1. VIENA Y BERLÍN
VIENA Y BERLÍN
El sonido estridente del timbre del teléfono lo despertó de golpe.
Arthur Julius Prey se precipitó fuera de la cama sobresaltado y, con celeridad, se dirigió al pequeño despacho que tenía en su apartamento de Viena.
Consiguió llegar al aparato lo bastante rápido como para impedir que sonara por segunda vez.
No quería despertar a su esposa y mucho menos a su hija a una hora tan intempestiva.
Como fotorreportero independiente, estaba habituado a que lo llamaran en mitad de la noche.
Aquello no significaba necesariamente que el mundo estuviera llegando a su fin, pero nunca solía presagiar nada bueno.
La mayoría de las veces, una llamada de esa índole significaba que tenía que embarcarse en un largo viaje al extranjero y, para consternación de su mujer, Wilhelmine, y su hija, Maria, a menudo a una zona en crisis sumida en el peligro.
Arthur descolgó el teléfono y la voz de una joven le llegó a través del auricular: —Le habla la operadora de larga distancia de Berlín. Tiene una llamada de Berlín del Este. Por favor, manténgase a la espera.
«¿Berlín del Este?» No conocía a nadie en Berlín, ni en el Este ni en el Oeste. Un zumbido de estática se oyó en la línea y, después de un chasquido…
—¿Arthur? ¿Eres tú? —preguntó una voz masculina acosada.
Los ojos de Arthur se abrieron sorprendidos al reconocer la voz de su viejo amigo.
—¡Artjom! ¿Qué pasa? ¿Qué haces en Berlín del Este?
—Arthur, necesito tu ayuda —suplicó el hombre con su marcado acento ruso.
Mientras escuchaba atentamente lo que su amigo tenía que decirle, la mirada de Arthur se posó sobre unas cuantas fotografías enmarcadas que tenía en la estantería de al lado de su escritorio.
Una de ellas los mostraba a él y a Artjom juntos.
Había sido tomada en la misión más peligrosa y aterradora de toda su carrera.
En su exuberancia juvenil, impulsado por un código moral forjado en los años sesenta, Arthur se unió a la “Associated Press”, y solo seis meses después se encontró en medio de la guerra de Vietnam.
Se inspiró en la fotografía ganadora del Pulitzer de Eddie Adams sobre la ejecución sumaria de un prisionero del Vietcong, a manos de un jefe de policía de Vietnam del Sur en febrero de 1968.
Tras semanas de penalidades y sufrimiento, de las cuales fue testigo, Arthur estaba disfrutando de su día libre en Saigón, cuando la ciudad fue víctima de un atentado con bombas.
Mientras acudía en ayuda de una niña herida en una de las explosiones, otra detonación lo había tomado por sorpresa y él también resultó herido.
El padre Lazarev le había prestado los primeros auxilios, salvándole la vida tanto a Arthur como a la niña.
En el hospital, el sacerdote veló por ellos día y noche sin separarse de sus camas.
Una experiencia así forja vínculos muy fuertes, y desde entonces, han estado unidos por una amistad imperecedera.
Hace aproximadamente un año, Arthur había finalmente encontrado tiempo para visitar al entrañable hombre que le salvara la vida.
Gracias a sus contactos, se las arregló para viajar a la Unión Soviética y, lo que era más importante, para salir de allí sano y salvo.
Durante su estancia, pasó unas semanas en un pequeño pueblo al este de Moscú.
Allí, en una ruinosa iglesia de madera junto a un pequeño lago, había sido tomada la segunda fotografía que actualmente ocupaba un lugar de honor en la estantería.
Veinticuatro horas después de la llamada de su amigo, Arthur se encontraba caminando por la Friedrichstrasse de Berlín Occidental.
Se detuvo a contemplar “El Muro” y la famosa plaza que se abría ante él, con su caseta de madera blanca: el Checkpoint Charlie.
Justo detrás de la caseta comenzaba la estrecha tierra de nadie que separaba el Este del Oeste.
Desde 1961, el cemento gris, el alambre de púas y los vehículos blindados contaminaban las vistas cotidianas de los berlineses.
Las ventanas de los edificios que bordeaban el muro estaban todas tapiadas, pero los grafitis daban un poco de color a la desolación, al menos en el lado oeste.
Muchos refugiados que buscaban la libertad más allá de los muros habían perdido la vida en esa franja fronteriza.
A quienes intentaban huir del Este al Oeste les disparaban sin piedad.
Arthur miró la hora, se dio la vuelta y se metió por el siguiente callejón. Tenía que llegar puntual al punto de encuentro.
Era tarde, y las calles que rodeaban el paso fronterizo estaban desiertas.
Arthur avanzó a paso ligero por el callejón antes de volver a girar.
Habían quedado en la siguiente intersección.
A las once en punto, ni un minuto más tarde, le había dicho su amigo.
Miró su reloj: las 22:54. Estaba solo. El aire era frío y húmedo, y sintió un escalofrío que le calaba hasta los huesos.
Una sensación de inquietud empezó a crecerle lentamente en el estómago.
En el lado opuesto de la calle, tenuemente iluminada, un borracho salió de un bar tambaleándose y avanzó por la acera.
Arthur caminaba de un lado a otro con ansiedad.
Esos pocos minutos de espera le parecieron una eternidad.
Entonces, una vieja furgoneta VW T1 dobló lentamente una esquina y avanzó en su dirección hasta detenerse junto a él.
Arthur miró a través de la ventanilla del copiloto.
—Suba detrás. Vamos, rápido —siseó el hombre al volante, examinando el entorno con nerviosismo.
Arthur vaciló, pero hizo lo que le decían. Miró automáticamente a su alrededor, abrió la puerta trasera y se metió en la furgoneta sin ventanas. Apenas se hubo sentado, el hombre se dio la vuelta y le tendió un saco de tela negro.
—Póngase esto —dijo el hombre. Arthur cogió el saco con desconcierto. «¿Dónde me he metido?», se preguntó mientras se lo ponía por la cabeza y el conductor pisaba a fondo el acelerador.