Capítulo 23 - La campana silenciosa
Vidar
La campana no sonó.
Me desperté a las diez como llevo haciendo seis años, el cuerpo que aprendió antes de que la mente necesitara aprender, ese estado concreto de duermevela donde el oído llega antes que los ojos, donde el mundo entra primero como sonido antes de entrar como luz o pensamiento.
A las diez suena la campana.
Lo sé de la misma manera que sé cuándo el horno está a la temperatura correcta: no por el termómetro, que no existe en la fragua de un herrero que aprendió a leer el calor por el color del hierro y el sonido del metal trabajado.
Lo sé con el cuerpo, ese saber que nace de años de práctica y se asienta por debajo del pensamiento consciente.
A las diez suena la campana. Y me despierto. Y escucho el silencio que sigue. Y luego vuelvo a dormir, normalmente, o permanezco despierto si ese silencio tiene esa cualidad que impide conciliar el sueño.
Esta noche a las diez no hubo campana que me despertara.
Me desperté de todos modos, por el hábito de seis años que es más fuerte que la ausencia del estímulo, y me quedé tumbado en la oscuridad, esperando.
La campana no sonó.
Me quedé un rato con el no-sonido, que es una presencia concreta: no silencio ordinario, sino el lugar donde algo debería haber estado y no estuvo, diferente del silencio porque tiene una forma definida por la ausencia, como el negativo de algo que existe.
No me alarmé de inmediato. La campana puede fallar, el mecanismo de suspensión tiene componentes que se desgastan con el tiempo y con la humedad de Dern que lo impregna todo; hay razones técnicas por las que una campana podría no sonar que no tienen nada que ver con lo que la campana porta.
Me quedé en el silencio de las diez esperando que el sonido llegara con retraso.
Un segundo.
Diez segundos.
Un minuto.
La campana no sonó.
Me levanté.
✿
Fui a la ventana que da a la plaza.
De noche la plaza está oscura, así sin más, con la higuera como una sombra más densa en la oscuridad general y la campana en la torre de piedra que de noche es contorno sin detalle, presencia de forma pero no de textura.
La luna esta noche era parcial, suficiente para ver formas pero no para leer superficies.
Miré la campana.
Estaba allí. Visiblemente intacta. No había caído ni se había movido de su sitio. El mecanismo de suspensión no se veía desde aquí ni con esta luz, pero la forma de la campana estaba donde siempre.
La campana estaba allí.
No había sonado.
Volví a la cama.
Me quedé dándole vueltas a la diferencia entre campana con un problema técnico y campana que no sonó por otra razón, una diferencia que existe y que importa para quien forjó la campana.
La campana fue forjada con una intención concreta: sonar cuando alguien en Dern siente añoranza. Esa es la intención que quedó en el hierro. Si la campana está intacta y no sonó, la explicación más directa es: nadie en Dern a las diez de esta noche sintió añoranza de la forma que el hierro detecta.
Una explicación que parece imposible si piensas en Dern como una isla de cuarenta y tres casas con cuarenta y tres historias y cuarenta y tres conjuntos de personas amadas que se fueron a otros lugares o que ya no están.
Pero que empieza a cobrar otro sentido si piensas en qué detecta exactamente, en su forma concreta, la intención que entró en el hierro aquella noche hace seis años.
La intención que entró en el hierro aquella noche fue mi añoranza, añoranza con una dirección: la persona que se fue.
La añoranza que estaba activa y en carne viva aquella noche, que entró en el hierro con todo lo demás que había allí.
Esa es la intención concreta que porta la campana.
Y luego Einar murió y la campana empezó a portar eso también, por acumulación, por seis años de noches en que ambas añoranzas estaban presentes al mismo tiempo y el hierro que ya estaba abierto las acogió a las dos.
Pero el hierro conserva la forma de la intención que se depositó en él.
Si la forma cambió, puede que el hierro ya no reconozca lo presente como correspondiente a lo que albergó.
Me quedo con eso.
¿Cambia la forma de la añoranza?
La añoranza no disminuye, lo sé por seis años de campana que demuestra que algo estaba lo bastante activo para resonar casi cada noche.
Pero la añoranza puede cambiar de forma sin disminuir, igual que el hierro trabajado una segunda vez no pierde lo que se depositó la primera pero se vuelve diferente, estratificado, con una complejidad que la pieza original no tenía.
¿Qué cambió en la añoranza que llevo esta noche respecto a la de hace seis años?
Me quedo con esa pregunta en la oscuridad.
✿
Nadie en Dern sintió añoranza de esta forma a las diez de esta noche.
Algo que parece imposible si Dern tiene cuarenta y tres casas con cuarenta y tres historias. Pero que empieza a cobrar otro sentido si lo que la campana detecta no es añoranza en general sino añoranza de un tipo concreto que corresponde a la intención concreta que se albergó.
La intención que entró en el hierro aquella noche fue mi añoranza con la forma que tenía en ese momento. Añoranza en carne viva, reciente, por alguien que se había ido y cuya partida era todavía un acontecimiento y no un estado permanente.
Y la añoranza de Einar, que entró en el hierro después, tenía la forma del duelo agudo, de la ausencia que se aprende, de una persona que ya no estaba y cuya ausencia había que habitar.
La campana fue forjada para detectar esas formas concretas de añoranza. Formas con esa cualidad de lo nuevo, de herida que aún está aprendiendo a cicatrizar, de ausencia que todavía sorprende cuando se recuerda.
¿Y si las formas cambiaron?
La añoranza de Einar no desapareció. Está aquí, siempre será parte de quien soy, Einar que se fue y que permanece en formas concretas que he aprendido a reconocer: en la risa de Signe que le llena toda la cara, en la música que los labios cantan sin permiso, en la pieza cubierta en la esquina sur, en el puerto esta noche cuando dije el nombre en el lugar que era suyo.
Pero la añoranza de Einar ya no tiene la forma que tenía hace tres años cuando era nueva y cuando cada mañana sin él también lo era. Se transformó en otra versión de sí misma: presente pero asentada, parte de lo que soy en lugar de una interrupción de lo que soy.
¿Y la otra añoranza, la antigua, la de seis años, por una persona que se fue por elección y que existe en algún otro lugar?
Esa añoranza, que entró en el hierro tan en carne viva y tan intensa que la campana sonó casi cada noche el primer año, fue adoptando gradualmente una forma diferente a lo largo de seis años.
No desapareció. Pero pasó a ser pasado en lugar de presente, y luego pasó a ser parte de lo que me formó en lugar de algo que está sucediendo ahora.
¿Y si la campana solo resuena con añoranzas que tienen la forma de algo que está sucediendo ahora?
¿Y si las añoranzas que llevo cambiaron de forma lo bastante como para que el hierro ya no las reconozca como correspondientes a la intención que albergó?
¿Y si el silencio de esta noche no es ausencia de añoranza, sino que la añoranza se desplazó a otro lugar dentro de sí misma?
Me quedo con esa posibilidad en la oscuridad durante un tiempo largo que no es tiempo de decidir sino tiempo de estar con la posibilidad antes de saber qué hacer con ella.
Que es la distinción que Einar hacía entre pensar y resolver. El puerto se abre. La forja se cierra.
Esta noche la campana guardó silencio y estoy con ese silencio, que es una forma de puerto incluso dentro de la forja.
✿
Y está la otra añoranza que aún no he nombrado del todo.
No la añoranza por quien se fue hace seis años. No la añoranza por Einar. Hay una tercera cosa que ha estado presente en las últimas semanas, tiene algo de añoranza pero no es añoranza por la ausencia. Es otra cosa.
Aún no puedo nombrarla del todo. Pero tiene la forma de algo que quieres que siga presente. Que es una preocupación distinta a la de la pérdida: no tengo miedo de que se vaya sino quiero que se quede, en positivo en vez de en negativo, que es diferente.
Alana, que fue al puerto porque no podía quedarse dentro, que es lo que yo hago cuando no puedo quedarme dentro, salvo que yo me quedo en la forja y ella fue al puerto, el lugar de Einar, el lugar que se abre en vez de cerrarse.
Al que yo también fui. Donde dije el nombre de Einar en el lugar de Einar para ella.
Y esta noche la campana no sonó.
Que es un dato que intento comprender, si es coincidencia o el hierro informando que algo cambió de forma lo bastante como para que lo que se sostuvo resuene de manera diferente.
El hierro no explica. El hierro sostiene y resuena o no resuena. La interpretación pertenece a quien lo hizo y a quien lo escucha.
Esta noche el hierro no resonó.
Esta interpretación es: la añoranza se desplazó a otro lugar dentro de sí misma. La añoranza que se sostuvo en el hierro ya no es la forma dominante de lo que cargo.
Lo dominante ahora tiene otro nombre.
Que aún estoy aprendiendo a decir.
✿
Alana fue al puerto.
Lo sé porque la botica tenía una vela encendida cuando bajamos juntos por la ladera de vuelta, lo que significa que se fue sin pensar en apagarla, señal de una partida rápida, señal de un estado interno que no cabía dentro y necesitaba el exterior.
Einar iba al puerto cuando el estado interno no cabía.
Fui esta noche porque ella estaba allí. No estaba planeado, bajaba por el camino que pasa cerca del puerto porque no dormía, y cuando no duermo a veces camino sin destino concreto, dejando que el cuerpo decida la dirección.
Y entonces oí pasos en el muelle este y fui a comprobar porque puerto de noche con pasos en el muelle puede ser alguien con un problema que necesita ayuda, que es la primera hipótesis.
Era Alana sentada en la piedra superior seca con el mar de noche.
No con un problema. Con el estado interno que no cabía dentro.
Y fui a su lado del muelle y me senté.
Y dije el nombre de Einar en el lugar de Einar.