Uno
BEN
El raspar del acero contra el hielo es mi sonido favorito en el mundo.
No el rugido de la multitud cuando anotamos —aunque ese también está bastante bien—, sino esto. El chas preciso y cristalino de una cuchilla afilada tallando hielo limpio, el golpe percusivo de un disco contra las bandas, y el ritmo superpuesto de diez tipos moviéndose con propósito.
Es un lenguaje que entiendo en los huesos, tanto como los circuitos eléctricos o las ecuaciones matemáticas complejas.
No me exige buscar las palabras correctas a tientas ni preocuparme por estar a punto de decir algo monumentalmente estúpido, que es, fuera del hielo, lo que pasa la mayor parte del tiempo.
Pero aquí fuera, sé exactamente lo que hago.
Giro con fuerza, pasando del patinaje hacia atrás al de frente en un solo cruce fluido, los filos mordiendo hondo mientras acorto la distancia con Mason Nash. Tiene velocidad —eso se lo concedo—, pero la velocidad sin estrategia es solo ruido, y Nash siempre es ruido.
Viene lanzado en un ejercicio de dos contra dos, Stiles arrastrándose detrás como un terrier fiel, los dos vacilando lo bastante fuerte como para que los oiga por encima del caos del entrenamiento. Siempre es igual: ruido y vaciles haciéndose pasar por talento, pero los tengo controlados.
—¡Eh, Kell, no te vayas a hacer daño! —grita Nash.
Stiles, que jamás desaprovecha la oportunidad de amontonarse, añade:
—¡Este va a tropezar con sus propios patines!
No pico. No necesito hacerlo. El disco es lo único que importa ahora mismo, y el manejo de Nash, aunque vistoso, tiene un tic. Siempre —siempre— corta con fuerza hacia su derecho justo antes de intentar una finta. Es un detalle minúsculo que la mayoría no ve, pero yo conozco el patrón.
El mismo movimiento, cada vez.
Física elemental.
Corta, pero yo no sigo la finta. En su lugar, inclino el palo hacia abajo, y en el segundo en que se compromete con el movimiento, ejecuto un robo de palo de manual que le arranca el disco limpiamente de la pala.
Sale rebotado hacia la banda, y Nash, pillado a contrapié, pasa de largo tambaleándose con una maldición entre dientes.
—¡Mierda!
Ya estoy en transición, recogiendo el disco con el palo y enviándolo por la banda hacia mi compañero en el ejercicio, Erik Schmidt. Lo recibe y lo devuelve a nuestra zona sin decir una palabra. Me acomodo en posición.
—Una lectura de puro culo —murmura Nash mientras vuelve a su sitio.
—Qué va, Kell estaba plantado —dice Stiles, como si posicionarse defensivamente fuera hacer trampa.
Debería contestarle. Llamarlo imbécil. Convertirlo a él en el chiste.
Pero no lo hago, porque la cagaría.
Así que me quedo callado.
Como si percibiera mi inseguridad, Schmidt pasa patinando a mi lado y me golpea suavemente el casco con el guante. Es un gesto pequeño, pero aterriza como la aprobación de una deidad. El palo me pesa menos en las manos, como si alguien me hubiera mejorado todo el equipo mientras no miraba.
—Sólido —dice, con un tono seco pero genuino, el elogio más efusivo que se le conoce a Schmidt.
Golpeo el palo contra el hielo, una sonrisa estúpida amenazando con partirme la cara en dos.
—Gracias —consigo decir, y la voz me sale más firme de lo que me siento.
La aprobación de Schmidt no sale barata.
No es Rook, todo sonrisas fáciles y ánimos constantes.
Hay que ganársela, lo que significa que cuando la consigues, significa algo.
Y ahora mismo, un poco más erguido, los hombros un poco menos encogidos, siento que quizá —solo quizá— de verdad pertenezco a este sitio.
Suena el silbato, señalando el final del ejercicio, y el caos se reanuda.
Los chicos patinan en círculos perezosos, vacilándose mutuamente con esa clase de pullas fáciles e implacables que definen a este equipo.
Es un lenguaje propio —mitad insulto, mitad cariño—, y yo todavía no lo domino del todo.
—Eh, Stiles, ¿has visto ese robo de palo? —grita Leo Cooper, su voz cruzando la pista—. A Nash le acaban de pasar por puto encima.
Nash, que jamás deja pasar una pulla sin responder, contraataca:
—Iba tranquilo.
—¿Tranquilo? —Rook, nuestro capitán y portero titular, se acerca patinando con la soltura desgarbada de un tipo que no ha conocido un silencio que no pudiera llenar. Su sonrisa es ancha, los ojos marrones brillantes de picardía—. Nash, ibas a tope y Kell te limpió igual. Asume la derrota, tío.
—Y una mierda. Tenía otra marcha.
—¿Sí? —La comisura de Cooper se eleva apenas—. ¿Marcha atrás?
El grupo estalla en carcajadas, y la mandíbula de Nash se tensa, la boca abriéndose para una réplica que nunca llega. Observo el momento exacto en que decide cortar pérdidas, alejándose con una maldición murmurada que solo hace que todos se rían más fuerte.
Estoy en el círculo con ellos, riéndome en los momentos adecuados.
Pero también estoy fuera de él, observando todo a través de un cristal.
Son una banda que lleva años tocando junta, y yo soy el tipo que se presentó sabiendo los acordes pero no el ritmo, sin terminar nunca de enganchar con el compás.
Sé que debería participar, quizá reírme más alto, añadir mi propia historia o lanzar alguna pulla. Eso es lo que hacen los que de verdad encajan. Pero cada vez que lo he intentado, me ha salido el tiro por la culata y los tíos se han acabado riendo de mí, porque no pertenezco a este sitio.
Así que me callo y patino en un círculo lento, dejando que el aire frío me llene los pulmones.
Porque esto es algo que nadie te cuenta sobre ser bueno en el hockey cuando simultáneamente eres malo siendo «uno de los chicos»: después de la bocina, vuelves al mundo real, donde saber leer una jugada no te ayuda a leer un ambiente.
Aquí fuera soy un defensa. Leo jugadas, freno ataques y protejo la portería. Mi valor es claro, medible e innegable. Pero cuando toca salir del hielo y encajar con estos tíos, ¿con la mayoría de la gente?, ¿con las chicas, sobre todo?
No tengo ni idea de lo que hago.
—¡Kell! —La voz de Rook corta en seco mis pensamientos en espiral, y levanto la vista para encontrarlo sonriéndome, el palo apoyado con naturalidad sobre los hombros, como si hubiera nacido sabiendo exactamente cómo ocupar espacio en el mundo—. ¿Vienes a Malone's esta noche?
El patín se me engancha ligeramente en un surco del hielo, apenas perceptible, pero suficiente para romperme el ritmo. Me recupero, pero el tropiezo refleja el que está pasando dentro de mi cabeza, el que ocurre cada vez que me señalan entre la multitud en cualquier tipo de situación social.
Viernes por la noche en Malone's. Ya puedo verlo: un bar a reventar, Rook y los chicos dominando una mesa, chicas acercándose, y yo en la esquina intentando reírme cuando toca mientras además intento descifrar si mirar a alguien a los ojos ya cuenta como ligar.
—Eh, sí, quizá —digo—. Pero tengo ejercicios que entregar el lunes, así que...
—Tío, son cervezas y alitas —interrumpe Rook—. Puedes hacer tus mierdas de empollón mañana. Vive un poco esta noche, come algo, bébete unas cervezas, y a lo mejor hasta ligas...
—Kell no liga, pero aun así deberías venir —dice Nash, pasando de largo—. ¿O te vas a pasar otro viernes por la noche manoseando tus trastos?
El énfasis deja claro que se refiere al equipo electrónico con el que me gusta cacharrear, pero el doble sentido queda ahí flotando, esperando a que alguien pique.
Como si fuera una señal, el grupo se ríe, y yo fuerzo una sonrisa, incluso mientras el estómago se me contrae en un nudo duro.
Porque nunca debería haberles contado aquello.
Olvidé la regla de oro: nunca les enseñes las partes de ti que usarán como munición después.
Lo intenté siendo sincero una vez. De pie en el pasillo fuera de la cafetería, contándole a una chica lo de la radio antigua que había restaurado durante el fin de semana. Cómo su expresión pasó de curiosa a incrédula. Cómo se rio, no con maldad, pero como si acabara de contarle un chiste genial.
Se rio. No una risa educada de qué-curioso. Una de verdad. «¿Eso es lo que haces para divertirte? Eres como un chatarrero», dijo.
No volvimos a hablar.
Así que ahora tengo una norma: mantener las cosas de empollón bajo llave y mimetizarme con la multitud todo lo posible. Estos tíos saben de mis aficiones y mi negocio paralelo, pero mientras haga mi papel y deje claro que me río con el chiste, funciona.
Rook bufa, cansado de esperar mi respuesta.
—Eres un rarito, Kell.
—Sí, pero es nuestro rarito —dice Erik.
Sonrío más amplio, porque eso es lo que esperan. La confirmación de que participo del chiste y de que conozco mi lugar. Porque, para ellos, soy el hermanito inofensivo que hace cosas raras y no sabe hablar con chicas pero es lo bastante bueno en la línea azul como para que me tengan cerca.
Es una jaula cómoda, y he aprendido a vivir en ella.
—¡Kell! —La voz de Nash retumba en el vestuario—. ¡Ven aquí!
Mierda.
Cada célula de mi cuerpo grita.
Repliégate, busca cobertura y hazte invisible.
Porque si me acerco a su taquilla, esto acaba mal.
Él y Stiles van a querer hablar del fin de semana, de chicas, de planes de los que no formo parte.
Entonces diré algo torpe, se reirán, y tendré que fingir que estoy dentro del chiste cuando en realidad lo único que quiero es que el suelo me trague entero.
—Déjalo en paz —la voz de Schmidt corta el ruido, serena y razonable.
Gracias, Schmidt. Eres un caballero y un erudito, y le pondré tu nombre a mi primogénito, pienso, pero no me atrevo a decir.
—Qué va, tío, esto es importante —dice Stiles, y puedo oír la sonrisa en su voz, lo cual nunca es buena señal—. ¡Kellerman! ¿Estás sordo?
No estoy sordo. Solo espero que si lo ignoro, se aburrirá. Mantengo la cabeza agachada, pero los depredadores están rodeándome. Mi móvil está en el banco junto a mi bolsa, y al verlo un pinchazo frío de pavor me atraviesa las tripas.
Debería haberlo guardado en la taquilla. ¿Por qué no lo guardé en la taquilla?