12. HOTEL AMOUN
HOTEL AMOUN
ALEJANDRÍA
—Tengo que pedir ayuda a la UNESCO. Debemos recuperar las ánforas antes de que desaparezcan para siempre en algún almacén del Museo Egipcio —dijo Hellen mientras entraban en la habitación del hotel, que se encontraba a solo unos minutos de la necrópolis.
Por el momento, había decidido dejar que su frustración se calmara un poco antes de decidir qué hacer a continuación.
—¿Por qué llevarían las ánforas al Museo Egipcio? Podrían llevarlas a cualquier parte.
—Estamos en Egipto. Cualquier cosa que se desentierre aquí va al Museo Egipcio del Cairo, al menos al principio.
Cogió su teléfono y buscó entre sus contactos hasta encontrar el número que necesitaba. Su dedo se detuvo a unos milímetros de la pantalla.
—¿Qué ocurre? —preguntó Arno.
—Ya sabes quién es la nueva directora de Blue Shield estos días —dijo Hellen, luchando contra su frustración.
—Vaya. No había pensado en eso —dijo Arno con timidez.
Se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y la besó—.
Mira, has superado tantas situaciones peligrosas en el pasado, y estas ánforas significan tanto para ti.
Puedes hacerlo. Lo conseguirás. Además, ¿puede ser tan malo realizar una llamada a tu madre?
—No la conoces. Volvía loco a mi padre. Aunque, para ser justos, él también la volvía loca a ella. Las cosas nunca fueron muy bien entre nosotras, incluso cuando era pequeña, y cuando papá desapareció, empeoraron.
La voz de Hellen se había vuelto más queda.
Arno volvió a estrecharla, y ella apoyó la mejilla en su hombro.
Permanecieron así durante un minuto, inmóviles, y Hellen sintió una sensación de seguridad que no había conocido desde hacía mucho tiempo.
Arno era un buen hombre. Estaba ahí para ella y podía contar con él; en momentos como este, lo sentía más que nunca.
—¡Al diablo con todo! ¿Qué es lo peor que puede pasar? —dijo Hellen de repente, liberándose del abrazo de Arno. Pulsó el número en la pantalla, se llevó el teléfono a la oreja y esperó.
—Hola, madre —dijo Hellen, y Arno se quedó asombrado de lo diferente que sonaba de repente la voz de la joven. Ella notó que él la observaba y se dio la vuelta.
—¡Hellen! Qué amable por tu parte llamar. No hemos hablado desde hace… bueno, una eternidad. Y mucho menos nos hemos visto. La última vez fue cuando tú...
—Sí. Cuando dejé Blue Shield.
—Lo que sigo sin entender, francamente. Pero siempre tienes que salirte con la tuya. Eso lo has heredado de tu padre.
—Madre, por favor. No empieces. Sabes que tenía mis razones.
—Sí, porque perdiste la cabeza por aquel soldado austriaco.
—No era un soldado. Era de Cobra.
—Da igual. Todos son iguales. Pero, ¿por qué has llamado? No para preguntarme cómo estoy, me imagino.
Hellen suspiró y reunió valor.
—Necesito... —Le costaba mucho pronunciar las palabras—. Necesito tu ayuda. La ayuda de la UNESCO, en realidad. Estoy en Egipto, y he encontrado algo sensacional en la Necrópolis de Anfushi.
—¿La Necrópolis de Anfushi? ¿Ese vertedero? ¿Qué haces tú en Egipto?
—Eso no viene al caso. Escucha, encontré dos ánforas que, creo, contienen algo de excepcional importancia. Es solo que...
Su voz flaqueó.
—¿Solo qué? —insistió su madre.
—Es solo que unos soldados egipcios me las han quitado.
—¿Por qué harían eso? Dios mío, no me digas que estabas hurgando sin permiso.
Hellen no dijo nada.
—¡Maldita sea, Hellen! Antes eras una persona tan responsable. Desde que ese Tom Wagner te trastornó, ya no te conozco. Ejerció una influencia terrible sobre ti.
—Madre, por favor. Tom y yo hemos terminado.
—Entonces dime, ¿qué tienen de emocionante esas ánforas? ¿Qué crees que hay dentro?
—No puedo afirmarlo con certeza —tuvo que admitir Hellen.
—Entonces, ¿qué te hace pensar que su contenido es tan sensacional?
Hellen respiró hondo. Tenía que poner las cartas sobre la mesa. Tenía que decirle la verdad a su madre.
—Bueno, había un símbolo en ellas.
—¿Qué tipo de símbolo? Sinceramente, Hellen, sacarte algo es como arrancarte una muela.
—Bueno, es el símbolo de... de la Biblioteca de Alejandría.
Hubo silencio al otro lado. La madre de Hellen no decía nada, y Hellen podía imaginársela luchando por contener su indignación.
—¿La Biblioteca de Alejandría? ¿Has perdido completamente la cabeza? Tu padre me torturó con eso durante décadas, ¿y ahora vienes tú con los mismos viejos cuentos?
—Madre, no son cuentos.
—Sí, tu padre también solía decir eso. Y ya sabes lo que le pasó.
—No, madre, no lo sé. Nadie lo sabe.
—Por supuesto que no. Porque se fue a buscar la biblioteca y desapareció sin dejar rastro.
Y ahora tú quieres seguir sus pasos. ¡Jamás!
¡Te lo prohíbo! No te atrevas a seguir persiguiendo esta fantasía.
No quiero perderte a ti también, como lo perdí a él.
Y es mi última palabra. No esperes ninguna ayuda de mi parte, ni de la UNESCO.
La línea se cortó.
—Eso ha ido mejor de lo esperado —dijo Arno con gravedad, y le dedicó a Hellen una sonrisa torcida.
—Ha ido exactamente como esperaba —replicó Hellen amargamente.
—Entonces tendremos que hacerlo nosotros mismos —dijo Arno con firmeza.
Theresia de Mey terminó la llamada sin despedirse, luego empezó a caminar de un lado a otro en su oficina.
Hellen había sacado un tema que ella creía cerrado desde hacía años.
Después de la desaparición del padre de Hellen, le había costado mucho tiempo volver a una vida normal.
Había esperado que su hija nunca siguiera los pasos de su esposo.
Pero ahora parecía que sus peores temores se habían hecho realidad.