La biblioteca de los reyes (Una aventura de Tom Wagner 2)
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1. LA VILLA DE NIKOLAUS III, CONDE PALFFY VON ERDÖD
LA VILLA DE NIKOLAUS III, CONDE PALFFY VON ERDÖD
EN UN SUBURBIO DE LA HAYA
El hombre contempló durante unos instantes a la hermosa mujer negra, mientras esta se alejaba tranquilamente. Conocía su nombre, por supuesto —Ossana Ibori— y la siguió, manteniendo la distancia.
La observó subir a su coche, aparcado a dos manzanas de distancia, y la siguió contemplando mientras se marchaba.
Esperó cinco minutos para asegurarse de que ella no regresara y le pillara por sorpresa.
Solo entonces volvió al recinto de la villa.
A diferencia de Ossana, él no tuvo que saltar el muro.
Tenía una llave. Con las manos enguantadas, abrió la verja de hierro forjado y, como la hermosa mujer había hecho unos quince minutos antes, recorrió los trescientos metros de la entrada empedrada y flanqueada por árboles hasta llegar a la villa.
El jardín que rodeaba la mansión estaba completamente a oscuras.
Ossana, presumiblemente, había apagado las antiguas farolas londinenses que de otro modo habrían iluminado los bien cuidados terrenos.
La villa también estaba a oscuras. El hombre abrió la puerta principal, se dirigió al sistema de alarma e introdujo el código de siete dígitos.
Entró en el despacho y encendió la luz. Miró al suelo y asintió con aprobación: Ossana había hecho un trabajo minucioso.
Había cerrado la caja fuerte empotrada en la pared sobre la chimenea, escondida tras un cuadro de Kandinsky.
Pero la caja fuerte no era lo que le interesaba.
Salió del despacho, cruzó el vestíbulo y subió por la gran escalera de mármol hasta la planta superior.
Recorrió el pasillo del primer piso hasta el último dormitorio y encendió la luz.
Un armario estaba abierto de par en par y había ropa desperdigada por el suelo.
Una maleta cerrada reposaba a los pies de la cama y, sobre las alisadas sábanas, junto a otra maleta abierta, yacían más piezas de ropa.
Sin dudas, alguien había estado planeando una rápida salida del país.
El hombre sonrió con gravedad: podía entender muy bien aquel acto impulsivo.
Rodeó el lateral de la antigua cama de roble que daba a la ventana y apartó la pesada mesilla.
Había que mirar muy de cerca para ver las irregularidades en la veta de la madera del marco de la cama.
Presionó contra una parte de la base donde la madera era un poco más clara.
Con un suave clic, una sección de unos treinta centímetros de largo y diez de alto se movió hacia dentro apenas un centímetro.
El hombre empujó la tabla suelta hacia un lado, abriendo un hueco de tamaño semejante al de la ranura de un buzón de correos.
Seguidamente, introdujo la mano y extrajo del interior tres hojas sueltas de papel manuscrito.
Acto seguido, sacó unas gafas de lectura de su chaqueta y revisó rápidamente las páginas, finalizando con un asentamiento de cabeza.
Cerró el compartimento y volvió a colocar la mesilla en su sitio; luego abandonó el dormitorio, apagando la luz al salir.
De camino a la puerta de entrada se detuvo un instante y regresó al despacho.
Hasta ese momento había actuado con calma y sin prisas, pero ahora sus acciones revelaban una repentina inquietud.
Sus ojos vagaban nerviosamente por la habitación.
Se acercó al escritorio, abrió los cajones y armarios, rebuscó en los archivadores y entre los documentos que había sobre la mesa.
Luego levantó la mirada hacia el Kandinsky, lo apartó y abrió la caja fuerte.
Vacía. El hombre suspiró. Aparentemente, ella se lo había llevado.
Aquello no le gustaba nada; el contenido de la caja no debería haber llegado a manos de nadie más.
A pesar de la desazón que aquel descubrimiento le provocó, sabía que lo recuperaría.
Todo a su debido tiempo. Salió de la villa y se metió en su coche.
Se giró hacia el asiento trasero y cogió un sobre que había allí, dirigido a «Hellen de Mey».
El hombre introdujo las tres páginas sueltas en el sobre y lo cerró.
Comprobó que hubiera suficiente franqueo y, saliendo del coche, se dirigió hacia el siguiente cruce, donde se encontraba uno de los buzones rojos tan típicos de los Países Bajos.
Introdujo el sobre por la ranura y retomó el camino de regreso a su coche.