La brétema PRÓLOGO
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La brétema

La brétema

Por Angela Arco

© inepub.com

PRÓLOGO

El mar estaba demasiado quieto aquella mañana, y Amaro Cebreiro lo notó antes de salir de casa, mientras se ajustaba las botas junto a la puerta y escuchaba el silencio que llegaba desde el puerto.

No era una calma agradable, sino una quietud extraña que parecía haberse extendido también por las calles.

Los perros no ladraban y las gaviotas permanecían inmóviles sobre los tejados, con las alas recogidas y el pico escondido entre las plumas.

Su padre le había enseñado a desconfiar de mañanas así, y antes que él lo había hecho su abuelo, aunque ninguno de los dos le había explicado nunca qué era exactamente lo que temían.

—No vayas —le dijo su mujer desde la lumbre.

Amaro se quedó con las manos sobre los cordones y llegó a considerar obedecerla. Después terminó de atárselos, se levantó y abrió la puerta sin responder.

O Peirao Vello estaba casi vacío. A aquella hora apenas se veía movimiento, solo algunas barcas amarradas y el agua golpeando despacio contra la piedra.

Amaro empujó la suya hasta hacerla flotar, subió a bordo y comenzó a remar hacia A Illa dos Corvos, donde conocía bien los lugares en los que buscar pulpos entre las rocas antes de que amaneciera por completo.

Quienes lo vieron alejarse aquella mañana fueron también los últimos que pudieron asegurar que seguía allí.

Dos muchachos recogían leña cerca de la costa cuando vieron levantarse varias aves sobre la isla. Salieron todas a la vez, como si algo las hubiera espantado, y fue entonces cuando uno de los chicos se dio cuenta de que la niebla estaba entrando en la ría.

No era extraño que hubiera niebla en Corvoeira, pero aquella no llegó de la manera habitual.

No avanzó despacio desde el mar ni se fue extendiendo poco a poco sobre el agua, sino que apareció de repente y, en apenas unos minutos, cubrió la ría entera con una densidad que ninguno de los dos había visto antes.

Los muchachos dejaron la leña en el suelo y echaron a correr hacia el pueblo.

Cuando los primeros hombres llegaron al muelle con los candiles encendidos, la niebla ya lo había cubierto todo y, desde el borde de O Peirao Vello, apenas podía distinguirse la barca amarrada más cercana.

Esperaron allí mientras llamaban a Amaro una y otra vez, aunque sus voces parecían perderse en cuanto entraban en aquella blancura.

Nadie quiso salir a buscarlo mientras la niebla siguiera cerrando la entrada de la ría.

Tardó casi tres horas en comenzar a levantarse y, cuando por fin el horizonte volvió a aparecer, el mar seguía allí, tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.

Los hombres salieron entonces con varias embarcaciones y recorrieron la zona alrededor de A Illa dos Corvos.

Buscaron entre las rocas, rastrearon la costa y siguieron las corrientes durante horas, pero no encontraron restos de una barca, ni un remo, ni una nasa flotando sobre el agua.

No apareció nada que permitiera explicar qué había ocurrido.

Amaro Cebreiro no volvió aquel día ni al siguiente. Con el paso de las jornadas, la búsqueda se fue apagando hasta que dejó de salir ninguna barca a buscarlo. La suya tampoco apareció nunca y, sin un cuerpo al que velar, la familia tuvo que despedirse de él ante una caja vacía.

Fue durante aquel velatorio cuando Manuela Pardo decidió hablar.

Vivía en una casa de piedra levantada sobre A Punta Meiga y en el pueblo la llamaban meiga , aunque casi nadie se atrevía a hacerlo delante de ella.

Algunos decían que sabía cosas que los demás no sabían; otros, simplemente, que había aprendido a observar el mar mejor que nadie.

Manuela permaneció largo rato en silencio, mirando hacia la puerta de la casa, hasta que dijo:

—No fue el mar quien se lo llevó.

Varias mujeres se santiguaron, pero ella siguió mirando al frente antes de añadir que había sido la niebla y que la niebla no devolvía lo que cogía. Nadie le preguntó a qué se refería exactamente.

A partir de entonces, cuando alguien en Corvoeira hablaba de aquella niebla, no siempre hablaba de la que entraba desde el mar y cubría durante unas horas las calles, los barcos y los tejados.

En las historias del pueblo empezó a existir otra, una que aparecía sin aviso y que, según decían, no se limitaba a ocultar las cosas, sino que podía llevárselas.

Manuela murió muchos años después sin haber vuelto a ver a Amaro Cebreiro.

Antes de morir contó la historia a su hija, y ella se la contó a la suya.

Con el tiempo cambiaron algunos detalles, como ocurre con todas las historias que pasan de una generación a otra, pero hubo una frase que permaneció siempre igual:

Cando o mar está demasiado quieto, non saias.

Corvoeira siguió viviendo del mar porque no sabía vivir de otra manera.

Cada mañana, los pescadores continuaron saliendo desde O Peirao Vello y hubo mujeres que, al notar una calma extraña al otro lado de las ventanas, volvieron a pedirles que se quedaran en casa.

La mayoría de las veces no ocurrió nada, pero desde la desaparición de Amaro nadie en Corvoeira volvió a mirar del mismo modo un mar demasiado quieto.