EPÍLOGO
Corvoeira
Álvaro volvió a Corvoeira en primavera.
No llevaba intención de acercarse a A Illa dos Corvos.
Al menos eso se dijo mientras bajaba del coche con la cámara guardada en la mochila y comprobaba el tiempo en el teléfono.
Habían pasado varios meses desde que Uxía publicara su artículo y desde que él cancelara aquella primera salida después de hablar con ella.
Durante ese tiempo había seguido leyendo todo lo que aparecía sobre la isla, incluidos los avisos oficiales, el informe preliminar de Sabela y las discusiones interminables de personas convencidas de que aquello debía de tener una explicación sencilla si alguien buscaba lo suficiente.
Álvaro no pensaba así. Creía a Uxía y también creía que Sabela no había exagerado cuando escribió que ninguna combinación conocida permitía predecir una apertura.
Por eso se limitó durante dos días a grabar desde tierra. Entrevistó a vecinos que quisieron hablar con él, evitó a quienes no y pasó una mañana entera filmando el mar desde un promontorio desde el que la isla apenas ocupaba una parte del horizonte.
El tercer día alquiló una pequeña embarcación.
No para llegar hasta A Illa dos Corvos, se dijo, sino para conseguir una toma desde el mar, lo bastante lejos para mantener la costa a la vista y regresar en cuanto cambiara el tiempo.
Había viento. El cielo estaba despejado en buena parte y no había ninguna brétema anormalmente localizada. Miró la previsión otra vez antes de salir y recordó la conversación con Uxía. Estuvo a punto de cancelar, pero no lo hizo. Se prometió que no se acercaría más de lo necesario.
Durante la primera media hora cumplió.
La costa seguía claramente visible detrás de él y A Illa dos Corvos permanecía lejos, oscura contra el agua. Álvaro colocó la cámara sobre un soporte, grabó varios minutos y comprobó el resultado. Ya tenía la toma que había ido a buscar.
Apagó la cámara y entonces vio la niebla.
Al principio era solo una mancha baja junto a la isla. Álvaro se quedó mirándola. No parecía avanzar desde mar abierto ni formarse de manera uniforme alrededor de la costa. Se concentraba en un espacio reducido, más densa en el centro y casi transparente unos metros más allá.
Sintió que el pulso se le aceleraba y recordó el informe: brétema intensamente localizada.
Miró el pequeño indicador de viento. Había bajado. No estaba a cero todavía.
Álvaro encendió el motor. Debía volver y lo sabía, pero antes levantó la cámara. Solo unos segundos. No quería acercarse ni siquiera necesitaba moverse; únicamente grabar aquello desde la distancia.
La imagen mostraba la isla parcialmente cubierta y el límite extraño de la niebla. Álvaro amplió.
El viento disminuyó un poco más. Bajó la cámara.
—Ya está.
Lo dijo en voz alta porque escuchar su propia voz lo tranquilizó. Giró la embarcación hacia la costa, que todavía podía ver. Nada había ocurrido. La advertencia servía para eso: reconocer las señales antes de perder referencias.
Aumentó el motor y avanzó durante unos minutos. Después miró otra vez hacia atrás.
La niebla había crecido. No parecía más cerca; sin embargo, ocupaba una porción mayor del paisaje.
Álvaro frunció el ceño y consultó la posición en el teléfono. La aplicación tardó en cargar. El punto apareció, desapareció y volvió unos metros más al norte.
—No.
Dejó el teléfono y miró directamente hacia tierra. La costa seguía allí, más difusa, quizá porque se había levantado humedad sobre el agua.
El viento cesó.
Esta vez lo notó en la cara. Un instante antes le movía el pelo; al siguiente, el aire quedó inmóvil.
Álvaro sintió un golpe de miedo, no curiosidad ni entusiasmo. Aumentó la potencia del motor y el ruido llenó el pequeño espacio de la embarcación mientras él miraba una vez más hacia la isla, se obligaba a apartar los ojos y se concentraba en volver.
La costa seguía delante, o creyó que seguía delante. El agua parecía más lisa. Una gaviota pasó a cierta distancia. Álvaro la vio abrir el pico y no oyó nada.
La mano se le quedó inmóvil sobre el mando. Recordó una frase del artículo de Uxía, no las palabras exactas, solo la idea: si empiezas a perder el sonido, no esperes a entender por qué.
Giró más. La proa respondió. El motor continuaba funcionando, aunque ahora parecía llegar desde un lugar extraño, como si la máquina estuviera más lejos de lo que indicaba la vibración bajo sus pies.
Álvaro tragó saliva.
—No.
La costa había perdido definición. No sabía si seguía avanzando hacia ella.
Miró la brújula. La aguja digital osciló. El teléfono dejó de situarlo.
Guardó ambos. Ya no importaban. Necesitaba una referencia real: una casa, un acantilado, una boya, cualquier punto que no cambiara.
La niebla apareció a su izquierda y Álvaro giró inmediatamente hacia la derecha. Creyó que había acertado. La zona gris quedó detrás, el motor recuperó volumen y sintió aire en la cara. Soltó una respiración que no sabía que estaba conteniendo.
Entonces el viento volvió a caer.
Álvaro miró hacia delante. Había niebla y no supo cómo podía estar allí.
Redujo el motor. Aquello fue un error y lo supo en cuanto lo hizo, porque el silencio aumentó. Volvió a acelerar. La embarcación respondió, pero el sonido del motor ya no tenía una dirección clara.
Álvaro buscó la costa. No la encontró.
La visibilidad se redujo en pocos segundos a diez metros, quizá menos. El mundo terminó alrededor del casco.
Sacó el teléfono. No tenía cobertura y la posición aparecía lejos del punto donde creía encontrarse; cambió antes de que pudiera leerla.
Lo guardó.
—Da la vuelta.
La orden era para sí mismo. Giró y esperó encontrar agua más limpia, pero no apareció. Giró otra vez y dejó de saber si regresaba sobre su rumbo o dibujaba círculos.
La superficie del mar apenas se movía.
Álvaro recordó entonces algo que Uxía le había dicho en la cafetería: no esperes a comprobar si el sonido realmente desaparece.
Cerró los ojos un instante. Todavía oía el motor, muy apagado, y también su respiración.
Buscó algo más: una gaviota, viento, agua contra el casco. Nada. Álvaro abrió los ojos. La niebla lo rodeaba por completo.
Apretó el mando y avanzó sin saber hacia dónde. Esperó escuchar el golpe de las olas, algún cambio, cualquier cosa que le permitiera saber que seguía en el mismo mar.
No llegó. Y entonces dejó de oír el mar.