Capítulo 24
Celia Roldán furiosa era una cosa bastante elegante.
No gritaba. No movía las manos. No decía “esto es inadmisible” como una señora con bolso en una oficina pública. Celia se quedaba muy quieta, apretaba la carpeta contra el pecho y empezaba a hablar más despacio. Mucho más despacio. Como si cada palabra saliera ya con número de expediente.
—Repítelo —dijo.
Mauro tragó saliva.
—El libro que Sergio había dejado en la biblioteca de Lumbre era Poemas de invierno . Ya no está en la estantería. En el registro figura retirado por el profesor Iriarte.
—¿A qué hora?
—Hoy a las doce y cuarenta y tres.
—Después de que Vionnet nos llamara.
—Sí.
—Después de que supieran que estábamos revisando archivos.
—Sí.
—Después de que Inés encontrara la tarjeta en otro ejemplar de Poemas de invierno .
—Eso ellos no lo saben —dije.
Celia me miró.
—¿Estás segura?
No contesté.
Porque no. No estaba segura de nada. Esa era la parte más cansina de todo aquello: en el Instituto Aurora una podía guardar un secreto con seis candados y aun así sentir que alguien lo había leído antes de que una lo pensara.
Inés había encontrado la tarjeta dentro de un ejemplar de Poemas de invierno en la biblioteca de Bruma.
Sergio había dejado otro libro con el mismo título en Lumbre.
Iriarte lo había retirado. Tal vez por casualidad.
Tal vez porque Poemas de invierno era un libro común, con un título cursi y muchas posibilidades de aparecer en bibliotecas escolares de montaña.
Tal vez porque el universo tenía un sentido del humor repugnante.
O tal vez porque alguien estaba limpiando las huellas antes de que llegáramos a tocarlas.
—No podemos recuperar el libro —dijo Mauro—. Si lo tiene Iriarte…
—No vamos a recuperarlo —respondió Celia.
La miré.
—¿Perdón?
—No vamos a entrar en su despacho, ni a robarle un libro, ni a inventar una distracción absurda con Nora fingiendo un desmayo.
Nora levantó la mano, ofendida.
—Yo puedo fingir un desmayo bastante convincente.
—No lo dudo. Precisamente por eso lo aclaro.
—Qué poca fe en el teatro de emergencia.
Amina se cruzó de brazos.
—Si Iriarte retiró el libro, sabía que podía contener algo.
—O quería revisarlo porque Sergio lo había usado —dijo Martina.
—Eso también significa que podía contener algo.
Celia asintió.
—Necesitamos saber qué edición era.
—¿La edición? —pregunté.
—Sí. Si es el mismo libro que el de Bruma, quizá no importa el ejemplar, sino el contenido. Si es otro ejemplar, puede haber una nota distinta. Si es una antología concreta, podemos buscar otro.
Mauro abrió su cuaderno.
—En el registro ponía: Poemas de invierno. Antología escolar. Ediciones Ladera. 1998 .
Inés, que había llegado en silencio durante el relato de Mauro, se quedó clavada en mitad del vestíbulo.
—¿Ediciones Ladera?
Nos giramos hacia ella.
Tenía la carpeta bajo el brazo y peor cara que antes.
—¿La conoces? —pregunté.
—El ejemplar de Bruma también es de Ediciones Ladera. 1998.
Claro.
Porque las coincidencias ya ni se molestaban en disimular.
—¿Cuántos ejemplares hay? —preguntó Celia.
—No lo sé —dijo Inés—. Pudo ser una compra de biblioteca para varias casas. Habría que mirar el catálogo general.
—¿Puedes?
—Sí. Pero no desde aquí.
—Entonces lo haremos desde la biblioteca nueva —dije.
Celia me miró.
—No tú.
—Ah, claro. Yo ahora soy material inflamable.
—Sí.
—Me alegra que lo digamos con naturalidad.
Inés apoyó la carpeta en el banco.
—Celia tiene razón.
—Qué sorpresa histórica.
—Alma —dijo Martina, suave.
Respiré por la nariz. Vale. Sí. Era verdad. Si yo me acercaba al catálogo preguntando por Poemas de invierno , a estas alturas saltarían tres alarmas, dos prefectas y quizá una estatua. Necesitábamos a alguien menos marcado.
—Yo puedo buscarlo —dijo Amina.
Todas la miramos.
—¿Tú?
—Estoy en el club botánico. Necesito poemas o textos sobre invierno para el diario de observación del romero.
Nora abrió la boca.
—Amina Diop, acabas de inventar la excusa más aburrida y perfecta de la historia.
—Gracias.
—No era una crítica.
—Lo sé.
Celia evaluó la idea como si pudiera encontrarle una grieta y, por una vez, no encontró ninguna enseguida.
—Amina consulta catálogo. Mauro revisa si en Lumbre alguien recuerda haber usado ese libro antes. Inés mira los registros de Bruma, pero sin sacar nada de la biblioteca. Martina y yo trabajamos la propuesta de la revista.
—¿Y yo? —pregunté.
Celia se giró hacia mí.
—Tú no haces nada.
La miré.
—Perdona, creo que he oído mal por culpa de la indignación.
—Tú vas a estar visible. Mucho. En comedor, estudio y residencia. Sin desaparecer, sin preguntar, sin ir detrás de Iriarte, sin mirar puertas como si fueran insultos personales.
—Eso no es un plan. Es arresto domiciliario con merienda.
—Es una coartada —dijo Amina.
Ahí me callé un poco.
—Si alguien está esperando que sigas moviéndote —añadió—, dejamos que vea que no lo haces. Si aparece otra nota, sabremos que no depende solo de que tú busques.
Martina asintió.
—Y si no aparece, quizá significa que quien la deja quiere empujarte cuando te paras.
Era buena idea.
Me fastidió muchísimo.
—O sea, seré un cebo quieto.
—No lo habría dicho así —dijo Celia.
—Pero lo es.
—Sí.
Nora me tendió la bolsa de patatas.
—La quietud se lleva mejor con sal.
Cogí una.
—Acepto el sacrificio.
Aquella tarde, por primera vez desde que había llegado al Aurora, hice exactamente lo que me dijeron.
Fue horrible.
Me senté en la sala común de Bruma con el cuaderno de Literatura abierto, el libro de Matemáticas a un lado y una expresión de alumna aplicada que me salía fatal.
Martina se sentó conmigo un rato, pero luego se fue con Celia a preparar la propuesta formal para El Mirador .
Amina fue a la biblioteca nueva a buscar antologías de invierno para su supuesto diario del romero, que ya empezaba a parecer el romero más importante de la historia de la botánica criminal.
Nora se quedó cerca de mí, porque al parecer “no hacer nada” en mi caso requería supervisión humorística.
—Te estás moviendo mucho —dijo.
—Estoy respirando.
—Con resentimiento.
—Es mi respiración natural.
—Celia dijo visible, no vibrando de rabia en una silla.
—Estoy haciendo lo que puedo.
Nora estaba tirada en un sofá, con las piernas sobre un cojín y un libro de Ética abierto sobre la cara. No sé cómo veía nada, pero tampoco parecía esa la intención.
—¿Tú crees que Sergio está bien? —preguntó de pronto.
La miré.
—No sé.
—No he preguntado si lo sabes.
Eso me dejó sin respuesta inmediata.
Nora se quitó el libro de la cara. Ya no tenía expresión de chiste. Era raro verla seria. Parecía otra persona, o quizá la persona que estaba siempre debajo esperando a que el espectáculo se cansara.
—Quiero creer que está en su casa, cabreado, castigado sin correo interno y pensando que somos todos unos intensos.
—Yo también.
—Pero no lo creo del todo.
—Yo tampoco.
Nora asintió, mirando el techo.
—Me cae mal que un sitio pueda hacerte dudar de una frase como “se ha ido a casa”.
A mí también. Mucho.
En cualquier otro colegio, “se ha ido a casa” habría sido eso. Una explicación triste, quizá rara, pero posible. En el Aurora, después de Lucía, de la cama limpia, de las notas y del libro retirado por Iriarte, “se ha ido a casa” sonaba como una sábana nueva sobre un colchón demasiado ordenado.
—¿Sabes qué me da miedo? —dijo Nora.
—¿Además de las begonias asesinas?
—Que nos acostumbremos.
Cerré el cuaderno.
—¿A qué?
—A que pasen cosas raras y sigamos cenando. A que retiren a Sergio y al día siguiente hagamos Matemáticas. A que una chica desapareciera en 2009 y ahora sea una carpeta marrón. A que todo se vuelva una historia que contamos en voz baja hasta que ya no duela.
No contesté.
Nora se incorporó.
—Yo hago bromas porque si no, me entra una cosa aquí —se tocó el centro del pecho— que no sé dónde poner. Pero lo de Sergio… ayer estaba. En serio. Estaba. Y ahora la gente ya habla de la competición de casas.
—No vamos a acostumbrarnos —dije.
—¿Cómo lo sabes?
No lo sabía.
Así que hice lo que el Aurora rara vez hacía.
No mentí.
—No lo sé. Pero podemos recordárnoslo.
Nora me miró un segundo. Luego asintió.
—Vale.
Después volvió a ponerse el libro sobre la cara.
—Ya puedes seguir respirando con resentimiento.
—Gracias.
A las seis, Amina regresó.
No vino directamente a nuestra mesa. Primero dejó unos libros en una estantería, saludó a una alumna de cuarto, pidió agua en la jarra común y solo entonces se sentó frente a mí. Muy discreta. Muy medida. Muy Amina.
—Hay cuatro ejemplares de Poemas de invierno en el catálogo general —dijo en voz baja—. Uno en Bruma. Uno en Lumbre. Uno en la biblioteca nueva. Uno en archivo central.
—¿El de la biblioteca nueva está disponible?
—No.
—¿Quién lo tiene?
—Profesor Beltrán.
Eso no me lo esperaba.
Nora se quitó el libro de la cara.
—Perdón, ¿nuestro Beltrán?
—No creo que haya otro Beltrán literario por aquí —dije.
—Lo retiró ayer por la tarde —continuó Amina—. Después de la asamblea sobre Sergio. Antes de que Iriarte retirara el de Lumbre.
Beltrán.
El profesor que hablaba de puertas, relatos y versiones oficiales. El que había escrito en mi redacción que no confundiera una puerta cerrada con una pared. El peligroso, según Rafael Arriaga. El que hacía preguntas que luego no se iban.
—¿Y el de archivo central? —pregunté.
—No figura disponible para préstamo.
—Claro.
—Pero hay una nota de catalogación —añadió Amina—. “Ejemplar con anotaciones. Consulta restringida.”
Nora bajó las piernas del sofá.
—Aquí hasta los libros tienen pasado turbio.
—¿Anotaciones de quién? —pregunté.
—No dice.
—¿El de Bruma también tiene anotaciones? —dijo Nora.
—El de Bruma tenía la tarjeta de la audición —respondí—. No sabemos si algo más.
—Y el de Lumbre tenía algo que Iriarte no quería que viéramos —añadió Amina.
—O algo que Sergio dejó —dije.
Amina asintió.
—Puede ser.