Capítulo 24 #2
La quietud me empezó a arder en las piernas.
Beltrán tenía un ejemplar.
Beltrán podía saber algo.
Beltrán no era Vionnet ni Iriarte. Tampoco era exactamente seguro. Ningún adulto lo era. Pero si había alguien capaz de entender que una historia oficial podía ser una puerta mal cerrada, era él.
—Voy a hablar con Beltrán —dije.
Amina negó.
—No ahora.
—¿Por qué?
—Porque Celia dijo visible.
—Celia no es directora de mi sistema nervioso.
—No. Pero tiene razón.
Nora se inclinó hacia mí.
—Además, si sales ahora corriendo detrás de un profesor con un libro sospechoso, estás haciendo justo lo que haría una persona que quiere ser atrapada antes del tercer acto.
—¿Tú qué sabes de terceros actos?
—Vivo conmigo. Soy puro drama estructural.
Tenían razón.
Las odié un poquito. Con cariño, pero las odié.
A las siete, Martina y Celia volvieron con la propuesta de la revista.
La habían redactado en un tono impecable, tan limpio que daba miedo.
Tradiciones del Instituto Aurora: memoria, evolución y comunidad .
Un proyecto para recopilar testimonios de antiguos alumnos sobre tradiciones desaparecidas, cambios en las casas, actividades suspendidas y recuerdos de promociones anteriores.
Incluía preguntas abiertas, una justificación pedagógica y un enfoque “constructivo, no sensacionalista”.
—Constructivo, no sensacionalista —leí—. Celia, estás usando el idioma del enemigo.
—Exacto.
—Me emociona y me perturba.
—Buen equilibrio.
La propuesta llevaba posibles firmantes: Inés Figueroa del Campo, Nuria Albornoz, Celia Roldán, Martina Echevarría Prado, Amina Diop, Mauro Peña, Héctor Paredes de la Fuente y, al final, mi nombre.
—¿Me has puesto al final por peligrosa? —pregunté.
—Te he puesto al final porque si Vionnet deja de leer antes, tenemos más opciones.
—Eso es discriminación estratégica.
—Sí.
—Acepto.
Martina se sentó a mi lado.
—¿Pasó algo mientras tanto?
Amina nos contó lo de los cuatro ejemplares. Celia escuchó con el rostro cada vez más serio.
—Beltrán retiró uno —dijo.
—Sí.
—Eso puede ser bueno.
—O malo —añadí.
—O ambas cosas, que aquí gusta mucho —dijo Nora.
Celia dobló la propuesta y la guardó.
—Mañana Inés y Nuria presentan esto a supervisión de revista. Hasta entonces, nadie habla con Beltrán de Poemas de invierno .
—Celia.
—Nadie.
—Pero…
—Si Beltrán tiene el libro y está dispuesto a ayudar, encontrará una forma. Si no está dispuesto, tú preguntándole solo lograrás que se cierre. Y si ya está vigilado, lo expones.
Me quedé callada.
Esa última parte sí me alcanzó.
Lo expones.
No lo había pensado así. Yo quería respuestas. Quería abrir puertas. Pero cada puerta tenía a alguien del otro lado, y últimamente la gente que se acercaba demasiado terminaba con libros retirados, cámaras confiscadas o familias pidiendo privacidad.
—Vale —dije.
Celia parpadeó.
—¿Vale?
—Sí. ¿Quieres que lo ponga por escrito o disfrutamos el milagro en silencio?
—Disfrutemos.
A las ocho, fuimos a cenar.
Me senté con las chicas. Mauro llegó más tarde, con un dato pequeño: Diego, el compañero de Sergio, no quería hablar más. Había recibido llamada de sus padres por la tarde. No sabía qué le habían dicho, pero desde entonces evitaba a todo el mundo.
—Cadena de control —dijo Celia.
—¿Qué?
—El colegio no solo habla con alumnos. Habla con familias. Las familias cierran el círculo desde fuera.
Desde fuera.
Aquello volvió.
Algunas puertas no se abren desde fuera.
Otras se cierran desde allí.
Durante la cena, miré hacia la mesa de profesores. Beltrán no estaba. Iriarte sí. Vionnet también. Rivas hablaba con Valdés. Leire comía en silencio. Alderete escuchaba a un profesor mayor con cara de estar pensando en otra cosa. Todo normal. Todo brillante. Todo correctamente servido.
En la mesa de Cumbre, Jaime discutía en voz baja con Héctor. Nicolás no estaba.
—Nicolás no vino a cenar —dijo Martina, siguiendo mi mirada.
—No estaba mirando.
—Claro.
—Estaba estudiando la distribución de tensiones sociales.
—Muy académico.
Después de cenar, nos dirigimos al estudio obligatorio. Yo llevaba el cuaderno azul en la mochila, como siempre. Al entrar en la sala de Bruma, encontré sobre mi mesa un libro.
Pequeño. De tapa azul oscuro. Gastado en las esquinas.
Me detuve.
Martina chocó contra mi espalda.
—¿Qué…?
No hizo falta responder.
El título estaba en letras plateadas, medio borradas.
Poemas de invierno.
Sentí que toda la sala se alejaba.
Nora, detrás, soltó un susurro que no llegó a palabra. Amina se quedó inmóvil. Celia, que venía entrando por la puerta con su carpeta, vio nuestras caras y aceleró el paso.
—No lo toques —dijo.
Demasiado tarde.
Ya tenía el libro en las manos.
Estaba frío.
No frío de objeto cualquiera. Frío de haber estado en otro sitio. Quizá en una bolsa. Quizá en un despacho. Quizá era una tontería de mi cabeza, que ya le ponía temperatura dramática hasta al papel.
Abrí la primera página.
Había un sello.
Biblioteca nueva — Instituto Aurora.
El ejemplar de Beltrán.
No el de Bruma. No el de Lumbre. El de la biblioteca nueva. El que Beltrán había retirado el día anterior.
Dentro, entre las páginas, había una nota doblada.
Celia cerró el libro de golpe con mi mano dentro.
—Aquí no.
Me dolió un dedo.
—Ay.
—Perdón. Pero aquí no.
Miré alrededor. Varias alumnas de Bruma estaban entrando, dejando mochilas, abriendo libros, hablando de deberes. Beatriz aún no había llegado. Leire tampoco. Teníamos segundos, quizá un minuto.
Amina tomó el libro y lo metió dentro de su carpeta de Ciencias Naturales con una tranquilidad insultante.
—Baño del primer piso —dijo—. Dos minutos. Nora, ruido.
—Por fin un papel a mi altura.
Nora tiró su estuche al suelo con una eficacia teatral espectacular. Bolígrafos, lápices, gomas y clips salieron rodando por todas partes.
—¡Ay, no! ¡Mi sistema de escritura!
Varias alumnas se agacharon a ayudar. El caos fue pequeño, pero suficiente. Amina salió con el libro dentro de la carpeta. Martina y yo la seguimos. Celia se quedó un segundo para recoger dos bolígrafos y luego vino detrás como si nada.
Entramos en el baño del primer piso. Estaba vacío. Celia cerró la puerta.
Amina sacó el libro.
Nadie habló.
Abrí la nota.
La letra no era la de las amenazas. Tampoco la de Nicolás. Era adulta, inclinada, rápida.
No preguntes quién abrió la puerta. Pregunta quién decidió no mirar dentro.
Debajo había una referencia de página:
p. 73
Busqué la página con dedos torpes.
En la página 73 había un poema sobre nieve, silencio y una casa cerrada.
No entendí casi nada al principio porque mi vista fue directa a las anotaciones del margen.
Había varias, de distintas letras. Una más antigua, en lápiz.
Otra en tinta azul. Otra, muy pequeña, casi escondida en el borde inferior.
La anotación en lápiz decía:
L.M.O. — “La nieve tapa, pero no borra.”
Lucía Mansilla Ortega.
La de tinta azul decía:
M.S. — “Si alguien lo lee, no fue un accidente.”
Marta Soler.
Y abajo, en letra diminuta, mucho más reciente, alguien había escrito:
S.L. vio la puerta abierta.
Sergio Lamas.
Me quedé sin aire.
Martina se apoyó en el lavabo.
Nora, que acababa de entrar después de su operación estuche, miró la página y se tapó la boca.
Celia leyó la nota otra vez.
—No preguntes quién abrió la puerta —murmuró—. Pregunta quién decidió no mirar dentro.
Amina levantó los ojos hacia nosotras.
—Esto no lo escribió Beltrán necesariamente.
—Pero el libro lo dejó él —dije.
—O alguien usando su préstamo.
—¿Quién puede hacer eso?
Celia cerró los ojos.
—Un profesor. Biblioteca. Dirección. Alguien con acceso al sistema.
—O Beltrán —dijo Martina.
La posibilidad se quedó ahí.
No como acusación. Como esperanza peligrosa.
Miré la anotación de Sergio.
S.L. vio la puerta abierta.
No hablaba solo de la foto. O sí. Sergio había visto la puerta de la torre abierta en la imagen.
Y quizá también había escrito en el libro antes de que se lo llevaran.
Pero ¿cómo habría llegado su anotación al ejemplar de Beltrán?
No podía. A menos que la anotación no fuera suya.
A menos que alguien hubiera copiado sus iniciales.
A menos que el libro fuera un puente, una forma de juntar voces separadas por años.
Lucía. Marta. Sergio.
Y ahora nosotras.
—Hay que copiar todo —dijo Celia.
—No podemos llevarnos el libro —dijo Amina.
—Tampoco podemos dejarlo donde estaba —dije.
—Sí podemos —dijo Celia—. Y debemos.
La miré como si hubiera propuesto abandonar un bebé en una estación.
—¿Qué?
—Si el libro apareció en tu mesa, alguien quería que lo leyéramos. Si desaparece, sabrán que lo tenemos. Si vuelve a estar en tu mesa y luego alguien lo recoge, quizá vemos quién.
—O perdemos la única prueba.
—Por eso copiamos todo.
Nora sacó el móvil interno del colegio, pero lo guardó enseguida.
—No puedo hacer foto. Estos aparatos registran hasta el remordimiento.
—Copiamos a mano —dijo Martina.
Y lo hicimos.
En un baño del primer piso, con olor a jabón caro y tuberías antiguas, copiamos la nota, la página, las anotaciones y cada detalle del ejemplar: sello de biblioteca nueva, edición, marcas, dobleces, manchas, el pequeño rasguño en la cubierta.
Martina escribía rápido y claro. Celia revisaba.
Amina vigilaba. Nora murmuraba comentarios para no gritar.
Yo miraba las iniciales de Lucía hasta que empezaron a parecer menos una firma y más una voz.
La nieve tapa, pero no borra.
No, Lucía.
No borra.
Cuando terminamos, cerré el libro y lo sostuve contra el pecho un segundo.
No quería devolverlo.
Pero lo devolvimos.
Regresamos a la sala común aprovechando que aún estaban buscando dos clips de Nora, que para entonces se habían convertido en víctimas de guerra. Dejamos el libro sobre mi mesa, exactamente donde estaba. Me senté delante. Abrí mi cuaderno de Matemáticas encima, como si el libro no existiera.
Beatriz entró cinco minutos después.