La boticaria de Dern Capítulo 6 - La campana #3
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Capítulo 6 - La campana #3

—¿Quién forjó la campana? —pregunto, porque la pregunta salió antes de que decidiera si este era el momento de hacerla.

Petra me mira un momento. No es vacilación, es la mirada de quien comprueba si la persona que pregunta está lista para la respuesta, lo cual es un tipo diferente de vacilación.

—Vidar —dice.

Me quedo en silencio.

Por supuesto. Debería haberlo deducido antes, o quizá ya lo sabía y estaba esperando confirmación.

En Dern, quien hace objetos con un don es quien tiene el don, y el único herrero de la isla con un don es Vidar.

La campana con su presencia específica, la superficie que parece tener profundidad, el tañido con su duración deliberada, forjada por el mismo herrero que hizo el mortero con la inscripción antes del amanecer.

—¿Cuándo? —pregunto.

—Hace seis años.

Seis años. Calculo: Signe tiene ocho, llegó a los cinco, su padre murió hace tres años. La campana es anterior a la muerte del padre de Signe. Anterior, entonces, al duelo más reciente que imagino que carga Vidar.

—La campana suena cuando alguien siente añoranza —repito, lentamente, reconstruyendo.

—Sí.

—Forjó una campana que suena por la añoranza de quién, específicamente.

Petra me mira con la expresión más cercana a la ternura que puede mostrar alguien que no es de ternura declarada.

—Esa —dice— es la pregunta correcta.

—Pero no vas a responderla.

—Te lo diré cuando tenga sentido decírtelo —dice, con su calma habitual.

—Dijiste eso antes.

—Sigue siendo cierto.

Bebo mi café. Miro por la ventana de la posada hacia la plaza, donde la higuera proyecta sombra matutina sobre los bancos y la campana permanece silenciosa en la torre de piedra. De día se ve diferente: es un objeto estático con esa presencia densa del hierro bien forjado. De noche es otra cosa.

—¿Él sabe que tú sabes? —pregunto.

—Desde hace treinta años —dice Petra.

—Y nunca habéis hablado de ello.

—En Dern no se habla de todo —dice—. Algunas cosas se quedan en la campana.

Miro la campana por la ventana un momento más.

Algunas cosas se quedan en la campana.

Llevo esa frase de vuelta a la botica, donde el tomillo de ladera hay que destilarlo hoy si quiero una tintura lista antes de la primera lluvia estacional, la que Odi dijo que llegará en dos semanas. El trabajo no espera a que se resuelvan preguntas que aún no tienen un sistema adecuado.

Pero la frase se queda.

✿

Al anochecer trabajo hasta tarde en la tienda, más de lo que había planeado, porque la destilación de tomillo requiere supervisión y no es prudente dejar el horno encendido sin vigilancia.

Me siento en la silla con el cuaderno mientras espero, anotando el proceso para futuras consultas, con la vela sobre la mesa de trabajo proyectando esas sombras propias de las velas que hacen que un espacio parezca más pequeño e íntimo.

La destilación de tomillo de ladera es distinta a la del tomillo común, que he hecho cientos de veces y cuyo ritmo conozco de memoria.

Este tarda más en liberar su aceite esencial, como si retuviera lo que tiene con más cuidado, y el vapor que asciende por el alambique tiene un olor más agudo, más presente, con esa nota mineral que Signe describió con más precisión que cualquier catálogo que haya estudiado.

Crece en un lugar duro, acumula más de lo que necesita para sobrevivir allí, y lo que sobra es lo que marca la diferencia.

Escribo en el cuaderno: tomillo de ladera, destilación más lenta que tomillo común, rendimiento de aceite probablemente mayor por volumen de planta, el olor tiene una nota mineral específica, probar concentración terapéutica antes de usar en un paciente.

Luego debajo, en letra más pequeña porque es una observación lateral y no datos clínicos:

El don actúa sobre el carácter, no sobre la forma. Eso dijo Vidar. Pensar en esto.

Cierro el cuaderno. Lo abro de nuevo. Añado:

¿Cuál es el carácter de una botica? ¿Qué entra en los remedios más allá de la técnica? En Caldavar la respuesta era nada, o al menos nada que pudiera admitirse en un contrato. Aquí aún no lo sé. Investigar mediante la práctica.

Cierro el cuaderno de nuevo con más convicción.

A las diez la campana suena.

Una vez. Una pausa. Una vez.

Dos, pero con más espacio entre ellas que en mitad de la noche. Como si hubiera una diferencia de urgencia, o en el tipo de añoranza, o en la hora, o en alguna variable que la campana distingue y para la que todavía no tengo palabras.

Apago el horno de destilación. Guardo el cuaderno. Me quedo de pie en el centro de la tienda un momento con la campana todavía presente en el aire nocturno que entra por el hueco de la ventana.

Seis años. El hierro forjado con intención dura lo que dura el objeto. La campana sonará mientras exista. Y sonará con el anhelo específico que Vidar le infundió hace seis años, cada noche, para cualquier isla que quiera escuchar.

Pienso en el herraje de Odi que no se ha oxidado en treinta años de aire salado.

Pienso en la inscripción del mortero que se fundió con el hierro la noche que Vidar no durmió.

Pienso en el objeto cubierto con la tela de lino en la esquina sur de la fragua, el que vi, nombré, prometí no preguntar y no he preguntado.

Pienso en el hmm de cuando confirmé que no preguntaría, que tenía una textura distinta a los otros hmm que he archivado.

Apago la vela.

Duermo.

La campana no vuelve a sonar esa noche.

Pero la pregunta de Petra sigue ahí: ¿el anhelo de quién, específicamente?

Todavía no tengo la respuesta. Pero empiezo a intuir su forma, como cuando percibes la forma de una planta antes de identificarla: por contorno y por peso, antes que por nombre.

El nombre llegará.