Capítulo 20
Nicole
A pesar de que el estado de Amy seguía igual y de las inquietantes revelaciones sobre Leo, Kyle parecía un poco más tranquilo después de hablar con su madre, y me alegraba que Rita hubiera podido ayudarle.
Tenía el don de poner las cosas en perspectiva y reducir cualquier situación a partes manejables.
Nuestra prioridad era ayudar a un niño que nos necesitaba desesperadamente.
Todo lo demás quedaba en segundo plano. Y aunque Leo llevaba con nosotros menos de veinticuatro horas, me parecía notar un cambio en él.
Se le veía más tranquilo y, en cierto modo, menos frágil, y me alegraba que Kyle y yo pudiéramos ser los artífices de ese cambio.
Fue después de acostar a los dos niños y de instalarnos en el salón a tomar una copa bien merecida cuando recibí una llamada de Jonah.
—¿Tienes un momento para hablar? —preguntó.
Parecía bastante satisfecho, y estaba segura de que tenía algo interesante que contarme.
—Por supuesto —dije—. No esperaba que me devolvieras la llamada tan pronto.
Al darse cuenta de que la conversación podría alargarse, Kyle se retiró al jardín, donde podría terminar su copa en paz mientras contemplaba las estrellas.
—A veces me quejo de la tecnología, pero desde luego tiene sus ventajas —dijo Jonah—. Pude encontrar la información que necesitaba y me concedieron acceso de inmediato. Supongo que a estas alturas a nadie en la diócesis le preocupa demasiado un escándalo de hace doscientos años.
—¿Así lo consideraron en su momento?
—Hubo opiniones de todo tipo sobre lo que sucedió, y se vio implicada una cantidad sorprendente de personas —dijo Jonah—. No lo imaginarías por lo que te han contado.
—No. En absoluto. ¿A quién te refieres? —pregunté.
Eleanor y Arnold habían dado a entender que la muerte de Winslow la habían resuelto rápidamente los aldeanos que lo encontraron, lo cual no podía ser cierto tratándose de un vicario anglicano.
—Al primero que avisaron fue a sir Roderick Bentley.
Era el terrateniente local y también pariente de Winslow.
Gracias a él Winslow había obtenido el beneficio eclesiástico, y según los registros de la diócesis, Halverstead era una parroquia lucrativa antes de las dificultades económicas de 1816, así que todo un regalo para un joven clérigo.
—Qué bueno es conocer gente en las altas esferas —dije.
Siempre me había parecido algo injusto que los terratenientes locales que poseían el derecho de patronato pudieran elegir a un clérigo y presentarlo al obispo para un beneficio parroquial que, una vez concedido, el clérigo podía conservar de por vida.
Podía resultar muy lucrativo, dependiendo del valor del beneficio, ya que los ingresos del titular provenían de diezmos, tierras de la gleba y otras cuotas parroquiales.
—¿Qué pasó entonces? —pregunté.
—Sir Roderick mandó llamar al forense, un tal John Abernathy.
Examinó el cuerpo y celebró una investigación a puerta cerrada en la taberna local, con la única presencia de los hombres que habían descubierto el cuerpo.
Además de sir Roderick, por supuesto. El veredicto de Abernathy fue muerte accidental.
—Vaya accidente —dije con ironía—. Entonces, ¿no se mencionó el suicidio?
—Según el resumen del forense, había demasiadas pruebas contradictorias.
Ambas puertas parecían haber sido cerradas con llave desde el interior.
Cuando el diácono abrió la puerta principal y encontraron el cuerpo, no había ningún taburete ni escalera cerca que le hubiera permitido a Winslow colocar la soga —que evidentemente estaba a bastante altura— ni alcanzarla una vez dispuesto a ahorcarse.
—Podría haberse subido a uno de los bancos —dije.
—Habría sido todo un ejercicio de equilibrismo —dijo Jonah—, sobre todo para pasar la cuerda por encima de la viga.
—Cierto —asentí—. ¿Qué más?
—El forense también descubrió arañazos y moretones recientes en el cuerpo de la víctima, que podían habérselos causado él mismo o ser fruto de una pelea.
Y también había cicatrices más antiguas que, aunque curadas, parecían relativamente recientes.
Al preguntarles, los aldeanos no supieron explicar los moretones, pues no sabían de ningún altercado físico en el que Winslow hubiera podido verse envuelto antes de su muerte.
—¿Se llamó a declarar a alguien más aparte de los hombres que lo encontraron? —pregunté.
—Sí, pero solo a una persona: su criada, Joan Cates.
No pudo aclarar nada sobre el estado mental de su empleador ni sobre sus movimientos en los días previos a su muerte.
Declaró que a veces salía por la noche, pero no sabía adónde iba ni con quién se veía.
Y siempre parecía encontrarse bien a la mañana siguiente.
No tenía motivos para sospechar que hubiera podido verse envuelto en un altercado.
—¿Había arañazos recientes en el cuello cuando bajaron el cuerpo? —pregunté.
—Sí, pero según el forense, no influyeron en su dictamen en un sentido ni en otro. Los arañazos podían deberse a que alguien intentó pasarle la soga por el cuello, o bien Winslow pudo cambiar de opinión sobre quitarse la vida y arañar la cuerda para salvarse.
—Entonces, no hay forma de saber con certeza si fue suicidio o asesinato —dije, decepcionada por no obtener una respuesta más concluyente.
—No, no la hay. Abernathy comunicó su dictamen a la diócesis, y el obispo Harries envió a un archidiácono para hacerse cargo de la vicaría.
—¿Qué implicaba eso? —pregunté.
—Se haría cargo de los documentos importantes de la iglesia y supervisaría la vacante hasta que se pudiera nombrar un nuevo vicario —explicó Jonah—. El archidiácono Collins permaneció en Halverstead tres meses.
—¿Sabemos quién se hizo cargo cuando se marchó? —pregunté.
—Eh, déjame ver. Ah, aquí está. Warren Mills.
—¿Era pariente de sir Roderick?
—No lo creo. Lo nombró la diócesis.
—¿Y qué hay del entierro?
—El expediente incluía varias cartas, la correspondencia entre el obispo y el archidiácono —respondió Jonah—. En ellas se trataban los preparativos del entierro.
—¿Qué había que tratar si la muerte no se había dictaminado como suicidio? —pregunté.
—El archidiácono Collins creía en privado que Winslow se había quitado la vida y, dado que había muerto antes de que se aprobara la Ley de Entierro de Suicidas en 1823, recomendó un entierro acorde con un suicidio.
Pero a la vista de las conclusiones del forense —y probablemente para evitar más escándalos a la Iglesia— el obispo Harries decidió concederle a Winslow el beneficio de la duda.
—Jonah hizo una pausa, posiblemente para consultar sus notas, y luego continuó—: Aunque no había pruebas irrefutables de que se hubiera cometido un crimen, había indicios suficientes para sugerir que la muerte no había sido un caso sencillo de un hombre que decidía poner fin a su vida de forma consciente.
Así que el obispo determinó que Winslow no había estado en su sano juicio en el momento de su muerte y que, por tanto, merecía compasión.
—¿Qué era la Ley de Entierro de Suicidas? —pregunté.
—Modificó la legislación para quienes se consideraba que se habían quitado la vida.
Antes de la Ley, a una persona declarada felo de se se le podía negar sepultura en tierra consagrada y ser enterrada en un cruce de caminos o junto a una carretera, a veces con una estaca clavada en el cuerpo.
La Ley puso fin a eso. A partir de 1823, el difunto podía ser enterrado en el cementerio parroquial u otro camposanto apropiado, aunque seguía habiendo restricciones.
El entierro debía celebrarse entre las nueve de la noche y la medianoche, y no se permitía el oficio religioso cristiano habitual.
Aun así, para la familia debió de ser un consuelo.
Al menos su ser querido ya no era tratado como un criminal, ni siquiera después de muerto.
—¿Entonces Winslow recibió un funeral en condiciones? —pregunté para confirmar.
—Eso parece.
—¿Tenía más familia aparte de sir Roderick?
—El expediente no lo especifica, pero sí indica que no estaba casado.
—Gracias, Jonah. No sabes cuánto te lo agradezco.
—Ha sido un placer. Cuéntame lo que descubras.
—Lo haré —prometí.
—¿Piensas contar con la Dra. Allenby? —preguntó Jonah.
—Voy a preguntarle a Quinn si quiere ayudar, pero ha estado bastante ocupada últimamente. Está rodando un nuevo episodio de Echoes from the Past .
—Sí, he visto los anuncios de un especial de Echoes . Tengo muchas ganas de verlo. Es uno de mis programas favoritos.
—El mío también, sobre todo ahora que conozco a la presentadora en persona. Pero Quinn poco puede hacer si no encontramos un objeto que perteneciera a Rosina de Winter.
—Sí, supongo que después de tantos años eso podría resultar complicado. Aun así, los objetos históricos suelen aparecer cuando menos te lo esperas. ¿Quizá en la tienda de antigüedades del pueblo?
—Dudo que Rosina de Winter poseyera nada que pudiera considerarse una antigüedad. Probablemente apenas ganaba lo suficiente para alimentarse ella y a su hija, sobre todo en los meses previos a su arresto.
—Ciertos objetos domésticos de uso corriente en el siglo XIX son ahora curiosidades muy valiosas. Puede que aún aparezca algo —dijo Jonah.
—Eso espero. Tengo muchísimas ganas de saber más sobre la vida de Rosina.
Hablamos unos minutos más y puse a Jonah al corriente de lo que estaba pasando con Amy y Leo. Ahora que sabía que él había acogido a la hija de su primo, me interesaba aún más su punto de vista y esperaba que pudiera aconsejarme.
—Sé que no es fácil hacerse cargo del hijo de otra persona —dijo Jonah—, pero estás haciendo lo correcto. Y confío en que pronto se presentará una solución favorable.
No podía imaginar en qué consistiría esa solución, pero en mi experiencia, las oportunidades prometedoras rara vez se presentaban sin que alguien las hiciera posibles.
Y tratándose de Leo, Kyle y yo éramos las únicas personas que podían ofrecerla en ese momento, ya que no era probable que Leo volviera con Amy a corto plazo.
Jonah y yo seguimos hablando unos minutos más y luego, como Kyle seguía en el jardín, decidí llamar a Quinn.