados, se mostró hostil y no la invitó a entrar en la casa.

—Estamos bien los dos —respondió cuando Rosina le preguntó cómo se encontraban ella y el bebé.

—¿Ha hablado con su hermana? —preguntó Rosina con cautela, dado que Abigail no había pronunciado una sola palabra de agradecimiento.

—¿Sobre qué?

—Joshua estuvo a punto de morir. Y usted también estuvo al borde de la muerte —dijo, incapaz de ocultar su enfado.

—El buen Señor tuvo a bien devolvernos la salud —respondió Abigail.

—Sra. Dean —dijo Rosina, recurriendo a la formalidad—.

Reconozca o no mi papel en que siga usted con vida, anoche le presté un servicio y le pido que me pague.

Apenas llego a fin de mes —añadió cuando Abigail no respondió—.

No espero que me pague en metálico, pero aceptaré de buen grado lo que pueda darme.

—No tengo nada que darle —espetó Abigail—. Ahora, si no le importa, Srta. De Winter, tengo que dar de mamar a mi hijo.

Dicho esto, giró sobre sus talones, entró en la casa y cerró la puerta.

Rosina se volvió y encontró a Horace observándola desde la puerta del granero.

Tenía la boca torcida en una mueca de desdén, y Rosina podía olerlo desde donde estaba.

No parecía haberse lavado ni cambiado de ropa desde la noche anterior.

—Sr. Dean —comenzó, pero Horace la interrumpió.

—Vaya a mendigar a otra parte —dijo, y escupió de nuevo; el salivazo cayó demasiado cerca de las faldas de Rosina.

La ira le hervía en el pecho, pero no había nada más que pudiera hacer. No podía obligar a aquella gente a pagarle ni siquiera a reconocer el servicio que les había prestado. Lo único que tenía a su disposición era una amenaza.

—Lo que siembra, eso cosechará —dijo antes de girar sobre sus talones y salir del patio a grandes zancadas.

—¿Me está amenazando, mujer? —gritó Horace tras ella.

Pero Rosina no se molestó en responder. Estaba demasiado alterada y demasiado hambrienta para desperdiciar su energía en aquel apestoso pedazo de mierda.

Mientras caminaba con paso firme por el bosque, con Holly en brazos, que le pesaba más de lo habitual, se preguntó si era el momento de echar mano de sus ahorros y comprar algunas provisiones, pero luego decidió que no, todavía no.

Tenía que aguantar todo lo que pudiera, ya que el dinero no duraría mucho, y entonces tendría que empeñar el anillo.

La idea de desprenderse de él casi le rompía el corazón.

Era el único objeto de valor que poseía, y lo único que le daba cierta sensación de seguridad.

Una vez que se deshiciera del anillo, no tendría nada a lo que recurrir, y ya se había dado cuenta de que nadie la ayudaría, aunque ella los ayudara sin reservas.

Ella y Holly estaban solas, y tal como iban las cosas, quizá no llegaran a la próxima primavera.