La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 39
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Capítulo 39

Rosina

Sam no había ido a verla, así que Rosina decidió ir a buscarlo.

Habría que cambiarle el vendaje, y quería asegurarse de que la herida no se hubiera infectado.

Añadió lo que necesitaría a una pequeña bolsa de cuero que llevaba en la cintura, acomodó a Holly en su fular y se puso en marcha.

Era la primera semana de julio, pero la única manera de saberlo era mirar un calendario.

El cielo estaba gris, el viento era frío, y la hierba y las hojas se veían pálidas y mustias; las plantas añoraban la luz del sol que necesitaban para prosperar.

Cuando Rosina llegó al pueblo, la gente tenía el mismo aspecto.

Rostros grises, miradas frías y cuerpos desnutridos.

Saludó con la cabeza a varios conocidos mientras pasaba junto a ellos por la calle principal y luego continuó hasta la herrería de Sam.

Este solía tener un ayudante, Silas, pero el muchacho se había marchado en cuanto terminó su aprendizaje para buscar oportunidades más rentables en Londres.

Ahora Sam estaba solo, y a pesar del empeoramiento de las condiciones económicas, se mantenía ocupado gracias a los granjeros, que no podían permitirse dejar de herrar a sus caballos ni de reparar sus arados.

Rosina lo oía martillear dentro; la fuerza de los golpes le reverberaba por todo el cuerpo a medida que se acercaba.

El sonido despertó a Holly, y la bebé comenzó a llorar.

El gemido lastimero debió de alertar a Sam, porque dejó de golpear de repente y salió del taller.

El vendaje del brazo estaba sucio, y la piel a ambos lados se veía fruncida y enrojecida. Observó cómo se acercaba Rosina, pero no pareció alegrarse de verla.

—No volviste —dijo Rosina ante su silencio.

Sam se encogió de hombros.

—Déjame echar un vistazo a tu brazo. He traído una cataplasma y vendajes limpios.

Sam pareció a punto de negarse, pero luego asintió y se sentó en un tocón, tendiendo el brazo.

Hizo una mueca cuando Rosina intentó despegar el lino sucio, que ahora estaba pegado a la piel.

Ella entró, cogió una taza de agua, volvió junto a Sam y roció la tela hasta que estuvo lo bastante húmeda para retirarla sin llevarse la piel.

—Sam —lo reprendió al ver los signos reveladores de infección.

—Pasé por tu casa una noche la semana pasada, pero parecía que tenías compañía —gruñó Sam.

Rosina interrumpió lo que estaba haciendo y miró a Sam.

Nadie la había visitado en la última semana, y desde luego no por la noche.

La única vez que alguien había venido a la cabaña fue cuando Norm Jenkins llegó a buscarla.

Su esposa, Molly, había empezado a sufrir contracciones dolorosas después de cargar pesados cubos de agua.

Molly no salía de cuentas hasta mediados de agosto, así que Rosina le había ordenado guardar cama y le había dado agripalma, junto con tazas de té de hoja de frambuesa para mantenerla tranquila e hidratada.

Cuando las contracciones cesaron, le aconsejó que guardara reposo en la medida de lo posible y que no levantara nada más pesado que una hogaza de pan.

Le dijo que se mantuviera abrigada, bebiera mucho té de hierbas y evitara cualquier sobresalto o susto.

Molly había resoplado ante ese consejo, ya que la mayor parte era casi imposible de seguir en una granja con cuatro niños que cuidar, pero se lo había agradecido a Rosina de todos modos y le había ofrecido una vasija de remolachas en vinagre.

—Debes de estar equivocado, Sam —dijo Rosina—. No tuve compañía la semana pasada.

—¿Entonces no te vi con el vicario?

—¿Ah, él? El vicario vino a pedirme ayuda. Su gato lo había arañado bastante mal —respondió Rosina, preguntándose por qué a Sam le molestaría tanto haberla visto con Winslow. Había olvidado por completo que el hombre había venido. O tal vez lo había apartado deliberadamente de su mente.

—¿Eso es lo que te dijo? —gruñó Sam.

—¿Acaso sabes tú algo distinto? —replicó Rosina.

Sam apartó la mirada, y Rosina se dio cuenta de que estaba celoso.

Godfrey Winslow era un hombre apuesto, y su posición, sus modales y sus lucrativas perspectivas bien podrían tentar a una mujer que apenas llegaba a fin de mes.

Aún no había mostrado interés en ninguna mujer en particular, aunque ya había pasado con creces la edad en la que un hombre debería empezar a pensar seriamente en el matrimonio y la familia.

—No tengo ningún interés en Godfrey Winslow —afirmó rotundamente.

—Pero él sí tiene interés en ti .

Rosina no pensaba ni por un momento que Winslow estuviera interesado en ella.

No tenía nada que ofrecerle. Era años mayor que la mayoría de las jóvenes casaderas del pueblo, tenía una reputación dudosa y carecía de bienes dignos de mención.

Cuando Winslow finalmente se casara, elegiría a una mujer que pudiera mejorar sus perspectivas.

La mayor de sir Roderick, Charity, ya estaba comprometida, pero Constance se acercaba rápidamente a la edad casadera, y se decía que Winslow le había propuesto matrimonio y que su primo había accedido a considerar su pretensión una vez que Constance alcanzara la mayoría de edad.

El vicario se convertiría en un hombre rico gracias a la herencia de su esposa si la boda llegaba a celebrarse.

Pero la forma en que Sam la miraba le provocó un escalofrío de aprensión.

—¿Tengo razones para temer al vicario? —preguntó.

—No —respondió Sam tras un largo momento—. Pero ese hombre no me gusta. Hay algo en él que me pone los pelos de punta. Ojalá se marchara.

—¿Por qué iba a hacerlo? Es pariente de sir Roderick y tiene una buena posición aquí.

—Es demasiado listo para conformarse con esto durante mucho tiempo —dijo Sam.

—¿Qué demonios quieres decir?

—Hay hombres inteligentes que usan su ingenio para ayudar a los demás. Winslow usa el suyo para ayudarse a sí mismo. Tiene la mira puesta en un premio mayor que una parroquia rural.

Rosina se encogió de hombros, aliviada de que las preocupaciones de Sam no tuvieran nada que ver directamente con ella.

—La mayoría de la gente vela por sus propios intereses, incluso los vicarios. Y podría haber una propuesta atractiva para él aquí mismo.

Sam asintió, pero aunque le había dado la razón, Rosina veía que seguía preocupado.

Había visto esa mirada antes. Se sentía amenazado por Winslow y no se creía que ella no tuviera intenciones con aquel hombre.

Y dado que el vicario estaba bajo la protección de su pariente y se sentía envalentonado y seguro en su posición, bien podría buscar una amante de edad madura antes de comprometerse con una novia adolescente.

—Quiero que vengas a verme mañana —dijo Rosina tras atar el vendaje—. ¿Me das tu palabra de que vendrás?

—Sí, señora —dijo Sam, y por fin sonrió. Se asomó al fular, donde Holly dormía plácidamente, con la carita sonrosada contra el blanco de su manta nueva.

—Es un encanto de criatura —dijo.

—Sí —coincidió Rosina—. Me tiene completamente cautivada.

—¿Cómo te sentirás si su madre vuelve a buscarla?

—No lo sé. Supongo que dependerá de por qué la abandonó.

Sam estaba a punto de decir algo más cuando apareció sir Roderick a lomos de su hermoso caballo bayo. Su hijo lo acompañaba, y los dos hombres desmontaron y caminaron hacia la herrería.

—Se acabó el descanso —dijo Sam, poniéndose de pie—. Gracias.

—Buenos días, Srta. De Winter —dijo sir Roderick.

A Rosina le sorprendió que recordara su nombre y se hubiera tomado la molestia de saludarla, pero sonrió y asintió.

—Buenos días, sir Roderick.

El hombre suspiró.

—Me gustaría decir que hace buen día, pero parece que tendremos más lluvia. Y hace un frío del demonio.

Sacudió la cabeza.

—Este tiempo no augura nada bueno para la cosecha.

—No —coincidió Rosina.

El hijo de sir Roderick, Oliver, permanecía junto a su padre con la mirada fija en Rosina.

No era exactamente hostil, pero había algo en sus ojos que ella no lograba identificar.

¿Cautela? ¿Ira? ¿Curiosidad? Tenían casi la misma edad, pero no creía que la estuviera mirando con interés de hombre. Era algo completamente distinto.

—Los dejo con sus asuntos, caballeros —dijo Rosina.

—Pásese por la casa señorial —dijo sir Roderick cuando ella estaba a punto de marcharse—. El ama de llaves puede darle algunas cosas para la niña. Es muy amable de su parte acoger a una expósita, pero no creo que disponga de medios para cuidarla.

—Gracias, señor. Es muy amable.

Sir Roderick hizo un gesto desdeñoso y se volvió hacia Sam. Por lo que a él respectaba, la conversación había terminado.

Rosina habría preferido no ir a mendigar a la casa señorial, pero sir Roderick tenía razón.

No tenía nada para Holly y prefería no gastar sus escasos ahorros en ropita de bebé y mordedores.

Ya estaba comprando más leche que nunca, y a medida que Holly creciera, necesitaría comida, ropa y zapatos.

Rosina supuso que pasarse por la casa señorial y hablar con el ama de llaves de sir Roderick, la Sra.

Vane, era un precio pequeño que pagar. No era una mujer amable, pero haría lo que su empleador le ordenara.

Y probablemente había muchas cosas en el cuarto de los niños que la familia ya no necesitaba.

Cuando las hijas de sir Roderick tuvieran sus propios bebés, querrían cosas nuevas y a la moda, no trastos viejos de décadas atrás.

Con un suspiro, Rosina encaminó sus pasos hacia la casa señorial. Como solía decir su madre, al hierro caliente, batir de repente, y nunca tuvo más sentido que estando frente a una herrería.