La banquera curvilínea del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 2) 4
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brOGAN

Soy tuya.

El pensamiento me alcanza como una flecha, y sé que es algo compartido que no hace falta decir. Lo veo en sus ojos. Lo siento en su cuerpo. Lo percibo en su aroma.

El recuerdo de mi hermano, que me advirtió que la Transformara antes de reclamarla, revolotea por mi cabeza y luego desaparece.

Eso puede esperar. Quizás ni siquiera tenga que pasar.

Arthur está paranoico porque temía que su Dragón fuera imparable si Addie no tenía su propio Dragón para equilibrarlo.

Pero ya me Transformé una vez, ¿no? Y mi Dragón no se desató en una carnicería.

Podríamos haber matado a todos en ese banco, quemado el edificio hasta convertirlo en carbón, reducido el pueblo a cenizas.

Claro, sentí la furia de mi Dragón, su feroz instinto protector que se encendió cuando manosearon a nuestra compañera.

Pero la bestia estaba tranquila cuando escapamos, ¿no?

Planeábamos pacíficamente entre las nubes como si estuviéramos en un sueño.

—Lo siento, Hermano Mayor —murmuro mientras veo a mi compañera tumbada sobre la suave hierba verde, con el sol que se filtra a través de la cubierta de árboles, como si fuera nuestra carpa nupcial, y proyecta pequeñas motas de oro sobre ella como luz de estrellas—.

Pero voy a hacer esto a mi manera. Ella está lista, y yo también. La Transformación tendrá que esperar.

Siento a mi Dragón enroscarse en los recovecos de mi ser, y un destello de duda me atraviesa. Sí, han pasado trescientos años desde que volé con las alas de la bestia. Pero aprendí a controlar a mi Dragón bastante pronto. El bicho no va a perder los estribos y ponerse a quemar todo porque sí.

Estoy de pie frente a Bonnie, intentando con todas mis fuerzas alejar esa molesta duda. Tengo la polla tan erecta que no creo que me quede sangre para el cerebro, y siento las pelotas pesadas con mi semilla, ¡casi como si mi cuerpo estuviera produciendo más solo para este magnífico momento!

—Esto va a pasar, Bonnie —gruño mientras aprieto los dientes y flexiono la polla.

Ella solo me mira con esos grandes ojos marrones, sus hermosas tetas que suben y bajan con cada respiración.

Ese escote hace que gotee de mi glande hinchado, y las gruesas gotas de líquido preseminal cuelgan de la punta un momento antes de aterrizar suavemente justo entre sus muslos ligeramente separados.

Bonnie no responde. Respira con dificultad, y puedo oler su sexo, estoy tan jodidamente cerca.

Tiene la falda subida hasta la mitad de los muslos, y la visión de sus medias que desaparecen bajo la tela hace que se me nublen los ojos mientras imagino mi cara ahí arriba, el aroma de su coño que me llena los pulmones, el sabor de su humedad que me baja por la garganta, la visión de su raja rosa grabada en mi mente por la eternidad.

Me arrodillo lentamente mientras ella echa un vistazo a mi polla, que rebota, y parpadea tres veces como si le preocupara no poder recibirme. Pero sé que podrá. Esas caderas fueron hechas para mí. Puede con el Dragón y con el hombre.

—Bonnie, necesitas saber que esto lo cambiará todo —le susurro mientras le agarro los tobillos y empiezo a deslizar las manos por sus pantorrillas—.

No va a haber vuelta atrás a esa vida, ese trabajo, ese mundo.

Una vez que te tome, estarás entrando en mi mundo.

Vas a ser mía, Bonnie. Mía y solo mía. Siempre mía.

Para siempre mía. Esto va en serio. No estoy de coña.

—Pero... pero acabo de recibir un ascenso en el banco —murmura, parpadeando de nuevo mientras mira mi polla y luego me mira a los ojos apresuradamente—.

Además, estoy bastante segura de que todos los policías del estado me están buscando.

Ya sabes, ¿la banquera curvilínea que acaba de ser secuestrada por un dragón asesino?

¡No puedo simplemente... simplemente desaparecer!

—exhala, y veo cómo le dan vueltas las ruedas detrás de esos ojos inteligentes—. Y tú tampoco puedes, Brogan.

—¿Qué quieres decir? —gruño, con las manos detenidas justo encima de sus rodillas. Ahora siento a mi Dragón que me insta a continuar, que me sisea que deje de hablar, que deje de pensar, que termine esto, que la reclame, que la posea, que la haga jodidamente mía—. ¿Por qué no puedo desaparecer?

—Eh, estoy bastante segura de que al menos una de las personas aterrorizadas en el banco logró sacar el teléfono y grabar al menos algo de esa escena —dice—.

¿Crees que a Internet le interesarán imágenes de un maldito dragón saliendo a la fuerza de un banco de un pueblo pequeño con una banquera curvilínea en sus garras retorcidas?

Además, al gobierno de EE. UU. también podría interesarle tu trasero escamoso.

Solo algo en lo que quizás quieras pensar antes de decidir que este es nuestro final feliz y que podemos planear hacia el atardecer.

Cierro los ojos y trago con fuerza. —Joder, realmente sabes cómo ponerme con tu charla sucia, Bonnie —murmuro, y fuerzo una sonrisa gruñona mientras me siento sobre mi trasero musculoso y desnudo.

La polla todavía me apunta al cielo como un poste, y desde luego todavía le tengo las piernas separadas.

Pero el cerebro me vuelve a funcionar mientras me doy cuenta de que Bonnie tiene razón: probablemente hay todo tipo de agencias gubernamentales movilizándose ahora mismo.

Pronto habrá helicópteros y tal vez incluso jets sobrevolando la zona, ¡listos para proteger al público de lo que sea que crean que soy!

Las opciones me marean, y me froto la barba e intento pensar mientras la polla me palpita impaciente, lo que hace muy jodidamente difícil concentrarme en otra cosa que no sean esas tetas que piden a gritos que las chupe, ese coño que pide a gritos que lo lama, ese trasero que pide a gritos que lo azote, lo abra y lo vuelva a azotar.

—Está bien —murmuro, y miro hacia arriba a través de la cubierta de árboles como si me preocupara que haya mil paracaidistas que descienden sobre nosotros con malditos láseres o lo que sea que las agencias secretas del gobierno estén usando—.

Así que me Transformaré y volaremos de aquí.

Iremos al Castillo de Arthur y averiguaremos qué hacer.

—¿Te refieres a Transformarte en un enorme Dragón que aparecerá inmediatamente en todos los radares o sonares o lo que sea que el gobierno tenga para rastrear cosas raras que vuelan?

—dice Bonnie, y levanta una ceja de una manera que casi me cabrea.

¿Qué, me está diciendo que soy un maldito idiota por no haber pensado en eso?

Le clavo los dedos en los muslos suaves mientras controlo mi ira por que me cuestionen, me desafíen, me digan que estoy equivocado.

No pasa a menudo. Incluso cuando Arthur me desafía, acabamos a puñetazos y patadas para resolver la discusión.

Y nunca ha pasado con una mujer. Todas las mujeres de mi pasado se han sometido completa y absolutamente a mi dominio, a mi voluntad y mi poder. Esto podría ser un problema...

O tal vez es una prueba, pienso mientras empiezo a recordar todas las tonterías cursis que Arthur solía contarme sobre el mito de las Compañeras Predestinadas, sobre cómo funcionaban el destino y el sino, sobre cómo las cosas nunca te las daban sin más, que el destino te ponía a prueba en cada coyuntura, te tentaba con bifurcaciones en el camino, te presentaba elecciones para comprobar si eras digno.

Noto que Bonnie se tensa bajo mi agarre, y a regañadientes aflojo y exhalo.

—Tienes razón —digo—. Además, probablemente no sea buena idea guiar a la Fuerza Aérea hasta el escondite de Arthur.

O sea, su casa. —Me muerdo el labio, molesto conmigo mismo por haber admitido voluntariamente que mi idea era una mierda.

Es como reconocer la derrota, y eso no me gusta nada.

¿Así va a ser el matrimonio con esta mujer?

¿Me va a estar recordando que soy un imbécil durante los próximos dos mil años?

—Tienes razón. No pensé en la posibilidad de guiar a los militares hasta Arthur y Addie —dice, con una sonrisa suave, aunque puedo ver en sus ojos que sí que lo pensó y sabía perfectamente que era una estupidez arriesgarse a llevar un enjambre de cazas hasta donde Arthur y su familia volaban con cuidado «bajo el radar»...

Estoy a punto de espetarle que no necesito caridad, que no necesito que me halague. Pero entonces veo ese brillo en sus penetrantes ojos marrones y me doy cuenta de que esta mujer no es solo inteligente a secas: también tiene inteligencia emocional. Más que yo, de hecho.

Porque la verdad es que sí necesito que me halague a veces. Mientras crecía, hubo momentos en los que Arthur, por mucho que me quiera como buen hermano mayor, sí me hizo sentir como un idiota, quizás sin querer.

—Gracias por no hacerme sentir como un idiota —digo con voz ronca, entornando los ojos mientras ella esboza una pequeña sonrisa que me provoca una extraña calidez por todo el cuerpo, que hace que el corazón me lata de una forma que me hace tan feliz que podría ponerme a bailar.

—De nada —dice ella con suavidad, y esbozo una sonrisa de admiración por cómo Bonnie aceptó mi agradecimiento sin darle mayor importancia—. Fue fácil, porque no eres ningún idiota, Brogan. Investigué Dead Sea Drilling. Hacen falta inteligencia y fuerza de voluntad para levantar un negocio así.

—Bueno, no es solo un negocio —digo, sintiendo cierto orgullo al recordar que a Arthur le interesaba poco dirigir un negocio de verdad. Prefería pintar y contar su maldito oro como un pirata del siglo XV—. Es un holding con sus poderosas garras metidas en diecisiete negocios diferentes.

Bonnie frunce el ceño. —¿Diecisiete? El archivo que vi decía trece.

Me encojo de hombros y le guiño el ojo. —Trece negocios legales.

Frunce aún más el ceño, luego gime y se frota la frente. —Genial. ¿Ya eras un criminal antes de montar todo ese numerito en el banco? Joder, igual tendríamos que haber robado el banco también.

Ahora me asalta un recuerdo. Aunque lo que pasó en el banco fue un frenesí de fuego, mi Dragón tiene visión y memoria perfectas, y puedo reproducir cualquier escena en mi cabeza más tarde, incluso si no recuerdo haber prestado atención en su momento.

—En realidad... —digo con una sonrisa avergonzada mientras me bajo de encima de ella y gateo, las pelotas bamboleándose entre las piernas como dos sacos de arena, hasta la espesa maleza al borde del claro.

Meto la mano en la espesura y saco dos pesadas bolsas de lona, levantándolas con cara de gato que se ha zampado todos los pájaros de la jaula y alguno más—.

Sí, debería habértelo dicho antes, pero sí que robamos el banco, más o menos.

Su expresión no tiene jodido precio mientras me mira fijamente, preguntándose si hablo en serio.

Mira las bolsas de lona verde oscuro, repletas del efectivo que mi Dragón acaparador agarró del furgón blindado que justo estaba haciendo una entrega.

La bestia se tragó las bolsas enteras, las guardó en su cavernosa garganta y luego las escupió justo cuando hicimos que Bonnie rodara por la hierba.

Estoy a punto de explicarle que no fue decisión mía, que los Dragones son acaparadores, que los Dragones literalmente pueden oler el oro a mil kilómetros de distancia, que les atrae el botín y el tesoro como a las polillas la llama, que simplemente está en la naturaleza de un Dragón tomar lo que quiere, reclamar lo que ansía, adueñarse de sus obsesiones.

Pero no digo ni una palabra, porque veo que no hace falta. Bonnie empieza a reírse entre dientes y luego estalla en carcajadas que hacen que su hermoso cuerpo rebote con una energía que es simplemente imposible ignorar.

Así que tiro las bolsas de dinero al suelo, y en un instante estoy sobre ella. Que se jodan la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional.

Estoy sobre ella. Es mía. Y la beso.

Joder, cómo la beso.