CAPÍTULO 45
Corvoeira
La fotografía terminó colgada en la cocina.
Uxía había pensado en guardarla en el teléfono, quizá imprimirla algún día, pero Puri la vio y decidió que una imagen tan mala merecía un lugar visible.
—Precisamente porque es mala —dijo mientras buscaba un marco—. Las buenas parecen preparadas.
La fotografía mostraba a Xoán y Ramón demasiado cerca de la cámara, mal encuadrados y riéndose porque ninguno sabía dónde mirar. La nariz de Xoán ocupaba más espacio del razonable y Ramón aparecía ligeramente cortado por un lado.
Carme la observó cuando Puri la colocó.
—Ese es Xoán.
—Sí.
—¿Y el otro?
Ramón estaba sentado a la mesa.
—Yo.
Carme lo miró. Después volvió a mirar la foto.
—Sales mejor ahí.
Uxía soltó una carcajada.
—Eso es discutible.
Ramón se levantó para acercarse.
—No sé por qué queréis colgarla.
Uxía se apoyó en la encimera.
—Porque es nuestra.
Ramón no preguntó qué significaba. Quizá ya empezaba a entenderlo.
Había fotografías antiguas que servían para demostrar que alguien había existido, para reconstruir una cara, una casa o un momento que nadie vivo podía recordar. Aquella no tenía esa función. Todos los que aparecían en ella podían contar lo ocurrido cinco minutos antes y cinco minutos después.
Era una imagen inútil para una investigación. Por eso resultaba importante.
* * *
La vida empezó a llenarse de cosas que no tenían relación con A Illa dos Corvos. No de repente ni por completo.
Sabela continuaba trabajando con los datos y colaboraba con varios equipos que estudiaban el fenómeno desde tierra y mediante sistemas remotos. Bieito preguntaba demasiado cada vez que ella salía, y Sabela respondía dónde iba incluso cuando sabía que él ya lo sabía.
Manuel empezó a trabajar de nuevo, aunque todavía no había decidido si quería recuperar exactamente la vida profesional que había imaginado antes de desaparecer o construir otra. Maruxa le enviaba ofertas absurdas únicamente para molestarlo.
Ramón iba algunas mañanas al bar. No tenía contrato. Bieito insistía en que tampoco tenía horario. Ramón aparecía igualmente a la misma hora.
—Eso es un horario —le señaló Sabela.
—Es una costumbre.
—Es exactamente la definición de un horario.
—No.
Sabela había descubierto que discutir con Ramón podía durar mucho tiempo si uno permitía que empezara.
Carme seguía teniendo días buenos y otros en los que la realidad se desordenaba de formas que nadie podía corregir. A veces sabía que Xoán había vuelto después de muchos años. Otras lo esperaba sin darse cuenta de que estaba sentado delante de ella.
Con Ramón era distinto: no siempre recordaba quién era, pero había dejado de tratarlo como a un desconocido.
—El de la cuchara —decía algunos días.
O simplemente:
—Ramón.
Él aceptaba ambas cosas.
* * *
Una mañana, Xoán llamó a Uxía.
—¿Trabajas?
—Siempre.
—Eso no responde.
—Entonces ¿para qué preguntas?
—Quiero caminar.
Uxía miró el documento abierto en su ordenador. Llevaba casi una hora cambiando dos frases.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Que voy.
—Ah.
—Pareces sorprendido.
—Pensaba que ibas a decir que tenías cosas que hacer.
—Las tengo.
—Entonces…
—Papá.
Xoán calló.
—Voy.
Se encontraron poco después. No eligieron una ruta especial. Aquello también había cambiado.
Al principio de su regreso, cada paseo había tenido algo de reconstrucción. Xoán señalaba lugares, preguntaba qué había allí antes, intentaba reconocer calles y buscaba conexiones con una vida interrumpida.
Ahora podían caminar sin investigar.
Uxía le contó un problema del trabajo. Xoán se quejó del café de un bar nuevo. Discutieron sobre si Ramón estaba ayudando realmente a Bieito o reorganizando el almacén por tercera vez.
—Bieito dice que no encuentra nada.
—Ramón dice que ahora está todo donde debe estar.
—Eso no es lo mismo.
—Díselo tú.
Llegaron hasta un tramo desde el que podía verse el mar. A Illa dos Corvos quedaba lejos. No había brétema. El viento soplaba con bastante fuerza y el agua golpeaba las rocas.
Uxía se detuvo. Todavía lo hacía: comprobar el sonido. Xoán también. Se miraron.
—Lo haces —dijo ella.
—Tú también.
—Supongo que se quedará.
Xoán asintió.
—No me molesta.
A Uxía tampoco. Había recuerdos que uno quería dejar atrás y otros que simplemente aprendía a llevar sin que ocuparan todo el espacio.
Continuaron caminando.
—He leído una parte —dijo Xoán.
Uxía se detuvo.
—¿Qué parte?
—Del libro.
—¿Cómo?
—Dejaste el portátil abierto.
—Eso no te da derecho a leer.
—Había una página en pantalla.
—Podías cerrar los ojos.
—No pensé tan rápido.
Uxía lo miró con indignación fingida.
—Eres un cotilla.
—Eso parece.
—¿Y?
Xoán tardó en contestar.
—Me gusta.
Uxía siguió andando.
—Has leído una página.
—Entonces me gusta una página.
—Muy útil.
—Hablas mucho de esperar.
Ella lo miró.
—Porque es importante.
—Ya.
Xoán bajó la vista hacia el camino.
—Antes no lo entendía.
Uxía sabía a qué se refería.
—Ahora sí.
—Demasiado.
Caminaron unos metros sin hablar.
—Cuando desapareciste —continuó Xoán—, hubo un momento en que pensé que quizá volverías sin recordar estos meses.
Uxía sintió un nudo en el pecho.
—Manuel me dijo que, si ocurría, yo podía contártelos.
Ella no conocía aquella conversación.
—¿Eso te dijo?
—Sí.
Uxía sonrió.
—Muy propio de Manuel.
—Me ayudó.
—A mí me habría dado mucha rabia.
Xoán la miró.
—¿Por qué?
—Porque acababa de empezar a conocerte.
La frase llevaba mucho tiempo entre ellos. Dentro de la brétema había sido miedo. Ahora sonaba de otra manera.
—Yo también a ti —dijo Xoán.
Uxía miró el mar.
—Creo que lo estamos haciendo bastante despacio.
—Tenemos tiempo.
Ella volvió la cabeza. Xoán debió de darse cuenta de lo que acababa de decir porque sonrió.
—Eso ha sido valiente.
—Sí.
—No sabemos cuánto.
—Nunca lo hemos sabido.
Uxía pensó que tenía razón. Ni antes de la brétema ni después. La anomalía solo les había obligado a mirar de frente algo que el resto del mundo conseguía ignorar con más facilidad.
Nadie sabía cuánto tiempo tenía. La diferencia estaba en poder vivirlo mientras ocurría.
* * *
Ramón encontró a Xoán arreglando una vieja caja de madera aquella tarde y se sentó frente a él.
—Eso está torcido.
Xoán no levantó la cabeza.
—Buenas tardes para ti también.
—Te lo digo para que no sigas.
—Me queda poco.
—Eso.
Ramón cogió la caja.
—Mira.
Xoán se la dejó.
Habían empezado a hacer aquello sin darse cuenta. Ramón sabía reparar cosas que Xoán nunca había aprendido a arreglar. Xoán, a cambio, le enseñaba otras que en 1947 no existían y que Ramón insistía en comprender aunque después fingiera que no le interesaban.
—Así —dijo Ramón.
Xoán observó sus manos.
No las recordaba. No había forma de que lo hiciera. Aun así, empezaba a reconocerlas: sabía cómo agarraban una herramienta, cómo Ramón movía el pulgar cuando estaba pensando y cómo inclinaba la cabeza antes de decir que algo estaba mal hecho.
Eran recuerdos nuevos. La idea seguía sorprendiéndolo.
—¿Qué? —preguntó Ramón.
—Nada.
—Llevas un rato mirando.
Xoán sonrió.
—Estoy aprendiendo.
Ramón le devolvió la caja.
—Entonces aprende bien.
Xoán la examinó.
—¿Sabes que eres bastante mandón?
—Tú también.
—Eso dicen.
Ramón cogió otra herramienta.
—Uxía se parece a ti.
—Eso también dicen.
—Y tú a Xosefa.
Xoán levantó la mirada. Ramón no hablaba demasiado de ella desde la visita al cementerio.
—¿En qué?
—En algunas cosas.
—¿Cuáles?
Ramón pensó.
—Cuando estás preocupado haces como si estuvieras ocupado.
Xoán miró la caja que llevaba veinte minutos reparando sin necesidad.
—Puede ser.
Ramón sonrió.
Xoán apoyó la herramienta. Había algo que llevaba días queriendo decir y no encontraba una manera de hacerlo sin que sonara extraño. Quizá porque era extraño.
—Papá.
Ramón se quedó inmóvil. No fue una reacción exagerada. Solo dejó de mover las manos.
Xoán sintió que la palabra permanecía entre los dos. Era la primera vez que la utilizaba para dirigirse a él.
Ramón levantó lentamente los ojos.
—¿Qué?
La voz había cambiado. Xoán sonrió.
—Nada. Quería preguntarte si esto ya está bien.
Ramón miró la caja. Sabía que no era verdad. También comprendió que Xoán no podía hacer más en aquel momento.
—Ahora sí.
Cogió la herramienta otra vez y continuaron trabajando. Ninguno volvió sobre la palabra.
* * *
Esa noche cenaron todos los que cabían alrededor de la mesa.
Bieito y Sabela llegaron con comida del bar. Manuel apareció con Maruxa. Puri protestó porque nadie le había avisado de que serían tantos y después añadió dos sillas más.
Carme preguntó tres veces qué celebraban. Las tres recibió una respuesta distinta.
—Que Ramón ya sabe usar el microondas —dijo Uxía.
—Eso es mentira —respondió él.
—Que Manuel ha conseguido no salir en la prensa durante una semana —añadió Maruxa.
—También mentira.
Bieito levantó una botella.
—Entonces celebramos que nadie sabe qué celebramos.
Carme asintió.
—Eso sí tiene sentido.
Comieron. Hablaron demasiado, se interrumpieron, discutieron sobre una receta. Sabela y Uxía terminaron riéndose por algo que ninguno de los demás entendió. Manuel contó una historia anterior a 1985 y Maruxa lo corrigió porque aseguraba recordarla de otra manera.
Ramón escuchaba más de lo que hablaba. En algún momento Uxía lo sorprendió mirando la mesa.
—¿Qué pasa?
Él negó.
—Nada.
—Esa respuesta nunca significa nada.
Ramón miró alrededor.
—Pensaba que no sabía que una familia podía hacer tanto ruido.
Uxía sonrió.
—Esta sí.
Carme levantó la cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Que hacéis mucho ruido.
—Pues vete a otra casa.
Ramón empezó a reír. Carme también, aunque probablemente ya no supiera por qué.
* * *
Después de cenar, los demás fueron marchándose. Bieito y Sabela salieron primero. Manuel acompañó a Maruxa. Puri llevó a Carme a acostarse y Ramón se retiró poco después.
Uxía ayudó a Xoán a recoger.
—Ha estado bien.
—Sí.
—¿Estás cansado?
—Mucho.
—Yo también.
Guardaron los platos. Xoán cerró el lavavajillas.
—Ramón me ha contado que sigues escribiendo.
Uxía se volvió.
—¿Ahora habláis de mí?
—Somos familia. Dijiste que las familias hacen eso.
—Eso no lo dije yo.
—Lo dijo Ramón.
—Peor.
Xoán se apoyó en la encimera.
—¿Cómo acaba?
—¿El libro?
—Sí.
Uxía negó.
—Todavía no lo sé.
—Pensaba que los escritores sabíais esas cosas.
—A veces.
—¿Y esta vez?
Uxía miró la cocina: la taza azul de Carme, la blanca de Ramón, la fotografía torcida en la pared y dos vasos que nadie había recogido.
—Creo que no acaba con la isla.
Xoán esperó.
—Ni con Ramón saliendo. Ni con el informe. Ni siquiera con lo que descubrimos.
—¿Entonces?
Uxía pensó antes de responder.
—Con nosotros siguiendo.
Xoán asintió.
—Ese final me gusta.
Uxía recogió el último vaso.
—Todavía no lo he escrito.
—No tengas prisa.
La frase la hizo sonreír.
—Eso sí que no esperaba oírtelo decir.
—Estoy aprendiendo.
Uxía se acercó. No había planeado abrazarlo. Simplemente lo hizo.
Xoán tardó una fracción de segundo y después la rodeó con los brazos. Aquello tampoco era nuevo. Se habían abrazado otras veces, pero Uxía sintió que esta vez no había miedo detrás. No acababa de regresar nadie ni se estaban despidiendo; esta vez ninguno comprobaba que el otro siguiera allí.
Era solo su padre y ella era su hija.
—Te quiero —dijo.
Las palabras salieron sin preparación. Xoán apretó los brazos alrededor de ella.
—Yo también te quiero.
Uxía se quedó dentro del abrazo. Habían tardado meses y le pareció bien. No quería que aquella frase hubiera llegado antes de que pudieran reconocer todo lo que contenía.
* * *
Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, Uxía abrió el portátil. No para trabajar. Solo quería mirar una vez más el manuscrito.
Llegó hasta el final. La última frase seguía siendo: «Lo demás ya no pertenecía a la investigación, sino a nosotros».
Pensó en borrarla. No lo hizo.
Debajo escribió: «Durante mucho tiempo creímos que recuperar a alguien significaba devolverlo al lugar que había dejado.
No era posible. El lugar había cambiado, las personas también y había años que nadie podía entregar de vuelta.
Recuperar era otra cosa: sentarse a una mesa distinta, aprender nombres nuevos, escuchar historias que uno no había vivido y aceptar que el tiempo perdido seguiría perdido sin impedir por ello que empezara otro».
Leyó el párrafo y después añadió: «Ramón no volvió a 1947. Xoán no volvió a 1985. Ninguno recuperó la vida que habría tenido. Volvieron a nosotros».
Uxía dejó las manos sobre el teclado.
Desde la habitación de Ramón llegó un ruido, unos pasos y la puerta de un armario. Después volvió el silencio. Esperó y oyó otro paso.
Sonrió: todo era normal. Cerró el documento.