La Bañera en el Apartamento 8 Chapter 23
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Chapter 23

Epílogo

Cerró el cuaderno de recetas y vio a una mujer parada al otro lado del escaparate.

Parecía tener treinta y pocos años, el pelo recogido en una coleta floja y ojeras que el maquillaje no conseguía disimular, igual que los hombros encorvados, los brazos pegados al tronco, un cuerpo entero que pedía disculpas por ocupar espacio en el mundo.

Sofia conocía aquella geografía corporal, vivió en ella mucho tiempo.

Abrió la puerta y salió a la calle, intentando no asustar a la visitante:

—Hola, ¿quieres entrar a conocer la tienda?

La mujer dio un pequeño paso atrás, pero aceptó la invitación, entrando despacio. Los ojos recorrieron las baldas de madera oscura y los cristales ámbar como si buscaran una salida de emergencia.

—No sé muy bien qué hago aquí. —Susurraba—. Una amiga me lo recomendó, dijo que aquí ayudáis a personas que están... perdidas.

—Soy Sofia. Siéntate, voy a traerte algo de beber. —Señaló la silla junto a la ventana, donde la luz de la tarde caía suave, y se dirigió a la bandeja donde había una jarra de agua fresca—. No hace falta que sepas lo que estás haciendo. —Le entregó el vaso.

Se llamaba Julia. La historia vino en bloques fracturados, el ritmo con que la gente habla cuando no está acostumbrada a tener a alguien prestando atención.

Una relación de años, un hombre que parecía perfecto y que fue, poco a poco, disolviendo sus deseos con críticas disfrazadas de cuidado, el borrado lento hasta no reconocerse más.

Abigail, que dormía en el mostrador, abrió un ojo.

Los años habían dejado a la gata un poco más lenta, pero el instinto seguía intacto.

Bajó con un golpe sordo, caminó hasta Julia y le olió los zapatos.

En un movimiento fluido, se restregó contra las pantorrillas de la mujer y emitió un ronroneo grave.

Julia bajó la mano temblorosa, y los dedos encontraron el pelo suave.

El contacto pareció desarmar la última barrera.

—Lo dejé hace dos meses —dijo Julia, mirando algún punto de la calle a través del escaparate—. Todavía me siento vacía... Creo que no sé recuperar algunas partes de mí.

Sofia salió de detrás del mostrador y se sentó en la silla frente a ella.

—No las perdiste, solo olvidaste dónde las guardaste.

Los ojos de Julia brillaron con lágrimas contenidas.

—¿Tú crees?

Sofia se levantó y caminó hasta las baldas de los florales pasando los dedos por los frascos hasta encontrar el que buscaba, el cristal frío, la etiqueta manuscrita. Puso el pequeño frasco en las manos de Julia.

—Lavanda para empezar.

—¿Solo eso?

—Por ahora. Echa tres gotas en el agua del baño, relájate, respira hondo, deja que el agua te sostenga. No va a resolverlo todo de una vez, ni va a hacer que el dolor desaparezca, pero va a ser un comienzo. Si lo necesitas, echa unas gotas en la almohada una vez por semana un poco antes de dormir.

Julia miró el frasco, después de pagar guardó el cristal en el bolso con cuidado. En la puerta, se volvió.

—Gracias por no hacerme sentir idiota por haber aguantado tanto tiempo.

—Nunca es idiota, Julia, somos humanas.

Sabio, que dormía en el rincón opuesto, levantó la cabeza solo para confirmar que el territorio seguía en orden antes de cerrar los ojos de nuevo mientras Abigail volvía al cojín y empezaba su ritual de limpieza.

Sofia se quedó en mitad del salón imaginando a aquella mujer en algún lugar de la ciudad, llenando una bañera, echando tres gotas, empezando un camino de catarsis.

O no. Quizá Julia guardara el frasco en un cajón y no lo usara nunca, desistiera la primera semana o volviera al cabo de seis meses diciendo que no funcionó.

No todo el mundo encuentra lo que necesita.

Helena lo sabía, y Sofia lo había aprendido también.

La campanilla sonó de nuevo y Laura entró haciendo equilibrios con dos bolsas de papel y un vaso de café.

—Traigo pão de queijo y cotilleo. —Soltó todo en el mostrador y se dejó caer en la silla que Julia había ocupado minutos antes—. Acabo de salir del juzgado.

—¿Salió todo bien?

—Salió. —Laura se quitó los zapatos y dobló las piernas bajo el cuerpo—. Firmamos los papeles, nos dimos un abrazo, él se fue por su lado, yo vine por el tuyo. Civilizadísimo. La mujer del juzgado hasta comentó que nunca había visto un divorcio tan tranquilo.

—¿Cómo estás?

Los dedos de Laura jugaron con la tapa del café.

—Siento que me he quitado un peso de encima, pero también me siento triste. —Dio un sorbo—. Lo intentamos, ¿sabes? De verdad. Después de aquella conversación que te conté, seguimos un año más intentándolo con terapia, viajes, todo lo posible. A veces las personas se quieren y aun así no funciona.

—¿Os queréis?

—Creo que sí. Solo que no del modo que un matrimonio necesita. —Laura se encogió de hombros—. Ricardo está bien. Ya está saliendo con una compañera del trabajo, cosa reciente, me alegré cuando me lo contó. Eso tiene que significar algo, ¿no? Alegrarse de que el ex haya seguido adelante.

Abigail bajó del mostrador y fue a saludar a Laura tirándose panza arriba a los pies de la amiga.

—Todavía le caigo bien —dijo Laura, pasándole la mano a la gata.

—Tiene buen gusto.

Laura sonrió, la primera sonrisa de verdad desde que había entrado.

—¿Y tú? ¿Cómo está Gabriel?

—Bien. De viaje de trabajo esta semana. Vuelve el viernes.

—¿Lo echas de menos?

—Un poco. —Sofia organizaba los frascos que Julia había desalineado al pasar—. Está bien tener el apartamento solo para mí unos días, recordar que sé estar sola, y además me gusta.

—¿Eso es sano o preocupante?

—Sano, creo. Eso espero.

Laura se quedó media hora más, comiendo pão de queijo y contando sobre el nuevo apartamento que había alquilado, más pequeño que el anterior, solo suyo, con un balcón donde planeaba matar plantas en serie.

Cuando salió, abrazó a Sofia durante un largo rato y dijo que se pasaría el fin de semana para ayudar a reorganizar el almacén del fondo.

El móvil vibró en el bolsillo del delantal.

¿Cenamos mañana? He comprado ese vino que te gusta. Mensaje de Gabriel, que volvía un día antes de lo previsto.

Pensé que volvías el viernes, respondió Sofia.

Terminé antes. Te echo de menos.

Yo también.

Justo debajo, una notificación de Elisa.

Vi un reportaje sobre el romero hoy en la tele.

Pensé en ti. Mira el enlace. Sofia miró el mensaje un momento.

La madre aún medía las palabras, mantenía la postura rígida, aparecía por la tienda solo de vez en cuando y se quedaba mirando los frascos sin saber qué decir.

Pero mandaba mensajes más frecuentes, contenidos, torpes, pero aun así existía allí una voluntad que nunca había existido antes. Gracias, mamá.

El sol ya desaparecía detrás de los edificios.

Era hora de cerrar. Sofia apagó las luces instaladas en las baldas una a una, comprobó el stock de lavanda que tenía que reponer, anotó en un papel que se había olvidado de llamar al proveedor de frascos y que mañana tenía que resolver el problema de la gotera en el baño del fondo.

En el mostrador, al lado de la caja, el portarretratos que Gabriel le había regalado mostraba a Sofia en la puerta de la tienda el día de la reinauguración, Abigail a sus pies, el rostro serio de quien aún no se creía que aquello fuera real pero que sabía que lo era.

Cogió la caja de transporte y abrió la portezuela, Abigail ya dominaba la rutina y entró zigzagueando la cola peluda. Sabio observó de lejos, ya acomodado en el cojín donde pasaría la noche. Sofia a veces dejaba al gato en la tienda, sentía que le gustaba estar por allí solo.

—Hasta mañana, Sabio.

El gato se enroscó parpadeando, Sofia guardó el móvil, cogió las llaves, comprobó si había apagado el hervidor dos veces y salió. Giró la llave en la cerradura y el golpe seco del metal cerró el día.

La calle estaba casi vacía. El aire cargaba aquel olor a asfalto enfriándose, el viento anunciando la noche y un rastro de promesa.

El peso de la caja de transporte se balanceaba al lado de la pierna mientras ella caminaba con pasos firmes sobre los adoquines en dirección al apartamento que ahora Gabriel y ella compartían.

Abigail maulló dentro de la caja, un sonido corto de impaciencia.

—Ya estamos llegando, Abi.

La gata no respondió, pero su peso se acomodó en el fondo de la caja, resignado al trayecto de siempre.