3 #2
Los ojos de la bestia vuelven a esas rendijas verticales, como si ahora fuera la bestia quien me mira, no el hombre.
Una innegable oleada de miedo primario me enciende por dentro, pero en algún lugar bajo esa superficie fluye una extraña paz, como un río poderoso que se mueve lento y constante en las profundidades de mi conciencia.
De algún modo sé que este Dragón nunca me hará daño.
Sé que este Dragón no puede hacerme daño. Sé que mataría por protegerme.
Moriría por protegerme.
—¿Por qué me siento así, Brogan? —murmuro mientras esa sensación de paz y calidez me invade como una droga—. Nunca me había sentido así. ¿Me estoy volviendo loca?
—Eso parece una pregunta para tu terapeuta —murmura el Dragón.
—Espera, ¿estás haciendo pucheros porque bromeé con que tú y tu Dragón necesitáis un terapeuta?
Brogan parpadea con esos enormes ojos de Dragón y gruñe.
—Y tú necesitas unos buenos azotes, que te daré en cuanto te baje y vuelva a Cambiar. Estaré desnudo cuando vuelva a Cambiar, por cierto. Así que si tienes alguna preocupación sobre lo que se te viene encima, ahora es el momento de expresarla, querida Compañera Predestinada.
¡Jadeo de la impresión cuando el Dragón abre las fauces y deja escapar un chillido que juro que es una risa de puro deleite primario!
Y antes de que pueda decir una palabra, la bestia gira en el aire y comienza un picado vertiginoso.
¡El cambio repentino de impulso hace que mis pechos se sientan ingrávidos por un hermoso instante antes de rebotar y golpearme en la cara mientras caemos en picado!
—¡Ay! —grito mientras el viento aúlla más fuerte en mis oídos—. ¡Voy a morir por el cambio de presión, Brogan!
—No estamos tan alto —dice Brogan—. Y soy lo bastante fuerte para mantenerte de una pieza y que no explotes.
—Genial —jadeo, luchando contra el impulso de mirar hacia abajo aunque mi cerebro me lo desaconseja encarecidamente—. Además, ¿qué pasó con eso de darme tiempo para expresar mis preocupaciones sobre toda esa locura que acabas de soltarme?
—Se nota que nunca te han dado azotes —dice Brogan mientras pasamos junto a un pájaro desconcertado que creo que es un halcón pero parece más pequeño que un gorrión—. No pasa nada. Iré con calma. Te iré enseñando poco a poco. Siempre y cuando te portes bien, claro.
¡Estoy que ardo de indignación y estupor porque un hombre en pleno siglo XXI tenga las agallas de hablarle así a una mujer!
Pero aunque quiero cantarle las cuarenta, mi instinto susurra exactamente lo contrario, diciéndome que necesito ignorar mi mente y concentrarme en mi cuerpo, entregarle mi cuerpo ahora mismo, con completa sumisión, completa confianza, completa fe... fe en mi destino.
Parpadeo y jadeo al darme cuenta de que acabo de imaginar a Brogan desnudo en el bosque, con el humo ondeando a su alrededor, el cuerpo reluciente como oro al fuego, esos ojos verdes entrecerrados en rendijas verticales, la polla dura y erecta, las bolas pesadas y llenas de su semilla.
Lo imagino agarrándome del pelo, obligándome a arrodillarme, dándome la vuelta y arrancándome las bragas con los dientes, lamiéndome por detrás como un animal mientras me mojo entre las piernas como una hembra en celo.
La imagen es tan vívida y poderosa que casi me ahogo con la excitación que ruge dentro de mí. Es cruda y salvaje, pero no es solo una reacción física. Es algo más fuerte. Algo más profundo. Algo poderoso. Algo mágico.
—Aterrizaje caliente, nena. Agárrate —gruñe Brogan, y grito sorprendida cuando me suelta.
Jadeo al sentir la hierba suave bajo mí y me doy cuenta de que ya estamos en el suelo. Ruedo una vez, me dejo caer de espaldas y exhalo con fuerza. Cuando abro los ojos, veo al dragón de Brogan trazando círculos sobre mí, y casi lloro ante la belleza de lo que estoy presenciando.
Sus alas brillan con un rojo radiante y un dorado impactante, con toques del negro más profundo atravesando el color como dagas.
Su parte inferior es de un rojo puro, con el oro justo para que la criatura resplandezca bajo la luz del sol.
Planea largo y perezoso, completando un círculo mientras me observa desde arriba.
Entonces el dragón se lanza en picado, y justo cuando remonta para aterrizar, se produce una explosión silenciosa de luz roja y dorada, una nube de denso humo blanco, y del espejismo emerge Brogan en toda su gloria desnuda, su cuerpo musculoso bronceado y perfecto, el hombre tan bestia como su dragón.
Me apoyo sobre los codos y empiezo a retroceder.
Los ojos de Brogan arden con la energía de su dragón, y casi puedo sentir cómo su poder está comprimido como un resorte dentro de ese cuerpo cincelado.
Sus puños cerrados son grandes como mazos, y su polla es gruesa como un tronco, curvada hacia arriba de una manera que hace que mi coño se contraiga como si supiera cómo esa cosa va a deslizarse por mis paredes al entrar, al invadir, al reclamar y conquistar.
Los pensamientos e imágenes se agolpan en mi mente, y sin darme cuenta me encuentro apoyada sobre los codos, los muslos ligeramente separados, como una damisela indefensa que se somete por completo sin siquiera un gemido de protesta.
Quiero encontrar esa parte de mí que pensaba que «era» yo: la mujer ferozmente independiente, totalmente al mando, de esas que no necesitan a ningún hombre, que tenía una carrera, dinero, estatus, todo lo que se supone que te hace feliz en América.
Pero esa parte de mí no aparece por ningún lado, como si la locura de la mañana la hubiera puesto en fuga, decidiendo que no puede competir con el instinto, no puede competir con el destino, no puede competir con el sino.
Compañeros predestinados, me viene el pensamiento mientras Brogan camina hacia mí desde esa nube de humo de dragón como si fuera un dios oscuro que acaba de materializarse en esta dimensión. Compañeros predestinados.
Brogan había usado el término un par de veces sin explicarlo, pero no necesito explicación. Lo veo en sus ojos. Lo siento en mi cuerpo. Lo percibo en el aire. Lo oigo en la brisa.
Soy suya.
Tan simple.
Tan cierto.
Tan real.
Soy suya.