La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo diez — Solo a mirar
57%

Capítulo diez — Solo a mirar

El sábado amaneció con mi madre al móvil —llamó a las ocho menos cuarto, que en ella es mediodía emocional— y me comunicó, en este orden: que esta misma mañana había visita a una finca, que era «solo para mirar», que Irene ya lo sabía y estaba de acuerdo, y que su madre y ella irían en el asiento de atrás porque «así los niños van tranquilos».

—¿Los niños tenemos treinta y dos y treinta y cuatro años, mamá?

—Por eso, que ya no se marean. —Pausa—. Lleváis aire acondicionado, ¿no? Que Rosa se marea.

Colgué y llamé a Irene, que contestó al primer tono: llevaba una hora esperando el teléfono.

—¿Te han movilizado a ti también? —dije.

—A las nueve y diez —dijo—. Mi madre. Mismo guion: solo mirar, ya estás de acuerdo, las madres van detrás. —Pausa—. Daniel, ¿quién organiza una visita a una finca de bodas en cuarenta y ocho horas?

—Dos mujeres que llevan quince días con «solo hemos ido a mirar» en el cuerpo.

—Ocho —corrigió ella.

—¿Cómo?

—Quince días dije mal. Llevan dos semanas. En la comida del dieciséis ya habían visto dos, la de la terraza nos la mandaron ayer, y mañana hacemos de niños en la parte de delante. —Se calló un segundo—. Ven a buscarme a las diez. Y Daniel.

—¿Sí?

—Mañana te quiero despierto. No con cara de incidencia. Con cara de sábado.

Prometí cara de sábado y colgué, y pasé diez minutos frente al armario preguntándome qué cara se pone para un sábado que es, técnicamente, una incidencia.

El sábado veintidós de mayo, a las diez de la mañana, salí de casa conduciendo hacia un lugar al que no quería ir, con una mujer que no paraba de mirarme de reojo, con cara de ensayo de frase, y con dos madres en el asiento de atrás que llevaban veinte minutos de viaje y ya habían resuelto tres problemas ajenos.

—Así que la florista esa —decía Belén, desde detrás—, la de la hija de tu vecina, la del tercero.

—Que no era florista, Belén, que era la que organiza bodas —decía Rosa.

—Eso digo yo. Que si organizaba bodas, ¿por qué le daba el sol en las fotos? Que las fotos son lo primero. Lo primero es que no dé el sol.

—En El Robledal no da el sol en la terraza. Por eso les pedimos cita a la una, que lo vimos en la web.

—A la una da por la otra banda —dijo mi madre, que se había estudiado el tema.

—Por eso dije «en la terraza», Belén.

Yo conducía. Irene, en el asiento de al lado, llevaba gafas de sol y una mano en la ventanilla, y desde la salida de Madrid había girado el cuello hacia mí cuatro veces con la boca a medio abrir. La quinta vez le dije, sin apartar la vista de la carretera:

—Si sigues haciendo eso, me distraes y llegamos a Segovia.

—¿Haciendo qué?

—Preparándote para decirme algo.

Silencio en el asiento de atrás. Las madres no perdían ni una coma. Irene se acomodó en su asiento, miró al frente, y dijo:

—Te lo digo esta tarde. Cuando volvamos.

—¿Hay fecha límite?

—Las cosas importantes no llevan fecha límite —dijo ella, y en el retrovisor vi a mi madre asentir con solemnidad, como si le hubieran dedicado la frase.

Anoté el dato: algo importante, pendiente, sin fecha límite. En mi sistema, ese tipo de entradas sin fecha son las que más espacio ocupan.

La Finca El Robledal estaba a cuarenta y cinco minutos de Madrid, pasado el arco de la entrada de un pueblo cuyo nombre no retuve, y era exactamente lo que las fotos del grupo familiar prometían: piedra vieja, jardines rectos, una nave blanca con vigas de madera y una terraza orientada, efectivamente, a la banda correcta del sol.

Era un lugar para casarse. Esa era su única función y la cumplía con una eficacia que habría sido admirable si no fuera, técnicamente, dirigida a nosotros dos.

Nos esperaba en la puerta una mujer de treinta y pocos años, blazer crema, carpeta de cuero, sonrisa de quien ha oído todas las objeciones del mundo y las ha archivado todas.

—Irene y Daniel, ¡por fin! —dijo, con las dos manos tendidas—.

Soy Nerea. Vuestras madres ya me lo han contado TODO, así que tranquilos, que esto es solo una visita para que veáis el sitio.

Sin compromiso. —Nos soltó las manos y señaló la finca con la carpeta—.

Venid, que os enseño el sitio donde, según vuestras madres, va a pasar.

—¿Va a pasar qué? —preguntó Irene, con una voz muy seria.

Nerea se rio —se rio de verdad, el gen de las comerciales— y nos hizo pasar.

Aquí conviene describir la mañana desde mi posición, que era la de un hombre en proceso de saturación progresiva. Los sistemas de una persona tienen límites, y el mío se fue consumiendo por fases:

Fase uno, la nave. Una sala blanca con vigas, doscientos metros cuadrados, luz cenital.

Nerea hablaba de «vuestra boda» cada doce palabras y nadie la corregía, porque las madres sonreían con orgullo de dueñas y Irene llevaba la cara de hostia contenida que le salía en los servicios de doce cubiertos.

Yo hacía números: ciento veinte pax, ciento veinte personas comiendo a la vez, un servicio de cinco tiempos, logística de banquete…

funcionaba, como funcionan todos los sistemas bien montados.

Eso me tranquilizó. Los números siempre me tranquilizan.

Fue un error, confiar en los números aquella mañana.

Nerea, en la nave, desplegó su repertorio completo.

Nos enseñó el rincón del café —«aquí montamos la barra, que los novios siempre quieren barra propia»—, el hueco de la música —«el equipo entra sin problema, vuestra gente técnica me lo confirmó ayer» (¿nuestra gente técnica?

me quedé con eso; alguien había hablado con el hermano de Mario, supuse, y no pregunté)— y el pasillo de la entrada, donde colgaban de una cuerda unas tarjetas de otras bodas, con fechas.

«Todas salieron bien», garantizó Nerea, y las madres asintieron a coro, como si revisaran el historial de un proveedor.

—Fíjate —dijo mi madre, tocando una tarjeta—, la del diecisiete de junio, qué nombre más bonito tienen los novios.

—Belén —dijo Rosa, con gravedad—, los nombres de los novios no se tocan. Se miran.

—Los toco con el dedo, Rosa, que no soy de arena.

—Eso dijiste en el Fika y dejaste la huella en la carta.

—Que la carta estaba mal puesta.

Las dos se rieron. Nerea se rio con ellas, sin saber de qué, que es el don de las comerciales.

Yo anoté mentalmente «Fika» otra vez —tercera mención en ocho días, siempre de pasada, siempre en boca de las madres, que habían adoptado el local nuevo como punto de reunión por razones que Blanca, según Irene, «ya iría viendo»— y seguí el grupo hacia el jardín.

Fase dos, el jardín. Aquí es donde ocurrió lo que todavía no sé clasificar.

Nerea nos había dejado un momento a solas —«mirad tranquilos, yo os espero en la terraza con las madres»— bajo un cenador de enredaderas, con el jardín entero delante y el olor a hierba cortada de las fincas que se riegan de verdad.

Y fue ahí, sin público, sin guion, con las madres a veinte metros, cuando lo vi.

Irene miraba el jardín como se mira una cosa desde dentro.

No como los novios de las fotos de Nerea —esos posan el mirar—: Irene miraba contando, midiendo, imaginando mesas donde no había mesas, y luz donde la luz aún no estaba decidida.

Llevaba semanas representando un papel en contextos de boda; yo había asistido a todas las funciones y tenía el registro completo.

Pero aquello no era representación. Ahí no había público ni narrativa ni cobertura: era una mujer viendo, con toda la atención de que es capaz, el lugar donde le gustaría que pasara algo.

Y pasó una cosa que mi sistema no pudo cuantificar: el dato, visto desde fuera, era indistinguible del deseo.

Lo intenté clasificar en el momento, por oficio.

«Interés profesional»: no, no estaba auditando el servicio.

«Nostalgia anticipada»: categoría inventada, descartada.

«Alegría»: demasiado pequeña. Ninguna etiqueta me cabía en la boca y eso, para mí, era un fallo de sistema.

Un hombre pasa la vida creyendo que lo que no puede nombrar no es importante.

Yo pasé esa mañana entera con la certeza incómoda de que era al revés.

Y hay que decirlo todo: no era la primera vez.

Llevaba un año catalogando datos de Irene y guardándolos donde no hacían ruido, y aquella mañana el archivo entero se reveló contra mí, de golpe, como se revelan las cosas que uno archiva en mal sitio.

La vi en aquel jardín y supe —sin poder demostrarlo, que es la peor clase de saber— que llevaba meses queriendo exactamente aquello: no el jardín, no la finca. La cara.

—¿En qué piensas? —me preguntó ella, sin dejar de mirar el jardín.

—Que no sé nombrar lo que estás haciendo —dije.

Se giró. Se me quedó mirando con las gafas de sol y una sonrisa pequeña.

—¿No sabes nombrarlo?

—Estoy trabajando en ello.

—Daniel. —Me quitó las gafas de sol de la camisa, donde las llevaba colgadas, y me las puso en la cara, despacio—. Pruébalo sin documento. Una vez.

Y no pude. No pude nombrarlo porque lo que estaba haciendo ella en aquel jardín era querer algo en voz alta, sin decirlo, y yo era todavía el hombre que necesitaba la cláusula para creerse el contrato.

Se lo debo a la sinceridad de este documento: la vi brillando y mi primera reacción fue buscarle el término.

Nuria tenía razón en todo, menos en la fecha de caducidad de su diagnóstico.

Irene abrió la boca para decir algo —vi el gesto, el gesto del coche, el ensayo de frase— y en ese instante apareció Nerea por el sendero de grava con las dos madres detrás, y la frase se volvió a guardar.

Segunda vez en el día: la primera en el coche de ida («te lo digo esta tarde»), y esta, abortada por una wedding planner con horarios.

Algo importante estaba intentando salir de Irene Salcedo desde la mañana y el sábado entero se lo impedía.

Si las circunstancias son un sistema, el de aquel día tenía un filtro específico contra esa frase.

—¡El cenador! —anunció Nerea—. ¿Os gusta? Las madres lo han visto ya, pero querían que lo vierais vosotros.