Capítulo 2 - A de Ahóratos
A de Ahóratos
L ucas dio los últimos toques a su dibujo; los detalles tenían que ser correctos.
Ya debería saberlo de memoria. Lo había visto bastante en sus sueños: el extraño símbolo era un poco parecido a una N o una X torcida, según cómo se mirara.
Se despertaba todas las mañanas con esa imagen grabada en su mente.
Ahóratos. Oía el susurro en su mente una y otra vez.
¿Qué era? ¿Qué significaba? ¿Y por qué lo obsesionaba?
Se sentó en un banco contra la pared del Centro Recreativo Cedar Creek, mirando al parque de skate , con su tabla junto a él.
Todos sus amigos estaban patinando, practicando nuevos movimientos.
Del otro lado del estacionamiento, otros chicos se estaban reuniendo para un partido de baloncesto.
Lucas echó un vistazo y vio al chico nuevo, Javier, que trotaba hacia la cancha, con las manos en alto, riendo.
No había tardado en convertirse en el rey del baloncesto del centro recreativo. O, al menos, eso pensaba él.
—¡Hey, Lucas! ¡Ven y enséñanos algo!—lo llamaron sus amigos, haciéndole señas para que fuera a las rampas.
—En un minuto—respondió. Bostezó. Le encantaba patinar, pero en ese momento estaba demasiado cansado. Los sueños empezaban a llegar hasta él.
Ahóratos…
Esa palabra parecía flotar como una pluma en su mente, llevada por la brisa, siempre cerca, pero justo fuera de su alcance.
—¿Qué te pasa, Lucas? ¿No vienes a jugar?
La voz de su padre lo trajo de vuelta a la realidad.
Alzó la mirada y vio que su padre lo miraba desde arriba con los brazos cruzados; Jaime Arteaga, conocido por todos los chicos como el Sr. J.
A. llevaba un silbato alrededor del cuello, lo que significaba que iba a arbitrar el partido de baloncesto.
—No, gracias—contestó Lucas.
—¿Qué tienes ahí?—preguntó su padre fijándose en el cuaderno de bocetos.
Lucas lo inclinó contra su pecho para que el hombre no pudiera ver.
No estaba seguro de querer que alguien supiera que le gustaba dibujar.
No parecía algo muy guay. Además, su padre querría saber qué significaba ese extraño símbolo y por qué lo estaba dibujando; y él, en realidad, no tenía respuesta.
—Eeeh… nada.—Podía sentir los ojos de su padre clavados en la parte superior de su cabeza.
—La próxima vez, quizás, ¿te parece?
—Claro. Me parece bien.
Lucas observó cómo el hombre cruzaba el aparcamiento al trote en dirección a la pista de baloncesto.
A eso se dedicaba su padre ahora, a trotar.
Alegaba que el fútbol universitario había desgastado sus rodillas demasiado para poder correr de verdad.
Una multitud de muchachos lo siguió, como de costumbre.
A todos ellos les gustaba el padre de Lucas.
Pasaba muchas tardes en el recreativo, incluso después de un largo día de trabajo, y dedicaba tiempo de manera voluntaria para que los niños tuvieran un lugar divertido donde juntarse.
Eso era bueno también porque, sin él allí, el lugar habría sido un completo caos.
La única persona contratada a tiempo parcial era una estudiante universitaria que pasaba la mayor parte de su tiempo en la oficina, estudiando para un curso de verano que estaba haciendo, bebiendo chai lattes de Starbucks y enviando mensajes de texto a sus amigas de la universidad.
Un escuadrón de ninjas podría bajar haciendo rápel desde el tejado y ella ni se enteraría.
—¡Lucas!
Beatriz Torres apareció de repente delante de él, con un tubo de brillo labial en la mano, como de costumbre.
Al parecer, se lo acababa de aplicar porque sus labios se veían como si acabara de besar una bola de purpurina.
Vestía unos leggins de rayas negras y blancas y una sudadera rosa con capucha y bolsillos rodeados de lentejuelas.
Metió su brillo labial en el bolsillo de la sudadera y se dejó caer en el banco. Su labial olía a melocotón.
—Hey, Habi—saludó él. Seguía llamándola así, aunque sabía que a ella ya no le gustaba. No recordaba porqué le había puesto ese mote. Tal vez porque era flaca como una habichuela verde. O tal vez solo porque era más fácil que decir Beatriz.
—¿Qué estás dibujando?—Beatriz se inclinó para ver. Su espesa mata de cabello largo y rizado, apenas sujetos por una ancha diadema centelleante, casi le saca un ojo.
—Nada.—Lucas intentó esconder su cuaderno, pero ella se lo arrebató.
—¿ Me estás dibujando a mí?—gorjeó ella. Beatriz siempre se creía el ombligo del mundo.
—¡Oye!—Lucas le arrancó el cuaderno, pero no antes de que ella captara un tenue atisbo de la imagen inacabada que él había dibujado.
—Espera… ¡Yo he visto eso antes!—Entrecerró los ojos.
Solía hacerlo cuando estaba absorta en sus pensamientos.
Lucas giró lentamente la página en su dirección para que pudiera mirarlo de nuevo—.
Esta parte está mal.—Agarró su lápiz e hizo un arreglo—.
¿Ves? Esto va así. Estas pequeñas protuberancias son mucho más onduladas.
—¿Lo has visto?—preguntó Lucas, asombrado—. ¿Cuándo?
Ella respiró hondo antes de hablar como si no estuviera segura de querer tocar ese tema.
—Anoche. Y la noche antes. Y la mayoría de las noches anteriores también.
Lucas parpadeó con la boca abierta.
—¿Lo viste? ¿Quieres decir, en sueños?
—Sí.
—Yo también.
—¿En serio?—susurró Beatriz. Parecía aliviada de no ser la única—. ¡Es tan extraño! ¿Cómo es que nunca me has hablado de ello antes?
—¿Y cómo es que tú nunca me lo comentaste?
Ella se encogió de hombros.
—Porque pensé que pensarías que estaba loca.
—Yo igual.
Beatriz, (Habi), había sido la mejor amiga de Lucas desde que tenía memoria.
Aunque al principio le molestaba muchísimo.
Vivía muy cerca de él, en una casita, junto a sus abuelos y tres hermanas mayores.
Cuando eran pequeños, ella nunca tenía a nadie de su edad con quien jugar, así que siempre venía a casa de Lucas, porque quería jugar con él.
Al principio él la dejaba, solo porque le daba pena.
Pero ella insistía en hacer las cosas a su manera.
La mamá de Lucas decía que se debía a que era la más pequeña de sus hermanas y no tenía sobre quien mandar en casa.
Eso volvía loco a Lucas. Como cuando Beatriz hacía que sus muñecos de acción de los Vengadores tomaran el té con sus muñecas Barbie.
Afortunadamente, eso ya lo había superado.
Pero cuando jugaban al Uno o al Monopoly, ella se inventaba su propio conjunto de reglas y luego las cambiaba cada vez que le daba la gana.
Lo peor era cuando jugaban a la pelota, y ella señalaba a los demás miembros del equipo lo que estaban haciendo mal, como si fuera la entrenadora.
Menos mal que ya no jugaba mucho a la pelota, porque podía despeinarse, y su cabello se había vuelto de repente increíblemente importante para ella. Lucas no lo entendía.
Aun así, el muchacho ya estaba acostumbrado a Beatriz.
Le gustaba escucharla contar historias. Ella leía mucho y podía inventar sus propios relatos sobre cualquier cosa.
Una vez, Lucas le pidió que le contara una historia sobre una brizna de césped, y ella soltó una aventura épica sobre una que logró evitar la cortadora de césped de todas las maneras locas posibles.
Beatriz lo hacía sonreír. Aunque fuera demasiado mandona.
—¿Qué crees que es?—le preguntó Lucas. Sabía que ella tendría una opinión. Siempre la tenía.
—Se llama Alef. Es algo así como la letra A , pero en otro idioma.
—¿Cómo lo sabes?
—El abuelo Tony me dio un libro viejo hace un tiempo… tiene ese mismo símbolo en la portada. Solía leerlo siempre. Le pregunté al abuelo qué significaba el símbolo y me dijo: A de Ahóratos .
¡¡Ahóratos!! Era la misma palabra que Lucas escuchaba en sus sueños.
Un nombre tan extraño que no podía ser una coincidencia.
Pero ella lo pronunciaba A-hó-ra-tos, y así sonaba diferente a cómo él lo había oído: A-hora-tos.
Era bastante parecido. Y, además, probablemente su versión estaba bien de todos modos.
—¿Qué es… Ahóratos?—preguntó Lucas.
—Es el nombre del reino en el libro.
—Bueno, yo nunca leí ese libro. Entonces, ¿por qué estoy soñando con él?
—Tal vez sí lo leíste y simplemente no lo recuerdas. O tal vez te lo conté yo.
Eso era posible, pensó Lucas. Habi hablaba sin cesar, y él no siempre le prestaba atención.
— ¡Beatríiiiiiiiiiiiiz! ¿Dónde estás?—Las voces agudas de chica salían del interior del centro recreativo—. ¡Se supone que nos estás ayudando!
—Tengo que entrar—se despidió Beatriz, saltando del banco con un gran suspiro—.
No pueden hacer nada sin mí.—Miró con nostalgia hacia la cancha, donde acababa de empezar un partido.
Respiró hondo y le dio un pequeño empujón a Lucas—.
Venga. Ayúdanos con la decoración para la fiesta del baile.
Necesitamos a alguien alto para colgar los adornos.
—Yo no hago decoraciones, Habi. Eso es cosa de chicas. Voy a patinar un rato.
El rostro de ella se nubló como si estuviera profundamente herida. Pero, a decir verdad, él no podía permitir que lo vieran pasar tanto rato con ella, sobre todo haciendo cosas como decorar .
—Está bien. Sigue así.—Se dio media vuelta y se alejó con un gran resoplido.
Lucas se encogió de hombros, metió su cuaderno de bocetos en la mochila, agarró su casco y su patineta, y se dirigió al skatepark .
El Sr. J. A. y algunos de los demás padres habían construido el skatepark junto al centro recreativo para que los niños tuvieran un lugar seguro donde patinar.
Tenía salientes y rampas, un quarter , e incluso un funbox , una gran caja con un montón de rampas unidas a ella.
Una docena de chicos estaban patinando, practicando sus ollies y sus kickflips .
La mayoría de ellos se detuvieron para chocarle los cinco a Lucas, mientras él saltaba hacia sus amigos Jorge, Luis y Miguel en el miniramp .
—Ya era hora—dijo Jorge—. ¿Demasiado ocupado hablando con tu novia?