La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 1 - El salto
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La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1)

La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1)

Por Priscilla Shirer, Gina Detwiler

© inepub.com

Capítulo 1 - El salto

El salto

H abía algo extraño en ese estanque. Iván lo supo desde la primera vez que miró sus profundas aguas turbias.

¿Qué había allí abajo? ¿Un monstruo? Como aquel de Escocia, ¿cómo se llamaba?

¿El monstruo del lago Ness? Un nombre así de raro.

Se quedó quieto, un tanto tembloroso, esperando a que fuera lo que fuera irrumpiera a la superficie y lo devorara.

Vivo. De un solo bocado. Esperaba que se lo tragara entero. No soportaba la idea de ser masticado.

De todos modos, era lo bastante pequeño para un solo bocado.

No como su hermano mayor, Javier. El grande y fuerte Javier.

Hasta el nombre era genial. Javier incluso tenía músculos y vello en las axilas.

Iván miró sus propios brazos delgados y sin vello.

No había músculo a la vista. Por más flexiones que hiciera colgado de la rama del enorme y viejo roble del patio trasero; sencillamente, se negaban a crecer.

—¿Te meterás hoy?

Iván se giró y vio a su hermano de pie sobre el viejo neumático que colgaba de una de las gruesas ramas del roble. El neumático había venido con el árbol, que a su vez había venido con la casa.

—¿Lo harás hoy?—La cara de Javier tenía esa expresión de sabelotodo tan suya, como siempre, con la comisura de su boca ligeramente alzada en una sonrisa burlona.

Desde que se mudaron de la ciudad a esta casa, hacía dos meses, Iván siempre estaba de pie en aquel pequeño muelle, contemplando el estanque, esperando el día en que reuniera el valor para saltar.

Quería demostrarle a Javier que no tenía miedo.

Se había prometido hacerlo antes de que terminara el verano, antes de empezar cuarto grado en su nueva escuela.

Estaba seguro de que para entonces ya habría saltado al menos cien veces.

Sin embargo, allí estaba, una semana antes de que comenzara la escuela, y aún no lo había hecho ni una sola vez.

Y cada día, mientras Iván se quedaba allí temblando, Javier aparecía y se lo echaba en cara.

—¿Te doy un empujón?—La sonrisa de Javier se hizo más grande aún.

—¡Vete!—respondió Iván, con los dientes y los puños apretados. Se dio la vuelta para mirar al estanque. ¡Salta! ¡Salta! Pero las voces alentadoras en su cabeza quedaron ahogadas por las pullas más fuertes de su hermano.

—¡Vamos, es fácil!—Javier saltó del neumático y caminó con aire despreocupado hasta el muelle, junto a Iván. Era diez centímetros más alto que él. A veces, Iván sentía que la diferencia era de un metro.

—Observa.

Javier tomó carrerilla y se lanzó en bomba, como un clavadista olímpico, soltando un gran grito de alegría. Iván dio un paso atrás para evitar la enorme salpicadura.

—¡Vete!—gritó.

—Vamos, gallina—retó Javier, nadando hasta el muelle y subiéndose—. ¡Hazlo de una vez!

Alargó el brazo para agarrar a Iván, quien lo apartó enojado.

—¡Déjame en paz!

—¡Gallina!—Javier se rio de nuevo—. ¡Gallina! ¡Clo, clo, clo!

Hizo unos ruidos horribles imitando a una gallina y comenzó a hacer el ridículo baile de la gallina. A Iván le horrorizaba ese baile. Javier se veía ridículo haciéndolo, pero siempre lograba el efecto que quería: hacer que Iván se enojara más que nunca.

Iván se giró, rojo de rabia, y chocó contra su hermano mayor con tanta fuerza que los dos cayeron al agua, aterrizando en el lodo viscoso al borde del agua. Un puñetazo, pensó Iván. Le doy un solo puñetazo y seré feliz. Dentro de su cabeza, la voz era más alta esta vez.

—¡Chicos!—llamó su madre desde el porche. Los había estado observando, por supuesto. Iván pensó que, en realidad, podría ser verdad lo que siempre solía decir: que tenía ojos hasta en la nuca.

—¿Qué está pasando aquí?

—¡Yo no he hecho nada!—gritó Javier antes de que Iván pudiera pronunciar palabra—. Estaba intentando ayudarle a saltar.

—¡Mentira!—Todo el cuerpo de Iván temblaba de rabia. Lanzó otro puñetazo, pero falló.

—¡Iván! ¡Entra en casa ahora mismo!—El tono de voz de la madre era agudo. Mala señal.

Iván se apartó de Javier de un empujón y se levantó. Estaba cubierto de barro. Su rostro ardía como si un fuego le recorriera la nuca. Javier también se puso de pie, quitándose el barro de los hombros, con una sonrisa todavía en la mirada.

—¡Iván!—llamó la madre—. ¡Vamos!

—Gallina—susurró Javier. Iván reprimió las ganas de llorar y, apretando los dientes, entró en la casa pisando fuerte.

Javier observó cómo su hermano se marchaba.

Se sintió un tanto mal. Sabía que a Iván le asustaba saltar al estanque.

Podría haberle ayudado. Pero cada vez que lo intentaba, todo salía mal.

Pensaba que molestándolo se enojaría tanto que lo conseguiría.

Nada de lo que intentaba había funcionado hasta la fecha.

Creo que así son las cosas entre nosotros, pensó. Seremos enemigos para siempre.

A él solía gustarle ser el hermano mayor de Iván, cuidar de él y asegurarse de que no se metiera en problemas.

Una vez, siendo Iván todavía un bebé, Javier lo sacó de la cuna sosteniéndolo por las piernas, cabeza abajo, y lo llevó al dormitorio donde su madre y su padre dormían.

¡Miren! enseñó con orgullo. ¡Tengo a Van!

Recordaba que su madre se había puesto como una loca. Su padre se había reído.

Sin embargo, últimamente, lo único que parecían hacer era pelear.

Iván se enfadaba por las cosas más insignificantes.

Javier imaginó que solo eran celos de su hermano por ser él mayor y bastante mejor en casi todo.

Después de todo, le llevaba cuatro años.

¿Y qué si tenía un teléfono? ¿ Y qué si podía acostarse una hora más tarde?

¿ Y qué si siempre lo elegían primero para los partidos de baloncesto en el centro recreativo? Las cosas eran así.

Después de un rato, Javier entró en la casa, donde su madre acababa de leerle la cartilla a Iván, o como ella lo llamaba, The Riot Act .

Pero, ¿qué era el Riot Act ? Tendría que investigarlo.

A Javier le gustaba buscar cosas. Siempre que le preguntaba algo a su papá, este le respondía: «Búscalo».

Javier solía pensar que eso significaba: «No tengo ni idea».

Pero a medida que fue creciendo, se dio cuenta de que su papá sabía que había algunas cosas que simplemente tenía que descubrir por sí mismo.

Enviaron a Iván a su habitación hasta la hora de cenar.

Y después a la cama temprano. Nada de baloncesto en el centro recreativo esa noche.

Javier se sintió un poco mal. Debería haber entrado a la cocina para explicarle a su madre que él había provocado a Iván.

En su lugar, fue a su dormitorio y buscó en su teléfono.

Riot Act.

Aparecieron unas cuantas entradas.

Establecida en 1714 por el gobierno británico. Acta para impedir tumultos y reuniones que alteraran el orden…

¿Qué es un tumulto? Javier lo buscó. Caos.

Así que el Riot Act era para castigar a quienes provocaban el caos.

Vale, tenía sentido. Más o menos. ¿Funcionaba?

Javier echó un vistazo al resto de la explicación.

Por lo que vio, parecía que no. Imaginaba que no se podía escribir una norma que prohibiera el caos y esperar que todos la cumplieran.

—¡Javier! ¡Ven a poner la mesa!—gritó la madre desde la cocina. Hora de cenar. Papá no tardaría en llegar.

Javier se metió el teléfono en el bolsillo y se dirigió a la cocina.

Le encantaba el teléfono; lo tenía desde hacía tan solo un par de meses, cuando se mudaron de la ciudad a esa casa.

Pensó que podía haber sido un soborno por tener que abandonar su viejo barrio.

Pero también se le había dicho que tenía que compartirlo con su hermano pequeño.

¿Compartir un teléfono con un niño de nueve años?

¿De dónde habían sacado sus padres esas ideas?

¿De algún manual para padres sin la menor idea?

—Pon la mesa—repitió su madre nada más poner el pie en la cocina. Se apartó de él para sacar algo del horno.

—Ahora le toca a Iván—protestó Javier.

—Qué bien se les da recordar los turnos, ¿verdad?—La voz de ella era más aguda que de costumbre—. Hazlo y punto. No tengo tiempo de discutir.

No tengo tiempo de discutir. Otros de los dichos favoritos de su madre.

¿Quién no tenía tiempo para discutir? No tenía sentido.

Para Javier, discutir era una de las habilidades más importantes de la vida.

Hasta pensaba que de mayor podría ser abogado.

O jugador profesional de baloncesto. Todavía no lo había decidido del todo.

Puso la mesa. El padre entró con su maletín, besó a la madre en la mejilla y puso su mano en el hombro de Javier.

—¿Qué tal el día, hijo?

He metido a Iván en problemas, pensó. Pero contestó:

—Bastante bien.

—¿Solo bastante bien?

Javier se encogió de hombros.

—He jugado en el recreativo. El Sr. J. A. opina que tengo potencial. —Era la palabra que el Sr. J. A. había usado. Potencial. A Javier le gustaba—. Esta noche hay otro partidillo. ¿Puedo ir?

—No veo por qué no. ¿Dónde está Iván?

—En su habitación—respondió la madre—, está reflexionando (término que ella usaba para tiempo muerto ). Se han vuelto a pelear.

—Para pelearse tienen que ser dos, ¿no?—replicó el padre, echándole una mirada de sospecha a Javier.

—¡Yo no he hecho nada!—objetó Javier, encogiendo los hombros de la manera más inocente que pudo—. Se enfada porque le sigue asustando saltar al estanque. Así que se desquita conmigo.

—Ya saltará cuando esté preparado—indicó la madre—. ¿Has llenado ya los vasos de agua?

Javier sirvió el agua helada y ayudó a la madre a poner los cubiertos y las demás cosas sobre la mesa. Se estaba comportando muy bien. Ahora soy el hijo bueno.

—¿Todo listo para empezar la escuela la próxima semana?—preguntó el padre, robando una judía verde de la fuente que había en el mostrador.

—Claro, creo—contestó Javier. Había intentado evitar pensar en la escuela, un colegio nuevo en una ciudad nueva y todo un grupo nuevo de chicos, aunque no quería que su padre pensara que estaba asustado.

No era exactamente miedo. Después de todo, él ya era bastante popular en el centro recreativo.

Era muy bueno en deportes, que era lo principal.

Pero siempre se preguntaba, en lo más profundo de sí mismo, si de verdad era lo bastante bueno.

Javier levantó la vista para comprobar que su padre lo miraba fijamente con curiosidad, como su pudiera leer sus pensamientos. Le devolvió una sonrisa ladeada.

—No te preocupes, papá. Todo irá bien.

Su padre le devolvió la sonrisa.