Capítulo 21 - Construyendo puentes #3
—¡Manuel! ¡Tienes que permanecer con nosotros!—contestó Javier, exasperado—. ¡Vamos! Tú mantén los ojos en la luz del otro lado y estarás bien.
—No, gracias. Lo siento mucho. Pero es que no puedo hacerlo.
Javier se quedó inmóvil un momento, pensando qué hacer.
¿Debería dejar a Manuel atrás? Se sentía tentado.
Probablemente el niño no sería de mucha ayuda en esta misión, e incluso podría ser una gran carga. Tal vez sería mejor que se quedara en el puente y esperara.
Pero Manuel había recibido las mismas instrucciones que el resto. Tenía que acompañarlos. Debería haber una razón para ello. Javier no sabía cuál, pero tenía claro que debía lograr que Manuel cruzara el abismo.
Javier podía ver a los demás chicos avanzando con paso firme, haciendo lo mejor posible por ignorar a los Entes que revoloteaban sobre ellos. Estarían bien. Suspiró.
Manteniendo su enfoque en la luz, comenzó a retroceder lentamente, confiando en que los escalones que necesitaba estarían allí.
Los Entes volaban hacia él, con los ojos rojos encendidos, provocándolo.
Pero no lanzaban dardos. Solo trataban de distraerlo de la luz.
Intentó no pensar en el agua que corría y las rocas que había más abajo.
Fija tus ojos…
Cuando llegó al lugar donde Manuel estaba de pie, los otros ya casi habían llegado al otro lado. Eso, al menos, era un alivio.
—Manuel—dijo Javier, de pie en el primer escalón del puente—. Vamos. Te ayudaré. Los Entes no pueden hacerte daño, mientras mantengas los ojos en la luz.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé—recalcó Javier—. Mira, es igual que antes, cuando saltaste. Estuviste bien, ¿verdad?
—Yo… supongo que sí…
—Pues hazlo otra vez. Tus botas te sostendrán. Pero tú tienes que caminar—. Javier dio otro paso hacia arriba, y bajo sus pies apareció una piedra—. Fija tus ojos.
Manuel se esforzó por mirar la luz al otro lado. Descubrió que, cuando lo hacía, los horribles insectos que aleteaban no le molestaban tanto. Respiró hondo, se ajustó las gafas… y dio un paso.
Uno…
Y luego otro.
Dos.
Contó los escalones detrás de Javier hasta el centro, donde comenzaban a descender hacia el otro lado.
Veinticinco, veintiséis, veintisiete…
Contaba, concentrado en la luz. Los Entes volaban alrededor de su cabeza, pero continuó ignorándolos.
Javier tenía razón: no podían hacerle daño mientras no los mirara.
Sonrió para sí mismo, enderezó los hombros y aceleró el paso.
Contó hasta cuarenta y siete antes de darse cuenta de que lo había logrado.
Los otros chicos comenzaron a aplaudir (en silencio) cuando él bajó del último escalón y pisó tierra firme.
—No estuvo tan mal, ¿verdad?—comentó Lucas, dándole una palmada en la espalda.
—Supongo que no—respondió Manuel, ahora con una amplia sonrisa. Se volvió hacia Javier—. Gracias. Por ayudarme.
El chico se encogió de hombros, devolviéndole la sonrisa. Luego se giró para observar los alrededores. No podía ver nada, excepto niebla.
—¡Cuanta niebla hay en Skotos!—murmuró Iván, más para sí mismo.
—La luz—preguntó de repente Beatriz—la que seguimos… ¿dónde está?
Los niños buscaron entre la espesa manta gris algún destello de luz… y de esperanza.
La luz había desaparecido. La niebla era tan envolvente que ya no podían ver ni el abismo, ni los Entes.
Sentían cómo se iba espesando y cerrando sobre ellos, como si se filtrara en la piel.
Empezaron a girar en diferentes direcciones; el pánico se apoderó de ellos al darse cuenta de que habían perdido todo sentido de orientación.
Un solo paso en falso y podrían acabar cayendo al abismo.
—¿Qué hacemos?—dijo Manuel, expresando el miedo que todos sentían, pero no querían admitir.
Javier respiró hondo, tratando de pensar.
Caos. Confusión. Ruaj los había descrito como las marcas registradas de Poneros. El enemigo quería que estuvieran confundidos. Ese era el motivo de aquella niebla.
Pero tenían la armadura. La coraza. Recordó estar de pie en la tormenta de arena, esperando que la coraza le indicara qué hacer. A veces tardaba… había que tener paciencia.
—Esperen—señaló Javier—. Mantengan la calma. Solo… esperen.
Miró hacia su propia coraza, esperando, respirando. Los demás hicieron lo mismo.
Después de lo que pareció una eternidad, sus pectorales parpadearon con una luz suave.
Javier soltó el aliento que había estado conteniendo y comenzó a girar hasta que la luz se volvió constante.
Los demás hicieron lo mismo. A diferencia de la última vez que estuvieron juntos, todos los pectorales apuntaban en la misma dirección.
—¿Lucas, tienes ese pergamino?—preguntó Javier.
—Sí—respondió Lucas. Sacó el pergamino de su bolsillo—. Lo tengo.
—Bien—replicó Javier—. Síganme. Sean lo más silenciosos posible.
Nadie discutió con él, ni siquiera Iván. Los había guiado a través del puente. Sin decirlo en voz alta, lo habían convertido en su líder.
—Si ven a alguien—aconsejó Lucas—, no le hablen. Ni siquiera lo miren. Sobre todo, si…—bajó la mirada un momento—si tiene un aspecto… familiar.
Javier asintió.
—Así es.