La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 21 - Construyendo puentes
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Capítulo 21 - Construyendo puentes

L os cinco chicos se encontraron de nuevo de pie al borde del gran abismo, con el arroyo rugiente abajo. El paisaje del otro lado seguía envuelto en una densa niebla. El cielo rojo estaba surcado de vetas púrpuras y de él colgaban las extrañas cápsulas flotantes que ya habían visto antes.

—¿Dónde está el puente?—preguntó Lucas. A todos les tomó un momento darse cuenta de que el Puente de Lágrimas, que habían visto claramente cuando aterrizaron por primera vez, ya no estaba.

—¡Ruaj no nos advirtió que el puente iba a desaparecer!—exclamó Iván.

—Tal vez Poneros sabía que vendríamos—opinó Javier—. Por ello eliminó el único acceso que teníamos.

—¿Cómo pudo saberlo?—preguntó Beatriz—. ¿Es posible que nos escuchara hablar en la Cueva?

—Tal vez él, o uno de sus espías, nos vio aterrizar aquí y fue a avisar a Poneros, y él simplemente sospechó—comentó Manuel, razonando las cosas como siempre hacía—.

En cualquier caso, el puente ya no está, así que hasta que Ruaj construya otro, no iremos a Skotos.

Lo cual, siendo sincero, es un alivio. En realidad, no me apetecía aventurarme a ir en mi primer día aquí.

Manuel se empujó las gafas hacia arriba y torció la boca en una leve sonrisa.

—Necesitamos un nuevo plan.

—Estoy de acuerdo con Manuel—añadió Iván—. Yo digo que vayamos al castillo, agarremos algo de helado y pensemos en un nuevo plan.

Javier puso los ojos en blanco.

—Nuestras instrucciones consistían en seguir las instrucciones—recordó—. Y eso significa hacer lo que Ruaj nos envió a hacer.

—Pero, ¿cómo?—preguntó Lucas—. ¿Deberíamos bajar y subir por el otro lado? ¿O saltar como hicimos antes?

Javier miró hacia el agua pensativamente, luego negó con la cabeza.

—El Blasón no está ahí. Así que no creo que debamos saltar.

—Si tuviéramos un equipo para escalar, sería posible—razonó Manuel—, o algunos materiales con los que pudiera fabricar una máquina voladora.

—¿Una máquina voladora?—repitió Lucas, riéndose. ¿En serio?

—Bueno, casi tenía una en funcionamiento en mi casa… hasta que mi padre me la quitó. Dijo que era demasiado peligrosa.—Manuel se encogió de hombros, como si aún no entendiera el problema.

—Leí un libro una vez donde el héroe lanzó una cuerda sobre un río y se enganchó al otro lado, y luego los personajes cruzaron en una tirolina—comentó Beatriz—. Tal vez podríamos usar nuestros cinturones para hacer algo parecido.

—No funcionaría—afirmó Iván, poniendo los ojos en blanco.

—En realidad, no es una mala idea—repuso Javier—. Vale la pena intentarlo, de todos modos.

Beatriz le lanzó a Iván una mirada de ¿lo ves?, que él hizo lo posible por ignorar.

—Denme sus cinturones—pidió Javier. Cada uno se quitó el cinturón y se lo entregó.

—No hay forma de que sea lo suficientemente largo para cruzar por completo—declaró Manuel, negando con la cabeza.

—Oh, tú no has visto estos cinturones en acción—le corrigió Beatriz con una sonrisa.

Javier tocó los extremos de los cinturones. Se fusionaron en uno solo, largo y continuo, para asombro de Manuel. Pero, aun así, negó con la cabeza.

—Sigue sin ser lo suficientemente largo.

Javier enrolló el cinturón como un lazo, al estilo de un vaquero antes de atrapar un ternero. Tomó una gran bocanada de aire y lo lanzó al otro lado del abismo con todas sus fuerzas. El cinturón se desenrolló, voló por el aire… y luego cayó por el borde del acantilado.

Manuel aspiró por la nariz.

—Imaginé que sucedería esto.

—Inténtalo de nuevo—instó Beatriz.

Javier lo intentó una y otra vez. Pero la cuerda hecha con cinturones no logró llegar al otro lado del abismo, y mucho menos engancharse a algo.

—No funciona—comentó Iván, lanzando una mirada de reojo a Beatriz que evitó el contacto visual.

—Supongo que eso significa que no debemos usar los cinturones—concluyó Javier. Desabrochó los cinturones y a cada uno le devolvió el suyo. Ellos se los pusieron de nuevo alrededor de la cintura.

—¿Y ahora qué?—dijo Lucas—. Tal vez podríamos talar algunos de estos árboles altos, atarlos con los cinturones y ponerlos como un puente…

—¿Y con qué vamos a talar árboles?—preguntó Iván.

Mientras seguían barajando ideas, Javier miraba pensativo por el borde del acantilado hacia el arroyo.

Las instrucciones del Libro daban vueltas una y otra vez en su mente.

El orbe de su coraza parecía saber en lo que estaba pensando, porque las palabras se proyectaron y flotaron en el aire frente a él: Mira hacia adelante, y fija tus ojos en lo que está frente a ti.

Alzó la vista, hacia el otro lado del abismo. Vio algo, solo un destello al principio, luego se hizo más constante. Una luz. Brillaba a través de la espesa niebla al otro lado.

Llevas puestas las botas de la paz.

Las palabras de Ruaj se agolpaban en su mente. Miró hacia sus botas. Luego se volvió hacia los otros niños y exclamó:—¡Las botas!

Todos dejaron de hablar y lo miraron, sorprendidos por su exclamación. El rostro de Javier parecía brillar.

—¿Recuerdan lo que dijo Ruaj justo antes de desaparecer? Llevan puestas las botas de la paz. ¡Son las botas las que nos llevarán al otro lado!

—¿En serio?—preguntó Beatriz, con dudas. Miró hacia sus botas. Aunque bastante resplandecientes aún, no parecían estar haciendo nada especial en ese momento—. ¿Nos van a llevar volando?—Todos los niños examinaron sus botas, esperando ver que les crecieran alas.

Javier apretó la mandíbula y avanzó hacia el borde, donde una vez había estado el puente. Miró fijamente… Había una caída larga, larguísima.

Fija tus ojos. La voz sonó más fuerte, más clara.

¿La voz de Ruaj? Lo alentaba a concentrarse. Dirigió su vista hacia la luz que parpadeaba a través de la niebla, al otro lado del abismo. Los demás guardaban silencio, observándolo. Javier inhaló profundamente.

—¡Javi! ¿Qué estás haciendo?—gritó Iván. Corrió a tomar a su hermano del brazo. Pero ya era tarde. Javier ya había levantado un pie en el aire, como si estuviera a punto de subir por una escalera invisible.

Javier mantuvo los ojos en la luz mientras daba el paso, sin querer mirar hacia el profundo barranco bajo sus pies.

El aire que había tomado quedó atrapado en su pecho mientras su pie descendía.

Pero entonces, se detuvo. Sobre… algo. Miró hacia abajo rápidamente.

Una piedra. El peldaño de una escalera que no estaba allí un momento antes. Soltó el aire de golpe, aliviado.

—¡Miren!—oyó chillar a Iván detrás de él—. ¡Ese escalón acaba de aparecer justo bajo su pie!

Javier volvió a llenar sus pulmones de aire, casi riendo de alivio y de alegría al ver el peldaño de piedra flotando bajo su pie extendido. Estiró ambos brazos para equilibrarse y recuperar la compostura.

—¡Miren al frente!—vociferó—. ¿Ven la luz? ¡Fijen su mirada en lo que tienen delante!

Tomó aire de nuevo y dio otro paso, y una nueva piedra apareció bajo su pie, flotando en el aire, pero completamente sólida. Pero tan pronto como levantó el otro pie del primer peldaño, este desapareció. Era como si los escalones solo se hicieran visibles cuando las botas los tocaban.

Los demás rieron y vitorearon, emocionados por el descubrimiento de Javier.

—¡Es asombroso!—exclamó Beatriz.

—¡Genial!—comentó Lucas.

—Es como Minecraft —observó Manuel. Como buen científico, necesitaba saber cómo funcionaba. Tomó una piedra grande y se arrodilló al borde del acantilado.

—Tal vez los escalones están ahí, solo que no los podemos ver—lanzó la piedra al espacio donde había aparecido el primer peldaño de Javier. Pero la piedra no tocó nada. Solo cayó hasta el fondo del barranco.

—¡Vaya!—dijo Iván, mirando—. ¡El escalón ha desaparecido!

Javier dio otro paso, creando un nuevo peldaño bajo su pie.

—¡Vamos, chicos!

—¡Vamos a hacerlo!—animó Beatriz—. Tenemos que apurarnos antes de que algún villano nos vea.

—No cuenten conmigo—anunció Manuel—. Le tengo algo de miedo a las alturas…

—¡Esto te va a curar!—Beatriz se acercó al borde del acantilado y fijó su mirada en la luz que brillaba al otro lado. Mirar la luz la tranquilizó.

Repitió las palabras en su mente: Fija tus ojos en lo que está frente a ti.

Respiró hondo y extendió un pie en el aire.

Por un momento, se le detuvo el corazón, pensando que caería hasta el arroyo rocoso más abajo, pero entonces su pie se detuvo sobre algo sólido.

Miró rápidamente hacia abajo y vio una piedra bajo su bota. Soltó un grito de alegría.

—¡Está funcionando!

Lucas fue el siguiente, seguido rápidamente por Iván. También gritaron con entusiasmo cuando los escalones aparecieron bajo sus botas, permitiéndoles caminar por la escalera que cruzaba el abismo.

—¡No miren hacia abajo!—advirtió Javier—. ¡Sigan mirando esa luz!

—¡Vamos, Manuel!—dijo Lucas, haciéndole señas—. ¡Tú puedes!

Manuel estaba en el borde y se retorcía las manos con nerviosismo.

—Será mejor que me quede aquí—murmuró.

—¡Vamos, Manuel! ¡Es divertido!—animó Beatriz, saltando de un peldaño a otro con un solo pie, como si jugara a la rayuela.

Los demás rieron. Parecían haber olvidado por completo las rocas mortales que había debajo de ellos y el territorio enemigo que los esperaba, mientras se maravillaban del poder recién descubierto de sus botas.

Ya estaban casi en el centro cuando Javier recordó lo distinto que se veía el puente del otro lado.

¿Se convertirían ahora los escalones en vigas metálicas que los harían resbalar y caer?

Comenzó a preguntarse si habría espías del enemigo al otro lado, observándolos, y preparando una trampa.

Aparte de la luz, era imposible ver nada en la niebla.

Le pareció escuchar algo, un aleteo que iba y venía.

—¡Hey, chicos, silencio!—susurró con urgencia. Todos dejaron de hablar y de reír.

—Escuchen.

Por un momento solo se oyó el lamento del viento. Los niños siguieron la mirada de Javier, que contemplaba la luz al frente, brillando a través del banco de niebla. Javier respiró hondo.

—Bueno, tal vez no fue nada—recapacitó—. Pero mantengamos el silencio, ¿vale? No hay que llamar la atención.