La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 48
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Capítulo 48

Con el tiempo, el optimismo natural de Kezia y su instinto de supervivencia comenzaron a reafirmarse.

Cada día que pasaba se sentía un poco más esperanzada, hasta que finalmente se sintió lo bastante segura como para salir de la pensión durante breves períodos y aventurarse cada vez más lejos.

Pero cuanto más tiempo permanecía en Southwark, más le desagradaba el lugar.

No era ni Londres ni el campo, sino algo intermedio: ruidoso, destartalado y abarrotado en algunos lugares, y extrañamente desolado en otros.

Carecía de la vitalidad de Londres, pero tampoco ofrecía la paz ni la belleza natural que ella anhelaba.

Desvencijados carros traqueteaban por callejones estrechos y polvorientos, con caballos agotados que pasaban frente a tabernas, pensiones y tiendas de aspecto fatigado, mientras granjeros y comerciantes recorrían las calles con la mirada indiferente de quienes solo están de paso.

Los espacios abiertos parecían yermos, y muchas de las personas que conoció eran gente del campo que había venido a Londres a buscar trabajo o a comerciar, pero que preferían Southwark porque era más barato, más tosco y menos agobiante que la ciudad al otro lado del río.

Sin embargo, para Kezia aquel lugar era como un umbral, un sitio al que no pertenecía, y tras quince días en casa de la Sra.

Grisham, decidió que ya era seguro volver a casa.

Llegaría a Holborn a la hora de cenar, decidió.

Y si al regresar alguien se comportaba como si sospechara de ella, sería demasiado tarde para mandar a buscar a los Bow Street Runners y tendría tiempo de escapar.

Siempre podría volver a Southwark, o subirse a uno de los muchos coches que salían de Londres a primera hora de la mañana y ver adónde la llevaba.

Salió de la pensión de la Sra. Grisham a las cuatro y se dirigió hacia el puente.

Era poco probable que encontrara a un granjero que cruzara a esa hora —la mayoría de los vehículos iban en dirección opuesta—, así que decidió ir a pie.

Le llevaría un buen rato, pero no tenía prisa, ya que pretendía llegar después del anochecer.

En cuanto cruzó el río, se mantuvo atenta a los vendedores de periódicos.

Las ediciones de la tarde ya estarían a la venta y podría hacerse una idea más clara de cómo estaban las cosas.

Kezia suspiró aliviada cuando ni un solo vendedor de periódicos pregonó nada sobre la muerte de Amelia.

Seguramente a esas alturas el interés por la historia había decaído.

¿Cuánto tiempo dedicarían los Runners a buscar a una persona cuando Londres rebosaba de delincuencia y probablemente no había más que un puñado de hombres encargados de mantener las calles seguras?

Kezia se sintió tan envalentonada que se permitió el lujo de tomar un coche de alquiler para que la llevara de vuelta.

Estaba cansada y hambrienta, y resultaba todo un lujo sentarse y que la llevaran como a una auténtica dama.

Era la hora del día en que las tiendas y oficinas cerraban y el tráfico era denso, con todo tipo de vehículos atascados en las calles estrechas.

A Kezia no le importaba. Qué alivio poder descansar los pies, y como el cochero ya le había dado un precio, no le cobraría de más aunque tardara en llegar a su destino.

Cuando el carruaje entró en High Holborn Street, la noche ya caía, y Kezia se sintió menos expuesta al amparo de la creciente oscuridad.

Pagó al cochero y cruzó la calle hacia la pensión de la Sra.

Pole. Las ventanas de la planta baja resplandecían con luz de velas, y ansiaba disfrutar de una comida caliente y dormir en su cama limpia y acogedora.

Le resultaba sorprendente que aquel lugar ahora le pareciera un hogar, y ya no le desagradaba tanto como cuando había llegado por primera vez a Londres.

Quizás podría labrarse una vida allí, al fin y al cabo, y encontrar personas a quienes pudiera importarles.

Kezia pasó junto al callejón y estaba a punto de llamar a la puerta cuando una mano áspera le tapó la boca y un brazo férreo le rodeó la cintura.

Acto seguido, la levantaron en vilo y la arrastraron al callejón.

Sus gritos quedaron amortiguados por aquella enorme mano que le aprisionaba el rostro como un tornillo de banco y apenas la dejaba respirar.