La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 45
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Capítulo 45

Kyle

El sol apenas comenzaba a asomar en el horizonte cuando Kyle se detuvo frente al edificio de Amy.

Había intentado mantener la calma mientras recorría a toda velocidad las calles casi vacías, pero pese a estar decidido a no dejarse dominar por sus emociones, tuvo que reconocer que una vez más había caído en la trampa de Amy.

Puede que esta vez ella no la hubiera tendido a propósito, pero él no era de los que podían ignorar sin más la llamada del hospital y volver a dormir.

Le molestaba que Amy todavía tuviera el poder de preocuparlo, pero también se daba cuenta de que en este caso no era ella quien le preocupaba.

Estaba allí por Leo, y por nadie más. Y de no ser por la amenaza que se cernía sobre el pequeño, habría vuelto a dormir.

Estaba harto de que Amy le robara la tranquilidad y se interpusiera entre él y Nicole.

Había visto la expresión de Nicole cuando dijo que iba a casa de Amy, y no podía culparla.

Estaba enfadada y disgustada, y probablemente se había sentido amenazada.

Pero Nicole no tenía nada de qué preocuparse. Ni ahora ni nunca.

Kyle aparcó y entró en el edificio. Subió en el ascensor hasta el piso de Amy y se detuvo frente a su puerta.

Escuchó un momento antes de tocar el timbre.

Dentro, todo estaba en silencio, pero Amy podía estar dormida.

«O como una cuba» , pensó con disgusto. Observó la cerradura nueva que habían instalado después de que la policía derribara la puerta.

Amy no podría entrar sin conseguir la llave del administrador del edificio.

Kyle tocó el timbre varias veces y también llamó a la puerta, pero nada se movió en el interior y de pronto tuvo la certeza de que Amy no estaba allí.

Aun así, tenía que asegurarse antes de llamar a Fiona Scales.

Si Amy estaba realmente colocada, la trabajadora social necesitaba saberlo.

Y si Amy había recaído, nunca se lo perdonaría si no llamaba a una ambulancia.

Al administrador del edificio no le hizo ninguna gracia que lo despertaran antes de las siete de la mañana, y cuando por fin abrió la puerta tenía los ojos legañosos y cara de pocos amigos.

Había algo sospechoso en aquel hombre, y el olor que salía por la puerta abierta le recordó a Kyle un cubo de basura que hubiera quedado al sol demasiado tiempo.

Parecía vivir solo, ya que Kyle no oyó a nadie más en el piso.

Le explicó la situación, y el hombre negó con la cabeza de inmediato.

—No ha venido por aquí, tío —dijo—. Y yo soy el único que tiene la llave de su piso.

—¿Puede dejarme entrar? —preguntó Kyle—. Me gustaría recoger algunas cosas para su hijo.

El hombre pareció dudar.

—No sé quién eres, ¿vale? Podrías estar intentando robar.

—Le aseguro que no. Puede entrar conmigo si quiere. Para vigilarme.

—No lo sé, tío. Esto no tiene nada que ver conmigo.

Kyle le mostró al administrador una foto de Leo.

—Lo conoce, ¿verdad?

El hombre asintió y suspiró.

—Solo me fijé en él porque siempre parecía muy triste. Así que se está quedando contigo, ¿no?

—Sí. Mi mujer y yo estamos acogiendo a Leo hasta que su madre esté en condiciones de recuperarlo.

El hombre se rascó la cabeza.

—De acuerdo. Supongo que a Amy no le importará que cojas algunas cosas para el crío. Dame un momento para vestirme.

Cuando estuvo listo, el administrador del edificio, que se presentó como Keith cuando Kyle le preguntó su nombre, lo acompañó al piso de Amy.

Keith deambuló por el piso mientras Kyle recogía algo de ropa, juguetes y libros para Leo.

Cuando estuvo listo para irse, Kyle pilló a Keith saliendo del dormitorio de Amy, y le pareció ver un trozo de encaje rosa asomando del bolsillo de Keith.

No le extrañaría nada que el tipo hiciera algo asqueroso, como llevarse unas bragas de Amy.

Kyle no iba a echárselo en cara, no después de que le hubiera dejado entrar en el piso, pero cuando por fin hablara con Amy le aconsejaría que cambiara la cerradura otra vez y que no le diera una copia de la nueva llave al administrador.

Kyle entró en la cocina, donde buscó un bloc de notas y un bolígrafo.

La cocina estaba hecha un asco: el fregadero lleno de platos sucios, el cubo de basura desbordado y correo sin abrir, menús y folletos esparcidos por la encimera.

Abrió la nevera y los armarios, pero, como esperaba, no encontró mucha comida.

Eso sí, había una botella de vodka en el congelador, y vio varios botes de pastillas sin identificar en un cajón al alcance de Leo.

Odiaba hacerlo, pero sabía que podría ser importante, así que sacó algunas fotos de las pastillas y el vodka.

Kyle escribió su nombre y número de móvil en un trozo de papel que había arrancado de un folleto y se lo dio a Keith.

—Por favor, avíseme si Amy vuelve. Solo quiero saber que está bien.

—Claro. Lo haré, tío —prometió Keith mientras cerraba el piso tras ellos—. ¿Eres pariente suyo, entonces? —preguntó cuando por fin pareció darse cuenta de que Kyle y Amy compartían apellido.

—Algo así.

—Su exmarido es un escritor famoso —dijo Keith con asco—. Un capullo famoso, si me preguntas. La dejó tirada y abandonó a su hijo. Ahora está casado con una pija estirada y tiene otro crío.

Kyle no respondió, pero sintió una punzada de rabia.

Así que esa era la historia que contaba Amy, que él la había abandonado a ella y a su hijo.

Lo que más le enfurecía, supuso, era que Amy todavía tuviera el poder de sorprenderlo.

Justo cuando pensaba que no podía caer más bajo, ella conseguía demostrarle lo contrario.

—¿Cómo sabes esto? —le preguntó a Keith mientras caminaban hacia el ascensor.

—La oí contándoselo todo a un periodista. No quería que subiera a su piso, así que quedó con él en el vestíbulo.

—¿Un periodista?

—Sí. Era de The Mirror —respondió Keith.

—¿Recuerdas cómo se llamaba? —preguntó Kyle.

—No. Supongo que te enterarás de su nombre cuando leas el artículo. De todos modos, el imbécil de su exmarido se merece todo lo que le pase.

—Una acusación así podría destruirle la carrera —espetó Kyle.

—Y se lo merecería. Mi padre me abandonó cuando era pequeño, así que sé lo que se siente cuando te dejan tirado, ¿sabes?

Mi madre hizo lo que pudo, pero falleció cuando yo tenía trece años.

Luego acabé en un centro de acogida. Pero a esa, a Amy, le importa una mierda su hijo. Sé lo que hacía —dijo Keith con desdén.

—¿De qué estás hablando?

—Dejaba a Leo solo por las noches. Lo encerraba con llave y salía con hombres que había conocido en aplicaciones de citas.

—¿Cómo sabes dónde los conocía?

Keith parecía saber demasiado para ser un simple administrador del edificio, y Kyle se preguntó si espiaba a sus inquilinas.

—Lo sé porque quedaba con ellos en el vestíbulo —dijo Keith—. Lo usaba como su salón personal —añadió con el ceño fruncido—. Los oí hablar unas cuantas veces.

—¿Hay una cámara de seguridad en el vestíbulo? —preguntó Kyle.

—La hay. ¿Y qué?

—¿Cuánto tiempo conserváis las grabaciones?

—Se borran cada treinta días —dijo Keith.

—¿Puedo conseguir una copia de las grabaciones del mes pasado?

—No puedo darte eso. Es confidencial.

—El bienestar de un niño está en juego —le recordó Kyle—. Sabías que lo dejaban solo y no llamaste a Servicios Sociales.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —replicó Keith—. Primero, no es asunto mío. Y segundo, pensé que aun así estaba mejor con su madre, aunque fuera una auténtica zorra. No le iría bien en un centro de acogida. A nadie le va bien.

—Keith, por favor, necesito esas grabaciones.

Negó con la cabeza.

—No puedo, tío.

—¿Cien libras te harían cambiar de opinión? —preguntó Kyle.

El administrador pareció pensativo.

—¿En efectivo? No me va el PayPal ni ninguna de esas mierdas.

—Por supuesto.

—Doscientas. Me la estoy jugando.

Kyle no llevaba doscientas libras encima. Rara vez llevaba tanto efectivo hoy en día, pero era fácil conseguirlo.

—De acuerdo —dijo—. Doscientas.

—Dame un cuarto de hora. Nos vemos en la cafetería de la esquina —prometió Keith.

—¿Por qué quieres quedar en una cafetería?

Parecía extraño que el hombre no quisiera encontrarse en su piso.

—Porque tengo hambre y me apetece un buen desayuno frito.

—Vale —dijo Kyle—. Allí estaré.

Tras encontrar un cajero y sacar el dinero, caminó hasta la cafetería, pidió un café y se acomodó a esperar.

A su alrededor, la gente disfrutaba de sus desayunos, y el olor a salchichas y beicon fritos le abrió el apetito.

Sin embargo, no tenía ganas de quedarse más tiempo del necesario, y en cuanto Keith apareciera, se iría a casa.

Si es que aparecía. Kyle llevaba esperando casi cuarenta minutos, pero no había ni rastro del hombre.

No creía que Keith fuera a rechazar doscientas libras, pero quizás el administrador se había dado cuenta de que podría perder su trabajo y había decidido no arriesgarse.

Pero Kyle necesitaba esas grabaciones, y estaba dispuesto a pagar más si hacía falta. Le enfurecía que Amy dejara a un niño de tres años solo por la noche. Podía pasar cualquier cosa. E incluso si no pasaba nada, si Leo se despertaba, estaría aterrorizado al encontrarse solo en mitad de la noche.

No había ni rastro de Keith, así que Kyle decidió llamar a su madre y contarle lo que había descubierto.

—Las grabaciones y las fotos que tomaste no serían admisibles en un tribunal —dijo Rita en cuanto él terminó.

—Ya lo sé, pero pensé que era importante conseguirlas. Son prueba de que puso en peligro a un menor.

Rita soltó una risa amarga.

—Creo que la negligencia ya ha quedado probada más allá de toda duda razonable.

No tenías derecho legal a estar dentro del piso de Amy, y las grabaciones solo pueden confirmar que Amy estuvo en el vestíbulo a cierta hora.

No prueban que Leo estuviera solo. Si la interrogaran, Amy podría decir que había contratado a una niñera pero que había perdido sus datos de contacto.

Correspondería al tribunal demostrar lo contrario.

—Entonces, ¿qué hago ahora? ¿Denuncio a Amy como desaparecida? —preguntó Kyle.

—Amy dejó el hospital por voluntad propia.

Que no haya ido a casa no la convierte en una persona desaparecida.

Presentar una denuncia de desaparición consumiría recursos que podrían destinarse a alguien que realmente esté en problemas.

Kyle, sé que te importa y quieres ayudar, pero creo que tienes que dejarlo estar.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Me quedo de brazos cruzados y espero a ver qué pasa?

—Básicamente, sí.

Rita suspiró.

—Una cosa es lo moralmente correcto y otra lo legal, y no siempre van de la mano.

Legalmente, Amy recuperará el acceso a Leo en cuanto esté limpia.

Quizás sea mejor madre para él, y quizás no.

Voy a ser sincera. Amy nunca me cayó bien.

Sentía que merecías algo mejor, pero pensaba que estaba cuerda, aunque siempre buscara su propio beneficio.

Pero algo se rompió dentro de ella, y eso no se va a arreglar con rehabilitación.

Es una solución temporal si la persona no está dispuesta o no es capaz de esforzarse.

—¿Qué quieres decir, mamá?

—Que hay un niño pequeño que va a sufrir pase lo que pase. La única pregunta es cuánto, y si será capaz de recuperarse y convertirse en un adulto equilibrado.

—No quiero fallarle a Leo —dijo Kyle, recordando lo que había dicho el administrador. Le daba igual un artículo en The Mirror . Podría refutar las acusaciones de Amy si llegaba el momento de defenderse. Pero Leo sí le importaba.

—Decidas lo que decidas, tú y tu esposa debéis estar de acuerdo, Kyle. De lo contrario, esto podría destruir vuestro matrimonio. Nicole es una buena mujer. Es amable y compasiva, pero no puedes endosarle al hijo de tu exmujer y esperar que lo acepte sin más. No a largo plazo.

Kyle dejó escapar un suspiro.

—Lo sé, mamá.

—¿Has hablado con Sheila?

—¿Sheila?

—Leo es hermano de sus hijos. Quizá esté dispuesta a ofrecer una solución.

—No lo está —respondió Kyle. Sheila por fin estaba empezando a rehacer su vida. No podía pretender que criara al hijo que Len había tenido con otra mujer. Además, Sheila despreciaba a Amy con un odio que solo se reserva para los peores enemigos.

—Tengo que dejarte —dijo Kyle al ver a Keith a través de la ventana.

El hombre entró en la cafetería y miró a su alrededor con cautela, luego se dejó caer en una silla frente a Kyle, puso la mano sobre la mesa y abrió los dedos para mostrar una memoria USB.

Kyle le entregó el dinero y se guardó la memoria.

Puede que no fuera legal, pero para él seguía valiendo doscientas libras.

—Ahí hay dos meses —dijo Keith—. Nunca borré las grabaciones del mes pasado. Es el doble de lo que prometí.

Parecía esperar el doble de dinero, pero Kyle no pensaba pagar más. No si no podía usar las grabaciones en el tribunal.

—El trato eran doscientas —dijo.

Keith pareció decepcionado, pero aceptó la derrota y se levantó, claramente sin ganas ya de desayunar. Se volvió hacia Kyle de repente, con el rostro torcido en una mueca desagradable.

—Usted es el padre del niño. Lo busqué.

—Leo no es mío, pero supongo que soy el único padre que tiene ahora —dijo Kyle, y salió de la cafetería.