La biblioteca de los reyes (Una aventura de Tom Wagner 2) 72. LAS IGLESIAS DE ROCA DE LALIBELA
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72. LAS IGLESIAS DE ROCA DE LALIBELA

LAS IGLESIAS DE ROCA DE LALIBELA

ETIOPÍA

Los dos helicópteros se encontraban en un claro al noroeste del complejo inferior de iglesias.

Solo los dos pilotos habían permanecido con las máquinas, y ambos estaban dormitando.

Vittoria observó a dos soldados de patrulla que se habían detenido junto a los helicópteros, y escuchó un mensaje por radio informándoles que Tom y Hellen habían sido capturados.

Una sensación de pánico brotó dentro de ella, pero su entrenamiento le permitió mantener sus emociones bajo control.

Su sensei siempre le decía: «Los pensamientos son como semillas: cosecharás lo que siembres».

Tom y Hellen están bien , decidió, y volvió a centrarse en su propia tarea. Tom, al menos, podía cuidar de sí mismo.

Vittoria había visto a Tom por última vez hacía cuatro meses en Viena.

Después de la primera vez que el destino los había unido, él la había recomendado para el trabajo que inicialmente le habían ofrecido a él.

Desde entonces, ella había estado trabajando como la primera agente especial oficial empleada por el recién reorganizado Escudo Azul.

Theresia de Mey, la madre de Hellen y nueva jefa del Escudo Azul, había pasado los últimos seis meses intentando insuflar nueva vida a la organización, pero hasta ahora había tenido poco éxito debido a la falta de financiación.

Ahora Vittoria se encontraba aquí, en su primera misión oficial de campo para el Escudo Azul, coincidiendo nuevamente con Tom Wagner. ¿Qué podría salir mal?

—Ese sí que es un trabajo que me gustaría tener —dijo uno de los soldados con un gesto hacia uno de los pilotos dormitando.

—Sí. Agradable y seguro. Y seco —añadió el segundo. Con cada paso que daba, el agua chapoteaba en sus botas.

El segundo hombre abrió de golpe la puerta del helicóptero, y el piloto, sobresaltado, cayó y aterrizó de cara en el barro. La estruendosa risa de los soldados despertó al piloto del segundo helicóptero, que salió de su cabina cómodamente seca y corrió para ver qué ocurría.

Esta era la oportunidad de Vittoria. Se arrastró cautelosamente fuera de su escondite y se dirigió al helicóptero vacío, sin perder de vista a los soldados y pilotos.

En silencio, deslizó la puerta del compartimento de carga y subió al interior.

Necesitaba un arma, rápido, y pronto encontró lo que buscaba.

En una pequeña caja adherida al mamparo trasero había una pistola Heckler & Koch con un cargador de repuesto.

Cogió ambos. Y entonces encontró el premio gordo.

Justo cuando estaba a punto de salir del helicóptero, vio que el piloto regresaba. Estaba atrapada.

—Estos tíos de las fuerzas especiales están completamente locos —murmuró el piloto para sí mismo, sacudiendo la cabeza y riéndose mientras volvía a la cabina. Se recostó en el asiento del piloto y cerró los ojos de nuevo.

Detrás de él, en la bodega de carga, Vittoria yacía boca abajo, petrificada. Apenas se atrevía a respirar, y mucho menos a moverse. Se acaba el tiempo , pensó. Cada segundo contaba si iba a salvar a los sacerdotes que se estaban ahogando. Tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo pronto.