CAPÍTULO 1
Uxía reconoció el olor antes que las casas.
Le llegó nada más bajar del coche, mientras estiraba las piernas después de cinco horas de carretera y una última hora de curvas: salitre, gasoil de la lonja, algas secándose entre las piedras y aquel fondo dulzón que nunca había sabido si pertenecía al musgo de los tejados o a la humedad del pueblo.
Llevaba diecisiete años sin pisar Corvoeira y, aun así, su cuerpo pareció reconocerlo antes que ella.
Cerró la puerta del coche y permaneció unos segundos con una mano apoyada en el techo.
A su espalda, la carretera desaparecía entre casas estrechas y fachadas comidas por la humedad.
Delante, el pueblo descendía hacia la ría con la misma inclinación que recordaba, aunque algo había cambiado: había menos voces, más persianas bajadas y muchos menos mástiles en el puerto.
Casa Freire seguía exactamente donde la había dejado, y eso era lo peor de volver a un lugar como aquel.
Desde lejos parecía que nada se hubiera movido, pero bastaba acercarse para descubrir cuánto había envejecido todo.
Las contraventanas verdes estaban más descascarilladas, la mancha bajo el canalón había crecido y el peldaño roto de la entrada seguía sin reparar, como si también él hubiera esperado todos aquellos años.
Uxía sacó la maleta del coche y las ruedas resonaron sobre los adoquines de la calle vacía.
—Ya has llegado —dijo Puri desde la puerta, secándose las manos en el delantal, como si Uxía hubiera salido a comprar el pan y no acabara de recorrer setecientos kilómetros.
—Puri —respondió Uxía, y la abrazó sin pensarlo.
La mujer que recordaba grande y casi indestructible le llegaba ahora por debajo del hombro, y Uxía notó los huesos bajo el jersey, una fragilidad que no estaba allí la última vez que la había visto.
—¿Cómo está?
Puri se separó lo justo para mirarla. Era la hermana menor de Carme y la única tía que le quedaba, aunque Uxía llevaba tantos años llamándola simplemente Puri que la palabra tía parecía referirse a otra persona.
—Hoy tiene un buen día. Sabe que vienes.
No añadió nada más porque tampoco hacía falta. La forma en que apartó la mirada y se inclinó para coger la maleta decía bastante.
Dentro, la casa olía a caldo, madera húmeda y habitaciones poco ventiladas, exactamente como Uxía la recordaba, como si el tiempo hubiera sabido avanzar en todas partes menos allí.
Dejó la maleta en el pasillo, junto al viejo perchero, y reparó en un chubasquero demasiado grande para pertenecer a Puri o a su madre.
Durante un segundo tuvo la impresión absurda de que la casa seguía reservando espacio para personas que ya no estaban, pero apartó la idea y siguió el sonido de la radio hasta la cocina.
Carme estaba sentada junto a la ventana, con las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en la ría.
El pelo, que Uxía recordaba gris y siempre recogido deprisa, era ahora casi blanco.
Se le había afinado el rostro y la ropa le quedaba grande, pero conservaba aquella manera de inclinarse ligeramente hacia el cristal, atenta al agua como si esperase ver aparecer algo en cualquier momento.
—Mamá —dijo Uxía.
Carme se volvió despacio. Durante el viaje, Uxía había imaginado muchas veces aquel instante y se había preparado para que su madre dudara, para que la confundiera con otra persona o para descubrir en sus ojos que ya no quedaba ningún lugar donde ella pudiera regresar.
—Uxía —respondió Carme sin vacilar.
Uxía sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho y consiguió contestar:
—Sí, mamá.
Carme sonrió al reconocerla, y Uxía volvió a encontrar en su expresión a la madre que recordaba.
—Has venido.
—He venido.
Por un momento estuvo completamente allí. Después miró hacia el pasillo, como si esperara que alguien más apareciese detrás de ella, y preguntó:
—¿Y tu padre? ¿No venía contigo?
Uxía contuvo la respiración y miró a Puri. Su tía negó muy despacio con la cabeza, apenas un movimiento que significaba que no debía corregirla.
Habían hablado de aquello por teléfono. Puri le había explicado que algunas veces Carme vivía en el presente y otras regresaba a épocas distintas sin darse cuenta.
Discutir con ella, demostrarle que estaba equivocada o devolverla de golpe a una ausencia que en ese momento podía haber olvidado solo conseguía hacerla sufrir de nuevo.
Aun sabiéndolo, Uxía no estaba preparada.
—Hoy he venido sola —respondió.
Carme aceptó la explicación sin extrañarse, como si la ausencia de Xoán fuera solo un retraso que no merecía más preguntas.
—Pues que no tarde.
Después volvió la mirada hacia la ventana y comentó que el mar estaba muy tranquilo.
Uxía sintió un escalofrío en los brazos, aunque no había nada extraño en la frase.
Su madre hablaba del mar como habían hablado de él generaciones de mujeres en Corvoeira, pendientes del viento, las mareas y el aspecto del cielo porque durante mucho tiempo de eso había dependido que los hombres regresaran a casa.
Aun así, Uxía siguió la dirección de su mirada. La ría se extendía gris hasta la boca, encajada entre las dos puntas rocosas. Más allá, bajo el cielo de noviembre, podía distinguirse la silueta oscura de A Illa dos Corvos.
De niña la había dibujado decenas de veces desde las ventanas de aquella casa y también le habían prohibido acercarse a ella.
Nunca le dieron una explicación completa, solo órdenes pronunciadas con una seriedad que no admitía preguntas y conversaciones que terminaban en cuanto ella entraba en una habitación.
La isla y su padre ocupaban un lugar parecido en sus recuerdos: siempre estaban allí, pero nadie parecía dispuesto a contarle toda la historia.
Uxía se sentó frente a su madre mientras Puri empezaba a moverse por la cocina, abriendo un cajón, doblando un paño y colocando una taza que ya estaba colocada. Entendió que aquella era su manera de concederles intimidad sin dejarlas solas del todo.
—¿Has comido? —preguntó Carme al cabo de un rato.
—Sí.
—Estás muy delgada.
Uxía sonrió al fin, porque aquella frase sí pertenecía a todas las versiones de su madre.
—Tú también.
Carme frunció el ceño, como si la respuesta no terminara de tener sentido, pero enseguida perdió interés y regresó a la ventana.
Uxía bajó la mirada hacia las manos de su madre y reconoció la alianza. Seguía allí, gastada y demasiado grande alrededor de un dedo que se había vuelto fino con los años. Nunca se la había quitado, y Uxía tuvo que apartar los ojos después de fijarse en ella.
No había regresado a Corvoeira para abrir preguntas viejas, sino porque su madre necesitaba ayuda y porque Puri llevaba demasiado tiempo ocupándose sola de todo.
Eso era lo único que debía importarle, y se lo había repetido durante el viaje cada vez que la carretera se acercaba un poco más al pueblo.
Diecisiete años sin volver eran demasiado tiempo para pretender que nada doliera, pero también demasiado para empezar a desenterrar todo lo que había dejado atrás.
Aquella noche se instaló en la habitación que había sido suya.
El papel pintado estaba descolorido y se había levantado en una esquina por la humedad.
Sobre la cama seguía el mismo póster, algo torcido, y dentro del armario encontró dos perchas que reconoció sin saber por qué.
Deshizo solo parte de la maleta y dejó el resto de la ropa dentro, como si no colocarla en los cajones pudiera convertir su estancia en algo provisional.
Antes de acostarse se acercó a la ventana. Las pocas luces del puerto temblaban sobre el agua y, más allá de las casas, la ría permanecía tan inmóvil que enseguida le vino a la cabeza la misma expresión: estaba demasiado quieta.
El pensamiento apareció con tanta naturalidad que Uxía tardó un momento en darse cuenta de que no sabía de dónde procedía.
Tal vez había oído aquellas palabras de niña, a Carme, a Puri o a cualquiera de las mujeres que esperaban en el puerto cuando los barcos tardaban más de lo previsto.
Quizá era una de esas frases que llevaban tanto tiempo repitiéndose en Corvoeira que ya nadie recordaba quién la había dicho primero.
Miró hacia A Illa dos Corvos, aunque apenas podía distinguirla en la oscuridad, y terminó por correr la cortina y meterse en la cama.
Tardó mucho en dormirse mientras escuchaba las tuberías, el crujido de las tablas del pasillo y, ya entrada la madrugada, los pasos de Puri entrando en la habitación de Carme para comprobar que estaba bien.
Fuera, sobre la superficie inmóvil de la ría, empezaban a formarse los primeros hilos de niebla.