Capítulo 22 - El puerto de noche #3
Que es el tipo de plenitud que aprendí en Dern: no el cierre, sino el llegó adonde tenía que llegar por ahora y continuará desde la misma conversación la próxima vez.
En la plataforma de piedra con vistas a la isla se detuvo un momento.
Yo también me detuve.
Dern abajo con sus cuarenta y tres casas casi todas a oscuras, con la campana en la plaza que ya había sonado y la higuera y el puerto detrás de nosotros donde habíamos estado.
La botica con la vela que había dejado encendida por accidente porque salí demasiado deprisa, visible desde esta altura como un pequeño punto de luz amarilla en el lado este.
El humo de la forja ya no estaba a esta hora, cuando el horno se ha enfriado del todo.
Pero por la mañana sí estaba.
Estaba por la mañana como referencia temporal para mí durante meses, la señal de que el día de Vidar había comenzado, que se había convertido en la señal de que mi día también podía comenzar, datos de pertenencia que quedaron sin declararse.
—La botica tiene una vela encendida —dijo, sin juzgar, solo constatando.
—Salí con prisa —dije.
—Hmm —dijo, con el hmm que significa está bien.
Seguimos subiendo.
En la bifurcación donde el camino se divide hacia la fragua y hacia el jardín de Maret nos detuvimos naturalmente, con esa mecánica de dos personas que tienen destinos distintos pero que han llegado juntas al punto donde se separan.
Nos quedamos un momento con la noche alrededor y Dern abajo y el silencio del camino, que tiene esa cualidad propia de un sendero de ladera por la noche: más silencioso que cualquier otro silencio de Dern porque está por encima de la isla y la campana y el mar.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —dije.
Él fue hacia la fragua.
Yo fui hacia la botica.
Pero antes de irme del todo, cuando ya estaba a unos pasos de la bifurcación, oí:
—Alana.
Me detuve. No me giré de inmediato, porque detenerse antes de girarse es dar espacio a lo que va a decirse antes de necesitar una respuesta.
—¿Hmm? —dije.
—Gracias por venir al puerto.
Me quedo quieta con eso un segundo que tiene la duración de algo que necesita espacio antes de la respuesta.
—No sabía que ibas a estar allí —dije.
—Lo sé —dijo.
Y en el lo sé estaba: Sé que no lo planeaste para mí. Y me alegro de que sucediera de todos modos. De que fuera lo que fue.
Una pausa con esa cualidad de algo suficientemente dicho que no necesita nada más.
Sigo caminando.
Vidar fue a la fragua.
Yo fui a la botica con la vela que había dejado encendida por accidente.
Apagué la vela.
Me fui a dormir.
Pero antes de quedarme completamente dormida me quedé con el puerto de noche y con gracias por venir al puerto, que es lo más cercano a me alegro de que estés aquí que Vidar tiene disponible ahora.
Que es más de lo que la mayoría de la gente logra decir de forma declarada.
Que es Vidar siendo completamente Vidar: dando lo que tiene para dar, en la forma en que puede darlo, sin ornamento y sin reticencia.
Gracias por venir al puerto.
No sabía que ibas a estar allí.
Lo sé.
Tres frases. En cualquier otra persona serían tres frases pequeñas. En Vidar son lo que son, que es diferente.
Me quedé con ellas hasta que llegó el sueño.
La campana había sonado a las diez, desde el puerto, distinta. Más clara. Menos muros entre el hierro y el oído.
Y el silencio de después se había quedado.
Y dormí en ese silencio por tercera noche consecutiva con esa cualidad de apertura, de espacio para lo que viene, que cuando sucede tres noches seguidas empieza a ser el estado en lugar del evento.
Que es cuando empieza a ser lo que va a ser.
Lo que va a ser.
Más lentamente de lo que sería ideal.
Pero está llegando.
Y estoy aquí para verlo cuando llegue.
Sigue mirando.
Y estoy aquí para verlo cuando llegue.
Sigue mirando.
Que es lo que hago. Que es lo que seguiré haciendo. Que es lo que aprendí en Dern sobre cómo recibir lo que viene: no forzar, no apurar, seguir mirando con atención lo que está llegando hasta que llegue del todo.
Que está llegando.
Que llegó más esta noche que antes de esta noche.
Que es suficiente.
Que será más mañana.
Que es la naturaleza de las cosas que llegan en Dern: lentamente, en partes, cada parte completa en sí misma y al mismo tiempo parte de algo más grande que aún no es del todo visible pero que está llegando, reconocible por su forma antes de serlo por su nombre, que es como todas las cosas importantes de Dern llegaron para mí: olor antes que nombre, tacto antes que identificación, forma antes que declaración.
Lo que está llegando tiene una forma.
El nombre está aquí.
Duermo.
Y lo que quedó de esta noche queda: el puerto, el silencio después de la campana escuchada sin muros, Einar al que le habría gustado, el mar que es lo principal cuando no hay nada más delante.
Y Vidar que fue al puerto por primera vez en mucho tiempo.
Y yo que fui sin saber que él estaba allí.
Y lo que quedó de eso es de lo que no cabe del todo en un cuaderno pero que está en mí igualmente, que es donde pertenece, que es donde las cosas de Dern se quedan cuando de verdad se quedan: dentro, no en papel, que es la diferencia entre una cosa aprendida y una cosa vivida.
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