Capítulo 36
La botica estaba encajonada entre una casa de empeños y una taberna, con las ventanas cubiertas de mugre y tan abarrotadas de botellas polvorientas que apenas dejaban pasar la luz del día.
Un cartel salpicado de moscas prometía remedios para todas las dolencias conocidas, aunque los bordes enrollados y el papel amarillento sugerían que aquellas curas llevaban años languideciendo allí.
Dentro, el aire era denso y agrio, y olía a alcanfor, yeso húmedo y ungüento rancio.
Las tablas del suelo estaban pegajosas, oscurecidas por años de tinturas derramadas y botas embarradas.
Sobre el mostrador descansaban un mortero con su mano y una balanza con pesas deslustradas.
El boticario era un anciano enjuto, de cabeza casi calva y ahuevada, con las manos cubiertas de manchas de la edad.
Olía a sudor rancio y pelo grasiento, y sobre la ropa pasada de moda llevaba un delantal manchado que en algún momento debió de ser blanco.
Si Kezia hubiera necesitado medicina para sí misma, habría dado media vuelta y se habría marchado, pero aquel era exactamente el tipo de lugar que necesitaba: un establecimiento olvidado por el tiempo, regentado por un hombre a quien le traían sin cuidado tanto él mismo como sus clientes.
—¿Puedo ayudarla, señorita? —preguntó el hombre con voz ronca y flemosa.
—Necesito aceite de poleo.
El boticario miró a Kezia por encima de sus gafas de media luna y, tras decidir que el aceite debía de ser para ella, le entregó un pequeño frasco.
Kezia no estaba dispuesta a fiarse de él, así que abrió el frasco y se lo acercó a la nariz.
La sustancia desprendía un olor agudo y mentolado, matizado por el aroma más terroso del alcanfor.
Varda lo había usado junto con levadura de cerveza, pero Kezia no estaba segura de la proporción y no quería experimentar, no cuando estaba en juego el bienestar de una niña.
Pagó y salió de la tienda sin decir otra palabra.
Aunque aliviada de que el boticario no le hubiera pedido el nombre ni le hubiera hecho preguntas, su indiferencia también le resultaba alarmante.
Si hubiera pedido arsénico, probablemente se lo habría entregado sin pensarlo dos veces, dispuesto a venderle lo que fuera con tal de que pudiera pagar.
Al acercarse a la casa, Kezia se detuvo en la calle y contempló la fachada destartalada.
Desde que se había casado con Luca, había aprendido a confiar en su instinto, y este le decía que anduviera con cuidado.
Estaría corriendo un gran riesgo por un puesto que pagaba poco y que podría ponerla en peligro.
Casi dio media vuelta, pero la promesa de ayudar a Amelia la impulsó a seguir adelante.
Había amado a Luca en otro tiempo y habría adorado a su hijo, pero aquella pobre niña había sido violada por la misma persona en la que debía confiar.
Y traicionada por su madre, que debería haberla protegido o, al menos, intentado ayudarla.
Pero las mujeres rara vez se volvían contra sus maridos.
Era más fácil culpar a una niña inocente que aceptar que un hombre al que probablemente ambas amaban fuera capaz de semejante perversión y crueldad.
Si Amelia vivía y llevaba el embarazo a término, le quedarían dos opciones: criar a un niño que le causaba dolor por el mero hecho de existir, o dejarlo en un orfanato y condenarlo a una vida de sufrimiento y abandono.
Y si se quedaba con el niño, Amelia no tendría forma de mantenerse, pues no podría trabajar ni contar con el apoyo de los padres que le habían dado la espalda.
Por aprensiva que se sintiera, Kezia tenía clara la elección.
No quería pasarse el resto de sus días sirviendo té y pasteles a damas engreídas y caballeros lascivos.
Tenía que llegar hasta el final, y entonces, tal vez conseguiría un puesto permanente y empezaría a hacerse un nombre, lo que con el tiempo le permitiría abrir su propia consulta.
Cuando Kezia regresó a Santa Margarita, pidió hablar con Amelia en privado.
La Sra. Broome la condujo al último piso, abrió la puerta de la habitación del ático y se la sostuvo.
A diferencia de las estancias de la planta baja, que eran espaciosas, amuebladas con piezas dispares y adornadas con cortinas de colores, aquella habitación era pequeña y desnuda.
Las paredes eran de yeso sucio, las tablas del suelo estaban desgastadas y sin alfombrar, y la única ventana tenía barrotes.
Contra la pared había una cama estrecha, sin cabecero ni piecero, y bajo el borde de la colcha asomaba un orinal de metal.
Las precauciones no pasaron desapercibidas para Kezia.
La Sra. Broome había retirado todo lo que Amelia pudiera usar para hacerse daño y la mantenía encerrada por su propia seguridad.
La niña sentada en la cama parecía aún más joven de lo que indicaban sus doce años.
Llevaba el cabello rubio recogido en trenzas lacias, tenía los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar, y vestía un traje azul pálido que le colgaba como un saco del cuerpo demacrado.
Parecía a punto de desplomarse. De hecho, se mostraba tan indiferente a cuanto la rodeaba que ni siquiera levantó la vista cuando entraron las dos mujeres.
Kezia esperó a que la Sra. Broome se marchara, se sentó junto a Amelia y le tomó la mano.
—Amelia, me llamo Rose. La Sra. Broome me ha dicho que no quieres tener el bebé.
A Amelia se le llenaron los ojos de lágrimas y por fin levantó la vista.
—Es una abominación —dijo entre sollozos desgarradores—. Fue concebido en pecado.
—¿Tu padrastro te hizo daño? —preguntó Kezia.
Para sorpresa de Kezia, Amelia negó con la cabeza.
—Dijo que pronto sería una mujer y que solo quería prepararme para los deberes de esposa. Que eso me haría indispensable para mi marido y que él me amaría más si sabía cómo complacerlo.
A Amelia volvieron a llenársele los ojos de lágrimas.
—Al principio me gustaba. Nadie me había tocado ni abrazado nunca, y lo que hacía me resultaba agradable. Decía que me quería y que era muy hermosa.
Kezia asintió. Era terrible oír aquello, pero entendía cómo una niña vulnerable y hambrienta de cariño podía confundir las caricias de aquel hombre con un gesto de afecto.
—Cuando mi madre se dio cuenta de que estaba embarazada, me golpeó y me llamó mentirosa y puta.
—Expulsar la criatura del vientre entraña un gran riesgo —dijo Kezia.
—Lo sé. La Sra. Broome me lo dijo.
—¿Y sigues decidida?
Amelia clavó en Kezia una mirada que le provocó un escalofrío de miedo.
—Prefiero morir antes que tener este bebé. La Sra. Broome puede poner barrotes en las ventanas y cerrar la puerta con llave, pero encontraré la manera.
Y Kezia estaba segura de que lo haría. Querer es poder, y Amelia incluso podría ahorcarse del pomo de una puerta con un trozo de sábana. Ayudarla sería un acto de misericordia que tal vez le salvaría la vida.
—Tendrás que tomar el remedio tú misma —dijo Kezia—. Por tu propia voluntad.
Amelia asintió.
—Estoy lista.
—De acuerdo —aceptó Kezia.
Pidió a la Sra. Broome agua, toallas, una palangana y una taza de té. Mezcló unas gotas de aceite de poleo en el té y dejó la taza delante de Amelia.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—No lo haré. ¿Cuánto tardará? —preguntó Amelia.
—Si llevas un rato sin comer, el poleo podría actuar deprisa.
Amelia asintió y se bebió el té sin vacilar. Luego extendió las toallas sobre la cama, se tumbó y cruzó los brazos sobre el vientre, como si esperara que el té hiciera efecto en cuestión de minutos. Kezia se sentó a los pies de la cama.
—¿Quieres que te lea algo? —preguntó al ver que no ocurría nada y que Amelia comenzaba a impacientarse.
—No.
—¿Y si te canto?
La chica pareció sorprenderse, pero luego asintió.
—Sí, por favor.
Kezia se aseguró de cantar en inglés, una canción muy conocida que no la delataría como gitana.
Eligió «Barbara Allen», una balada que Amelia podría haber oído.
La chica no se sabía la letra, pero la acompañó tarareando.
Le temblaba la voz, pero Kezia pensó que le resultaba reconfortante.
Iba por la tercera canción cuando Amelia dejó de tararear de golpe.
Miró a Kezia con los ojos llenos de pánico.
A esas alturas, era demasiado tarde para echarse atrás, así que ambas tendrían que afrontar lo que estaba a punto de suceder.
Una vez que empezaron los dolores, todo avanzó deprisa.
Amelia sufría visiblemente, pero no se resistió a las contracciones y dejó que el poleo hiciera su trabajo.
En menos de una hora, su calvario había terminado.
Kezia la ayudó a asearse, le puso unas bragas limpias forradas con gruesos paños de lana y la arropó en la cama.
La chica le dedicó una sonrisa débil y le tendió la mano.
Tenía los dedos fríos, pero cuando apretó la mano de Kezia, su agarre fue firme.
—Gracias —dijo.
—Me alegro de haber podido ayudar. Duerme. Y cuando despiertes, come algo. Tienes que recuperar fuerzas.
Kezia bajó las toallas sucias y la palangana con los restos ensangrentados del bebé de Amelia y se lo entregó todo a una mujer que se encargaría de ello. La Sra. Broome le pagó el resto de sus honorarios y le dedicó una leve sonrisa.
—Si todavía quiere el puesto, es suyo, Srta. Zima —dijo—. ¿Cuándo puede empezar?
—Tengo que dar el preaviso, y mi habitación está pagada hasta fin de mes. Puedo mudarme el uno de abril.
La Sra. Broome asintió.
—Muy bien. Pero déjeme su dirección, por si necesito mandar a buscarla. Tenemos una mujer que saldrá de cuentas a finales de marzo.
Deslizó hacia Kezia una hoja de papel junto con pluma y tinta.
Kezia escribió su nombre y estaba a punto de anotar la dirección de la pensión cuando algo la detuvo.
En su lugar, dio la dirección de otra pensión que había visitado antes de encontrar habitación.
Volvería a Santa Margarita para ver a la mujer embarazada, pero no quería que nadie fuera a buscarla a su casa.
—Voy a ver a Amelia una última vez antes de irme —dijo Kezia tras entregarle la hoja a la Sra. Broome.
En realidad no necesitaba ver a la chica, pero Kezia se había dado cuenta de que había dejado el frasco con el resto del poleo en el alféizar de la ventana.
Subió a toda prisa y entró en silencio en la habitación.
Amelia dormía con el rostro vuelto hacia la pared y los brazos cruzados sobre el pecho.
El frasco seguía donde Kezia lo había dejado.
Lo cogió y estaba a punto de guardárselo en el bolsillo cuando se dio cuenta de que estaba vacío.
Entreabrió la puerta y examinó el frasco a la luz del aplique del pasillo. Entonces, con el corazón desbocado, volvió a entrar. Le buscó el pulso en la muñeca izquierda a Amelia. Nada. Presa del pánico, Kezia le presionó los dedos en el cuello. Tenía la piel fría y no parecía respirar.
Amelia estaba muerta.