Capítulo nueve — Fuera de contrato #3
—¿No lo quieres revisar? —dijo—. Lo he hecho para… para que estemos tranquilos los dos. Para que esto, lo de ahora, no dependa de…
—De nada —dije—. Vámonos a casa.
Pagué yo —de propina, que don Aurelio protestó y aceptó— y salimos a la calle de Chamberí, y Daniel llevaba la carpeta bajo el brazo con la cautela de un hombre que acaba de presentar un proyecto y no sabe si ha sido aceptado o aplazado.
En la esquina paré un taxi, le di la dirección de él primero —«yo sigo», mentí, o verdad, que ya no lo sé— y antes de que cerrara la puerta le dije la única cosa sensata de toda la noche:
—El domingo me besaste sin clasificarlo. Este viernes he cenado contigo sin anexos. Piensa en eso cuando abras el doce.
El taxi arrancó. Yo cogí el siguiente, me senté en el asiento de atrás, y ahí, en el taxi, con la ciudad pasando por la ventanilla a toda velocidad y ninguna matriz que me dijera qué nodo ejecutar, me enteré de la noticia de verdad.
Porque me había reído, sí. Porque le había dicho vámonos a casa, sí.
Porque había salido por la puerta con la dignidad más o menos intacta.
Pero en el taxi, sola, con la frente contra la ventanilla fría, entendí lo que la carpeta significaba y me entraron las ganas de llorar de una manera que no me entraban desde niña.
No significaba que no quisiera. Todo lo contrario: el Anexo 12 era la prueba más grande que me habían dado nunca.
Un hombre que no sabe querer sin papel se había pasado la semana entera dibujándome un puente de papel hacia mí, folio a folio, umbral a umbral, porque es el único idioma en el que sabe decir «me quedo».
Lo entendí en el taxi, entero, con una claridad que dolía: Daniel quería continuar.
Quería seguir. Quería todo lo que yo quería.
Pero solo sabía decirlo en cláusulas.
Y yo, que llevaba tres semanas riéndome de mi propio contrato, que le había dado la espalda a la fecha de caducidad, que aquella misma noche había pedido una cita fuera de todo documento, comprendí con la frente contra el cristal que entre los dos había solo una diferencia: yo estaba dispuesta a romper el contrato primero.
Él no. Él no sabía. Y un amor donde solo una parte sabe saltarse las reglas es un amor con una sola persona dentro.
Llevaba un mes diciéndome que el miedo se contrataba: fecha, cláusula, salida.
Pues ahí estaba el dato de la noche, gratis, sin anexo: el miedo no se contrata.
El miedo se quita diciendo la verdad primero y confiando en que la otra persona esté en el mismo sitio.
Y si no está, se pierde. Y perder, me dije en el taxi, mirando mi reflejo en la ventanilla con la cara de siempre, yo ya sé.
He perdido de todo. Nunca he dicho primero.
Se lo iba a decir. Lo decidí ahí, en el taxi, con el pecho hecho un nudo y la ciudad entera pasando de largo: iba a decírselo yo primera, sin anexos, sin nodo, sin esperar a que el ingeniero construyera el puente.
Que se fuera al nodo siete, que corriera, que hiciera lo que hiciera: yo iba a ser la primera en saltar.
El contrato decía «prohibido enamorarse», y yo llevaba semanas incumpliéndolo en silencio, y ya estaba bien de silencio.
El lunes. El lunes se lo decía. Sin público, sin familias, sin testigos.
Y si el nodo siete se ejecutaba solo —si mencionaba el contrato, si sacaba otra carpeta, si me devolvía el sentimiento en folios—, pues también.
Que corriera él. Los diagramas de Lucía tienen eso de bueno: ya preveían la derrota y le habían dado instrucciones de evacuación.
Puri decía que los buenos planes son los que sobreviven a lo que sale mal, y yo, que había sobrevivido ya a un Mario de cuatro años y a un contrato de seis semanas, era oficialmente un buen plan.
Se lo iba a decir. Por primera vez en mi vida, iba a decir primero la cosa difícil y no la fácil: no «tengo pareja» al teléfono, no un beso de fuerza mayor para protegerme, no una cláusula para salir antes de entrar.
Una frase entera, sin notificación previa, sin anexo, sin cobertura.
La verdad, que es lo único que nunca he sabido pedir en un bar.
El móvil vibró. Mensaje de mi madre, y debajo, medio minuto después, uno de Belén: la misma foto, dos remitentes. La terraza de una finca, con el atardecer detrás y unas mesas redondas puestas para cien.
«Solo hemos ido a mirar», decían las dos.
Miré la foto un buen rato. Cien mesas. Un atardecer de postal.
Dos madres que habían pasado de «no aceptamos excusas» a «solo hemos ido a mirar» en exactamente nueve días, que es la velocidad a la que se mueve una verdad cuando dos mujeres le echan horas de café y cariño.
Y pensé, con la frente todavía en la ventanilla y el taxi entrando ya en Malasaña, que esa frase —«solo hemos ido a mirar»— era exactamente la frase que le iba a contestar yo el lunes, cuando Daniel me preguntara, como iba a preguntarme, a qué había venido.
Solo he venido a mirar, iba a decirle. Y me iba a quedar.