La biblioteca de los reyes (Una aventura de Tom Wagner 2) 52. UNA MINA DE SAL EN ALTAUSSEE
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52. UNA MINA DE SAL EN ALTAUSSEE

UNA MINA DE SAL EN ALTAUSSEE

El capitán Jack Gordon dirigía a los llamados «Monuments Men», la unidad especial del ejército estadounidense responsable de recuperar los tesoros saqueados por los nazis.

Gordon no solo era un soldado, sino también un historiador del arte, al igual que algunos de los otros miembros de su unidad.

Pero no era un experto en arte moderno, barroco o renacentista; era profesor de Egiptología en la Universidad de Harvard.

Y el capitán Gordon tenía un secreto. En uno de los túneles laterales, había hecho un descubrimiento que apenas despertaba interés entre sus colegas.

Con todas las pinturas, esculturas, tapices, mobiliario antiguo, alfombras persas, oro y joyas que había en la mina, a nadie le importaba mucho un montón de cajas llenas de pergaminos antiguos.

Al menos a nadie, excepto al capitán Gordon.

Cuando vio por primera vez las cajas con la inscripción «Instituto Arqueológico Austriaco - Éfeso - Arsínoe», se sorprendió, y la noche siguiente entró solo en la mina y abrió las cajas.

Aunque el mercurio del termómetro atmosférico estaba muy por debajo del punto de congelación —él y su equipo llevaban semanas helados hasta los huesos—, el capitán Gordon sintió de repente una oleada de calor recorrerle el cuerpo.

No podía creer lo que tenía en sus manos.

Al día siguiente informó al director del Museo Smithsonian de Washington, quien a su vez contactó personalmente con el presidente Harry S.

Truman. Truman no era ni un esteta ni un amante del arte, ni mucho menos, y Dios sabía que tenía suficientes cosas de las que ocuparse en esos días, pero no era ningún idiota.

La importancia del descubrimiento le resultó evidente de inmediato.

Se ordenó al capitán Gordon que no perdiese de vista las cajas hasta que una unidad especial de Marines llegara a Altaussee para ponerlas bajo custodia.

Esa noche había llegado por fin. Gordon condujo a los Marines al túnel, y estos realizaron su trabajo rápida y silenciosamente.

Mientras todos los demás dormían, cargaron dos camiones con las cajas.

Dos horas más tarde, se habían marchado.

A Gordon se le encogía el corazón al verlas partir.

Le habría encantado explorar el contenido de las cajas él mismo.

Posteriormente, hizo todo lo posible por conseguirlo: de vuelta en Estados Unidos, después de que terminara la guerra, intentó rastrear la ruta que habían seguido las cajas.

Contactó con el Smithsonian, recorrió toda la cadena de mando de los Marines, incluso escribió al propio presidente Truman.

Pero no había rastro de las cajas que, según el capitán Gordon estaba convencido, contenían partes de la antigua Biblioteca de Alejandría.